ICE por dentro: de la "hielera" a la deportación. Parte 2
- alexahnder
- hace 3 días
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Si te perdiste la parte uno puedes leerla aquí: Parte 1
Pronto lo supe.
—¿Cómo entraste a los Estados Unidos? —me preguntó el agente de ICE a través de un intérprete.
—Tú tienes mi información, si ustedes me arrestaron es porque ustedes tienen mi información.
—¿Cómo entraste? ¿Por dónde? — la pregunta volvió como un ariete sin darme tregua, pero también me di cuenta que ICE no sabía quién era.
—Yo a ti no te arreste, a nosotros nos llaman y nos los entregan, nos dicen dónde están— el intérprete seguía hablando tratando de arremedar el tono molesto del oficial y continuó—: yo a ti no te fui a arrestar, nosotros no fuimos al lugar a traerte. A ti te entregaron a nosotros. Dinos tu nombre.
Me di cuenta que el policía hispano me había entregado, no había de otra. Tras decir mi nombre me metieron a un cuartito no más grande que un baño, si hubiera sido del tamaño de los baños de las casas que limpiaba en Great Barrington hubiera sido el paraíso; pero no, éramos cinco mujeres al principio. Luego fuimos más, ya no cabíamos acostadas, tocaba sentarse para dormir sobre nuestras rodillas en un intento de huir de la luz del foco que nunca se apagaba. Había una puerta con una ventanita, un lavamanos y un excusado donde todas hacíamos nuestras necesidades. Nos daban dos galletas, una en la mañana y otra por la noche. Así mediamos el tiempo, en galletas, porque no había noche ni día, solo el foco prendido siempre, como si el sistema quisiera borrarnos con tanta luz la voluntad.

Entre el olor del baño, el miedo y la desesperación tomábamos agua de un grifo. Pasé cuatro días así, sin poder dormir porque el frío de ese lugar te dejaba los huesos despiertos. Uno se vuelve loco ahí. El hambre se vuelve un ruido constante y en medio de esos sonidos empiezas a dudar de tus propios pensamientos.
Había una mujer embarazada y los agentes de ICE no se habían dado cuenta. Tanta prisa tienen en encerrarnos que no verifican correctamente nuestro estado de salud. Recuerdo que empezó con dolor de cabeza fuerte. Pedimos ayuda. Se la llevaron después de vernos golpetear desesperadas la ventana. Volvió, dijo que le habían dado una pastilla y un sándwich. Enojados nos preguntaron si alguien más estaba embarazada, todas lo negamos con la cabeza. Y después… después se puso peor, le dolía la barriga de tres meses, salió y ya no supe de ella hasta que le pregunté a la doctora por la embarazada (esa doctora nos vio antes de mandarnos a Texas) en su mal español respondió a mi pregunta “estaba embarazada”.
Luego vino Texas: me cambiaron a un uniforme café, y nos pasaron a una bodega con tres baños que a veces no servían. Había algunos niños jugando a las atrapadas como si estuvieran en la calle. Dos regaderas. Todo abierto. Privacidad: ninguna. Las regaderas tampoco no funcionaban. Había días en que ni agua salía. Y cuando salía, a veces se desbordaba sucia, con mal olor, como si el lugar mismo estuviera podrido.
Texas fue otra cara del mismo monstruo. Un lugar donde te dicen apenas llegando que, para comer, para tener papel, jabón, shampoo, para bañarte, necesitas dinero. Te dan cinco minutos para llamar, para pedir que te pongan saldo en una tarjeta, para rogar sin llorar demasiado porque no te queda energía. Yo llamé. Tenía que hacerlo. Mis hijos estaban allá. Yo tenía que asegurarme de que alguien fuera por ellos, aunque al mismo tiempo las otras mujeres me decían: “no hables, están monitoreando, quieren información, quieren ir por tu familia”.
Ese es el tipo de dilema que parte a una madre por dentro: si callas, abandonas; si hablas, expones. Un amigo me enviaba 100 dólares cada semana para poder comer y limpiarme. Ese es el mecanismo que usa ICE, cada día te conviertes en una carga para tus conocidos y familiares. Es una doble presión que trata de destruirte; los agentes eran groseros. Te hablaban como si el sufrimiento fuera un capricho tuyo. Si alguien se enfermaba, le decían que no estaba en su casa para pedir pastillas. Que firmara su deportación y ya. Que el doctor, la dignidad, el descanso eran “premios” que ibas a recuperar en tu país.
Y si eso no funcionaba cada cierto tiempo, la misma presión:
—Firma tu deportación. Si no firmas, te quedas. El juez no está dando cita sino hasta en varios meses.Fírmale mejor de una vez... de todos modos te van a deportar.
En los cuatro meses que estuve en ese limbo vi algo que me cambió para siempre: vi mujeres con 35 años en Estados Unidos, casas, taxes pagados, hijos ciudadanos. Vi a una señora de 65 años, asmática, inhalador en mano, papeles que demostraban que no era “mala”, que no había cometido delitos. Y aun así, la deportaron a su lugar de origen; entendí que el “proceso” no es un camino: es un pasillo que ya tiene la salida marcada.

Yo aguanté desde mayo hasta octubre porque no quería firmar. Porque no quería regresar a mi país. Porque una no quiere volver a un lugar donde la pobreza te muerde el futuro. Yo vendía elotes cocidos, cortaba café, regaba abono en el campo, vendía tamales y aún así no alcanzaba. Era miseria. No alcanzaba para renta, comida, escuela. No tenía casa propia. Era madre soltera. Por eso había tomado la decisión que tantas mujeres toman: intentar otro destino para que mis hijos tuvieran una educación mejor, una vida menos apretada.
En octubre tras cuatro meses de ser detenida ya no pude más. Me ayudó una compañera que sabía escribir en inglés. Ella tenía sobres y estampillas. Le dicté una carta para el juez. Le pedí salida voluntaria. No porque quisiera rendirme… sino porque quería dejar de ser una sombra en una bodega, quería dejar de ser un gasto y carga para mis amigos que me mandaban los 100 dólares a la semana, quería dejar de envejecer encerrada.
A los pocos días me llamaron. Me llevaron ante el juez junto con otras personas que también habían aceptado su salida voluntaria
—¿Quiere tu deportación?
—Sí, ¿cómo le hago?
—Ya, estas deportada.

Así funciona, ICE nos había dicho que solo respondamos que sí, diario nos preguntan "¿quién quiere la deportación, quien quiere la deportación?", a cada corte que uno va van más de 30 en un solo turno. Son varios turnos al día, ¿quién va aguantar? En los cuatro meses que estuve en esa bodega vi a muchas personas que así como se llegaban, se iban. Con o sin delitos se iban deportadas, era perder el tiempo. Solo nos hacían ver al juez como una pantalla; el juego ya estaba arreglado.
Y ahí terminó todo. Un martillazo y ya. Un trámite. Un acto rápido que parecía decir: el que sigue, tu historia no importa.
Después esperé otros cuatro días. “Hay que llenar el avión”, me dijeron. Como si fuéramos cajas que se acomodan en un servicio de mensajería.
El día del vuelo me sacaron a las once de la noche otra vez. Cadenas otra vez. Van, buses, más gente. Cincuenta personas por bus. Hombres, mujeres, familias con niños, niños pequeños. Nadie te da agua. Nadie te da comida. Te las prometen cosas como si fueran verdad, pero en el viaje no te dan nada. Yo tuve agua al bajar… porque mi país me dio una botellita. No ellos.
En el avión iba lleno. Ningún asiento vacío. Pura gente deportada que al igual que yo iban llorando. Yo lloraba por mis hijos —un adolescente, un niño—. Lloraba porque sentía que mi sueño se había terminado como se termina una vela: de golpe, sin aviso, solo dejando humo.
Yo solo pensaba en ellos mientras pensaba “No hice nada. No maté. No robé. No le hice daño a nadie. ¿Por qué esto?” Cuando aterricé, lo primero que me atravesó la mente fue ir por ellos. Volver. Cruzar. Reunirme. Pero luego sentí el peso real de lo que me había pasado: hambre, frío, luz eterna, baños abiertos, humillación, amenazas, presión, cadenas. Y me dije algo que todavía me digo “No voy a volver a pasar por esos lugares.”
Me dolió aceptarlo como se duele y acepta una amputación. Pero lo acepté.
Regresé a mi país donde estuve dos meses sin trabajo. Me sostenía como podía, pidiéndole a Dios algo que no se compra: fuerza. Con el tiempo conocí a una familia que me dio trabajo. Y aquí estoy. Sin mis hijos al lado. Con el futuro de ellos en Estados Unidos y mi corazón latiendo por ellos desde acá. Y en cada latido trato de no culparme por un futuro. Trato de decirme que el miedo no me quitó el amor, que la deportación, no me quitó el derecho a soñar con volver a abrazarlos y que mi historia; contada así, con el frío de la hielera pegado a la piel siempre en la memoria, no es para dar lástima, es para que nadie se atreva a decir que somos criminales, porque no lo somos, no lo fuimos y nunca lo seremos.






