Un amor que cruzó fronteras: de Bogotá a Pittsfield
- alexahnder
- 24 dic 2025
- 5 Min. de lectura
No hubo una fecha exacta para el comienzo. Ninguna fotografía que pudiera decir aquí empezó todo. Si alguien nos preguntara cuándo nació esta historia, probablemente responderíamos cosas distintas. Él diría que no se acuerda. Yo diría que empezó el día que lo vi en la calle, todo guapo, y sentí una atracción irrefrenable hacia él desde mi puesto de arepas, en el barrio de Venecia, donde nadie va a buscar el amor porque bastante se hace con sobrevivir.

Venecia no es un barrio de postales. Es un barrio de tránsito, de comercio, de gente que abre la cortina metálica antes del amanecer y la baja cuando ya no queda fuerza en las manos. Huele a arepa caliente sobre el anafre, a café recalentado. Los transeúntes habituales exhiben suelas gastadas como si fueran promesas a punto de cumplirse. Las peluquerías tienen espejos que devuelven imágenes cansadas. Allí llegué con mi marido, con una hija de un año y con la certeza, tan firme como equivocada, de que no necesitaba a nadie.
Yo tenía 19 años, una niña de un año, y ya sabía que el amor no es lo que uno ve en las películas, pues mi matrimonio descansaba más en el tedio de la costumbre. Había amado, había creído, pero también había aprendido que muchas veces el amor se parece demasiado a una huida, esto lo aprendí cuando me salí de la casa de mis padres pensando que encontraría en él la felicidad tan soñada en mi adolescencia. Gran error.Por eso llegué a Bogotá sin romanticismo. Llegué a trabajar junto con mi esposo en busca de mejores oportunidades en la capital. A resistir. A sacar adelante a nuestra hija. Nada más.Pero la capital tenía otros planes.
Él vivía cerca. También cargaba su propia historia. Tenía un hijo y una vida barnizada con la irresponsabilidad de dedicarse al comercio ilegal por la que después estaría preso. Vivía solo, convencido de que la soledad era una forma de libertad. No era un hombre malo, pero tampoco era un hombre dispuesto. Eso lo supe tristemente después. En ese momento, me enamoré apenas lo vi llegar al puesto de arepas de mi madre que estaba frente a su casa.
Un saludo corto. Una presencia. Nada que pareciera importante. Durante un tiempo fuimos solo eso: personas que se reconocen sin nombrarse. Hasta que apareció la carta.
No fue directa. Una pequeña nota “me gustaría hablar con usted” le llegó doblada, enviada por las manos de mi madre, cómplice de mi desliz amoroso que intuyó algo antes que nosotros. Él dudó. Pensó que no estaba hecho para eso. Yo, en cambio, permití que una esperanza mínima respirara. Necesitaba creer que no todo estaba condenado a repetirse. Quedé embarazada en medio de sus promesas, mi marido nunca supo que el bebé no era suyo.

Hubo una decisión silenciosa. Volver a Sabaneta, mi pueblo. Irme. Callar.¿Qué puede hacer una mujer joven de 20 años cuando ve, que su supuesto nuevo amor once años mayor que ella, tiene otros muchos más amores?
Regresé a Sabaneta con mi hija a casa de mi padre, con mi corazón desilusionado, una barriga creciente como una verdad que no sabía cómo decir sin romper algo. Mi esposo se quedó en Bogotá. Aprendí entonces la lección que ninguna mujer debería aprender tan temprano: los hijos no son de quien promete, sino de quien se queda. Y solo yo me quedé.
Fueron años duros. En Sabaneta trabajé donde pude. Aguanté jefes y clientes que confundían poder con humillación. Pasé navidades sin regalos, cumpleaños sin aplausos, noches en las que el cansancio era tan grande que ni siquiera daba para llorar. Crie dos niñas. Resistí. Me endurecí. No por rabia, sino por necesidad de tener que volver a Bogotá con una verdad que esconder, pues en Sabaneta alimentar tres bocas era más que difícil.
Nos reencontramos una vez en una cafetería pues las habladurías y humillaciones de la gente conocida en Bogotá eran insoportables para mi familia, decían frente a mis dos pequeñas que no entendían como interpretar el “qué bonita niña tiene, la pequeñuela le salió morenita ehh, no como la otra, ¿ya le dijo al padre que tiene una hija?” Él armado de fanfarronería e inseguridad, que son la misma cosa, estaba sentado en el café empujado por esas habladurías. Fue una conversación breve. Una verdad a medias.
— ¿La hija es mía?
— La niña es mía, usted quédese tranquilo.

Me paré después de dos minutos de escuchar los dardos que salían de su boca, lo dejé sentado como lo había encontrado con el mismo signo de interrogación frente a su taza de café. Cada uno siguió su vida convencidos de lo mismo: que el amor no existe.
Hasta que el tiempo, ese animal paciente, decidió lo contrario hace seis años. Habían pasado 25 años de haberle mandado la carta con mi madre, cuando ahora recibí mi respuesta en forma de un mensaje en Facebook desde Estados Unidos, me llegó un día entre el frenesí único de Bogotá. Una conversación trivial que se volvió profunda sin aviso con el paso de los meses.
—Hola, buenas tardes
— Buenas tardes
— ¿cómo estás?
—?
— ¿Qué haces cómo va todo?
—¿Qué hago? Trabajar. Y si sabes quién soy yo o me hablas porque quieres tener una amiguita.
—Creo que sí sé quién eres
—¡Ah! Crees...Entonces quién soy entonces la que crees
— Estoy seguro de quien eres...¿En qué trabajas?
— Primero respóndeme
— Sé mucho de ti, sé que tienes dos niñas...
Yo ya no era ingenua. Por lo que no creía en sus palabras, estaba segura que los hombres nunca cambian y qué él era el mismo hombre que solo buscaba diversión. Hablamos durante meses desde ese juego de la desconfianza. Dijimos verdades tardías, pero necesarias. Él lloró cuando entendió lo que siempre supo.
El amor no volvió como promesa. Volvió como acto. Como elección. Como responsabilidad. Él ayudó con los gastos de su hija en el colegio porque quiso. Yo abrí la puerta con cuidado, sabiendo que también podía cerrarla. Un día, como si fuera la niña de hace 25 años, llena de ilusión renovada en el pecho nos casamos a distancia, con las cámaras de nuestros celulares como únicos testigos nos juramos amor eterno. Él desde Pittsfield, yo desde Bogotá, así amándonos a la distancia como se aman los que no pueden tocarse, pero ya no saben vivir sin el otro. Hicimos un pacto: que fuera verdad o que no fuera.

Luego vino el viaje pues queríamos eliminar todo obstáculo entre nosotros. México primero. El miedo después. Tijuana. El desierto. Caminar de noche sin mirar atrás. Perderse, caminar en el desierto pensando que se alcanza una meta cuando en realidad es todo lo contrario, en ese desierto todo es mentira y en medio de ese desconcierto llamarlo a él para que me salvará de la perdición de morir con mi niña abandonadas por el coyote. La otra gracias a Dios pensaba, se había quedado en Colombia en hacer su vida. En ese desierto el frío que se mete en los huesos y en el alma. Le había dicho a mi familia que solo venía a una entrevista de trabajo a México que me desearan suerte. El llamó, el coyote regresó. Luego migración. Encierro. Aluminio como cobija. Semanas sin respuestas. Perderlo todo menos la voluntad de estar juntos después de tantos años.
Estados Unidos, Pittsfield, no fue un sueño. Fue una prueba. Deudas. Idioma. Soledad. Invierno. Aprender a convivir cuando ya habíamos aprendido a sobrevivir solos. Hubo crisis. Silencios largos en el pequeño apartamento. Dudas. Pero también cuidado. Detalles. Café caliente. “Buenos días, mi amor”. El amor entendido no como lo que sobra, sino como lo que se da cada día incluso cuando todo lo demás falta.
Hoy sabemos que nada es perfecto. Que el amor no se promete: se sostiene día a día. Extrañamos mucho. A la familia a la tierra. A lo que quedó atrás. A mi hija. Migrar es vivir con una ausencia permanente.
Pero también sabemos algo más, algo que aprendimos tarde, pero a tiempo:
Que sí existen las segundas oportunidades. Que no llegan para salvarnos, sino cuando ya aprendimos a salvarnos solos. Que el amor verdadero no corre ni se impone. Se queda y llega, y sobre todo que sí existe. Y eso, después de todo, es suficiente.





