ICE por dentro: del arresto a la “hielera” Parte 1
- alexahnder
- 27 ene
- 6 Min. de lectura
*Se han cambiado nombres, fechas y lugares para proteger la privacidad de las personas.
Ese 25 de abril en Great Barrington nunca lo voy a olvidar, amaneció como tantos otros en los Berkshires, con un sol perezoso que no acababa de asomarse por completo entre las nubes cargadas de lluvia; era parte de esa rutina que una aprende a respetar, porque en estos lados lo único verdaderamente confiable es lo impredecible del clima. Me levanté temprano. Sin ceremonia y sin presagios. Solo la prisa de una madre que tiene que trabajar y el pensamiento de siempre al vestirme:“hay que cumplir, hay que llegar, hay que limpiar las casas y luego, con el favor de Dios, regresar a la propia para estar con mis hijos”.Ese día, estaba más que equivocada… o quizás Dios tenía otros planes.

Desayuné “como siempre”: McDonald’s. Es ese sabor de comida rápida que no es un lujo, pero en algo se parece a la normalidad y eso era suficiente mientras el café caliente de dos dólares hacía lo suyo. Era una mujer que llevaba tres años trabajando de lo mismo desde que había salido de Honduras*, moviéndome de una casa a otra en Great Barrington: casas enormes como en las películas, escaleras, aspiradoras, baños ajenos, camas impecables para gente que no sabe ni le interesa saber tu historia.
Tampoco voy a mentir... yo sabía que estaba mal manejar sin licencia. Aunque el temor de ser detenida por exceder mi visa de trabajo de ocho meses siempre me mantuvo ajena de ese trámite. El miedo de la transgresión se mezclaba con la necesidad de agarrar el volante cada día. Era una costumbre quiero decir, pero yo no me sentía delincuente:me sentía madre. Me sentía alguien tratando de sostener a mis dos hijos, que habían cruzado con un coyote por tierra, en busca de su madre tras un año de tenerla lejos.
El primer anuncio de que no sería un día normal, de que el día se torcería hacía lo oscuro fue una llamada mientras fregaba el piso de una casa en Stockbridge. Era la voz de una trabajadora social.
—¿Está en casa?
Le dije que no con la escoba desmayada en el suelo como único testigo. Y en ese instante sentí ese pellizco en el estómago que solo entienden las madres: algo pasó con mis hijos, algo así le entendí. Dejé la casa a medias, pedí disculpas y me fui.
Llegue a mi casa. La trabajadora social revisó, investigó, observó. Yo intentaba explicarle lo que siempre explican las mamás que trabajan demasiado: que una hace lo que puede estando ausente para educarlos de la mejor manera, que todo lo que hace es para que sus hijos estén bien. Me escuchó. Se fue. Y por un momento, solo por un momento cuando dijo “gracias Carolina”, pensé que todo quedaría ahí pero esa misma tarde llegó la policía por mí.

No puedo describir con exactitud cómo se siente ver uniformes en la puerta cuando tú no has vivido nunca una escena así. Se siente como que la la realidad batalla por encajar en la cabeza, como que se te quiere meter a empujones. Yo solo había discutido con mi hija mayor de catorce años traté de decirles. No sabía que pasaba, realmente no tenía una versión de mí misma para ese capítulo que estaba por escribirse. "Aquí en este país eso no se hace" me dijeron con un traductor en el celular, el desdén venía de ellos. Yo era una mujer que no sabía si hablar era defenderse o hundirse más.
Me dijeron que traían una orden de arresto. Al llegar a la estación de Great Barrington, esa que otras tantas veces había visto enana con su letrero azul como parte monótona del panorama de Main St, ahí me siguieron hablando en inglés. Luego me pusieron otra vez el teléfono que traducía, como si mi dignidad entera cupiera en una bocina.Escuché palabras que se pegaban al aire como humo: fianza, cinco mil dólares, juez, libertad, espera.
Primero dijeron que saldría en dos horas. Luego apareció un policía hispano, por fin alguien en español pensé, pero alguien que para mí debió haber sido una salvación fue el que me aventó al abismo con una calma terrible. Fue él no tengo dudas, el que le marcó a ICE.
Él cambió el número. Dijo cinco horas. Mis conocidos ya habían reunido el dinero, los cinco mil, se había hecho la colecta para sacarme entre conocidos, así como yo ya había hecho la colecta para sacar a otro compañero en el pasado. Lo juntaron con las manos que no preguntan y corazones que se apuran. Yo le repetí al policía desde mi celda lo que me habían dicho los otros: “me dijeron dos horas”. Y él, sin levantar la voz, así con esa calma del que sabe que está bajo control, habituado a contradecir a los detenidos en la comisaría soltó la frase que me dejó sin sangre:
—Cuando salgas… probablemente ya va a estar ICE esperándote afuera.
Sentí que el mundo se hacía chiquito del tamaño de esa celda.
—¿Quién? —pregunté sin dar crédito.
Y él lo dijo como quien nombraba la lluvia de aquel día:
—ICE.
Yo ya había escuchado historias desde enero. Las conversaciones en la comunidad, los rumores que luego no son rumores, los silencios raros en los pasillos, los mensajes de WhatsApp, la gente que deja de ir a ciertos lugares; al doctor, la escuela... Pero una cosa es saber que existe el diablo y otra es saber que te está esperando afuera en la banqueta.

Cuando me dijo “es porque eres ilegal”, no fue solo una palabra. Fue una flecha que rebotó contra el muro de mi dignidad, pero la etiqueta al ser pronunciada quedó pegada en mi frente. Ilegal. Como si todo lo que yo había sido en ese país: trabajadora, madre, cuidadora se borrara de golpe con esas seis letras.
El reloj marcaba las once y media, aunque yo ya no confiaba ni en el tiempo. Era fría la noche, pero más por lo que me estaban haciendo que por el clima. Afuera de la estación, las luces de unas camionetas encendidas herían la oscuridad y eran multiplicadas por los charcos del asfalto. Salí con la persona que había traído el dinero con unos policías que hablaban en inglés como únicos testigos. Uno nos hizo señas con la mano de que corriéramos, la movió dos veces pa’ delante, en una discreta coreografía veloz de sus muñecas. No vi cómo el amigo que vino por mí desapareció de mi lado sin darme cuenta. Luego lo vi ya lejos, yo no corrí porque me dijeron que si corría sería peor. "correr no" gritaron. Y yo me quedé porque estaba pensando en mis hijos, gran error, pronto lo supe.
Llegaron las preguntas. Dirección de la persona que se había escapado. Escuela de mis hijos, los nombres de ellos. Me quedé callada mientras me esposaban de pies y manos. No dije sí. No dije no. No dije nada pues sabía que mi silencio era una muralla. Una madre puede no saber inglés, puede no saber leer ni escribir, puede no saber leyes, puede no saber cómo funciona el sistema… pero sabe cuándo a su familia y amigos los están cazando en el mapa de su mente.
Me subieron a una camioneta. No iba sola: iban dos muchachas más, y una de ellas me hizo una señal con el dedo cuando volvieron las preguntas: no. El viaje duró como dos horas y media. Dos horas y poquito más sintiendo el metal en las manos y en los pies como si fuera la persona más peligrosa de Massachusetts, con el estómago vacío y la mente explotándome en imágenes pues vivía sola con mis hijos: la escuela, la renta de la casa, el teléfono que no podía usar por temor a que lo usaran en su contra, ¿quién va por ellos?, el ¿ahora qué?
El edificio al que llegamos se me presentó con una sensación: un vacío, era como si el edificio no tuviera alma, como si fuera una fábrica de romper personas; esas personas que llegaban esposadas como yo. Me tomaron una foto. Me tomaron huellas. Me revisaron.
Me hicieron quitarme los zapatos, el pants, la blusa. Eran manos de hombres. Me dijeron que me quitara el brasier. Yo obedecí porque en esos lugares obedecer no es elección. La vergüenza no era un sentimiento; eran esos ojos viéndome semidesnuda. Y luego me di la vuelta y vi por primera vez, mientras apoyaba los brazos contra un cristal al ser revisada, eso que todavía me despierta por las noches; más de setenta hombres metidos en un cuarto frío: la hielera.
Estaban amontonados, uno sobre otro, envueltos en papel aluminio como si fueran comida guardada en un refrigerador. La palabra suena chistosa si uno no sabe lo que significa. Pero la hielera no es un chiste, es todo lo contrario, es un tormento. Es un tipo de castigo, una especie de pena y suplicio para los migrantes, una pesadilla disfrazada de procedimiento.
Pensé: si ellos están así… ¿qué me espera a mí? sin despegar las manos del cristal.






