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Yo no fui una niña mala.

  • hace 12 minutos
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Yo no fui una niña mala. Lo digo porque durante años me pregunté si todo lo que me pasó era castigo por algo que yo había hecho en Cuba. Si tal vez yo era muy inquieta, muy respondona, muy majadera, muy algo. Pero no. Yo no fui una niña mala. Fui una niña que nació en una casa donde había más espacio para los gritos y golpes que para la ternura.


Mi abuela era blanca, española. Nosotros, mi hermanas y yo, éramos morenas, el racismo por increíble que parezca venía desde dentro de la propia familia, nos acechaba desde cada rincón de la casa. Desde pequeñas supimos que ser morena significaba algo diferente. No lo sabíamos explicar, ni sabíamos por qué habíamos tenido esa suerte de ser así pero sin duda lo sentíamos. Ignorabamos que la ignorancia se convierte en odio y toma muchas formas: insultos, golpes y humillaciones... A nosotras nos tocaban los peores trabajos. Limpiar, barrer, servirle comida a los primos, a los tíos, a los peones que trabajaban. No recuerdo tardes de juego. No recuerdo muñecas. Recuerdo escobas sujetas en las manos y el olor a cloro de la cubeta.



Si por alguna razón a los perros se les ocurría jugar con nosotras mientras limpiábamos, venía un golpe. Si queríamos ir a bañarnos con los primos, venía un golpe. Si algo no estaba perfecto, venía un golpe. El cuerpo aprende rápido cuando el dolor es maestro, como un animal más debil uno se acostumbra a la fiera del racismo; se aprende a no reír muy fuerte, se aprende a no correr, y sobre todo, a no pedir.


Mi papá era mujeriego. Iba dejando hijos por la calle. Nunca se hizo responsable de nosotras. Yo lo conocí unas cuantas veces y cuando iba a vernos, también nos daba golpes. Recuerdo algo que se quedó tatuado en mi memoria. Tenía como tres años cuando me amarró a un árbol. Con la hebilla de la correa me dio en las piernas hasta que sangré. Recuerdo el brillo metálico de la hebilla antes del impacto. Recuerdo el polvo pegándose a la sangre. La saliva escurriendo, aunque no recuerdo entendido por qué.


Yo no fui una niña mala. Crecí en un barrio peligroso, en los años ochenta y eso no era solo un barrio. Era un campo de batalla: dos bandas de maleantes peleándose el territorio. Machetes, piedras, disparos. La policía no entraba, era tierra de nadie tenían miedo. Los muertos quedaban ahí hasta que la familia los recogía. Yo tenía quince años cuando iba a trabajar y tenía que esconderme porque las bandas se estaban enfrentando. Bajaba la cabeza para que no me la partieran de un machetazo. Aprendí a distinguir el sonido de un machete siendo desenfundado o el sonido de su choque contra la banqueta. Aprendí que uno puede morirse por estar en medio.



Ahí en la isla uno se hace fuerte no porque quiera, sino porque no hay otra opción. Pero hacerse fuerte no significa no romperse. Por dentro, algo siempre se queda temblando.


Dentro de toda esa convulsión exterior vino el amor, como un invitado no esperado el cual traía un aparente consuelo. Yo pensé que eso era amor. El papá de mis hijos como mi padre era mujeriego también; el patrón se repetía. Celos, discusiones, humillaciones. Un día, en un arrebato, le tiré una tijera grande de jardinería a una muchacha con la que mi esposo se veía. Le rajé el pie. Le dieron bastantes puntadas. Ella se armó con siete mujeres y me estaban buscando para matarme. Mi mamá reunió dinero y tuve que salir del país. Compraron una visa alterada de agregada cultural, falsa. “Machete”, le decíamos irónicamente. Le pusieron mi foto y mi nombre.


Me subí a un avión plateado. Recuerdo mirar por la ventanilla y no saber si estaba huyendo o empezando. Cuando aterrizamos y vi el estadio de los Yankees, dije como Sinatra en voz baja: “New York, Neeew Yoooooork!”. Como si esa ciudad fuera una canción que me fuera a salvar.


Start spreadin' the news, I'm leavin' today I want to be a part of it New York, New York!" Pronto me di cuenta que sin papeles la salvación tarda más en llegar, o a veces nunca llega, más en estos tiempos... Frank Sinatra nunca dijo eso en su canción... En mi caso duré casi diez años indocumentada. Trabajé duró en fábricas, en restaurantes, limpiando casas, limpiando discotecas de madrugada. De todo, menos de lo mal hecho. Una vez un hombre me dijo que no me iba a pagar 300 dólares de mi trabajo honrado porque no tenía papeles; me miró como si yo no valiera nada al decir “ilegal”, como respuesta le llevé dos patrullas de policía. El dinero apareció. Ese día sentí algo parecido a dignidad “yo tengo derechos también, aunque no tenga documentos”.


Aun así la violencia no se quedó atrás en mi país, parecía que no podía escapar de ella, cruzó el océano conmigo. El papá de mis hijos vino después. Me golpeó aquí también. Una vez me arrastró. Yo le dije: es la primera y la última. Ya no más, ya no era esa niña que barria y no se podía defender. Él fue preso un año y medio, pero salió. Yo pedí asilo por violencia doméstica. Fue en tiempos en que no querían dar papeles. Yo le oraba a Dios cada noche. Tenía cuatro hijos. Me querían deportar. Pensaba que si me sacaban, ¿qué iba a pasar con ellos? Al final me dieron mis papeles. Desde ahí mi vida cambio sentí que por lo menos esa pelea la había ganado, que esos golpes no habían sido gratis como otros tantos antes sufridos. Yo no era la misma, ahora alzaba la voz.


Y cuando pensaba que ya había pasado lo peor, en 2010 me dieron el golpe más grande de mi vida. Cadena perpetua para mi hija. Cadena perpetua. La que disparó recibió dieciocho años. A mi hija cadena perpetua sin haber agarrado un arma; era menor de edad cuando la sentenciaron. No había pruebas balísticas. No había video. Yo sentí el racismo en esa corte. Sentí que ser latina ya era suficiente para condenarlos. 


Desde entonces no puedo pasar por esa corte sin bajar la mirada. Es como si volviera a tener quince años en la Isla. Hay noches en que me despierto pensando que todavía puedo cambiar el pasado si corro lo suficientemente rápido. Dicen que hay una ley nueva que puede ayudar al menor. Yo me agarro de eso. Me agarro como me agarré a la visa falsa. Como me agarré a la oración. Como me agarro ahora a la idea de que la justicia todavía puede existir.


Treinta años aquí y todavía siento que tengo que probar que no soy mala. A veces juego la lotería. A veces voy al casino. Me imagino que gano millones. Que sale mi nombre en el periódico como la ganadora de Massachusetts. Pero sin foto. Solo el nombre. No quiero que nadie me venga a pedir nada. No es solo por el dinero. Es por sentir que el destino tiene algo bueno para mí.



Tengo cicatrices en el cuerpo y en la memoria. Tengo miedo, rabia y también incluso esperanza; todo esa mezcla encharcándome el alma. 


Fui una niña que trabajó cuando quería jugar, una adolescente que aprendió a bajar la cabeza para que no se la cortaran y una mujer que huyó para no morir. Soy una madre latina que sigue peleando, una madre cuyo final será feliz.


Yo no fui una niña mala.


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