Un amor sembrado en Huayabamba que floreció en los Berkshires
- alexahnder
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Por: Susana Mogollón
Crecí en un hermoso valle: el valle de Huayabamba. Un lugar rodeado de montañas, silencio y verdes infinitos, donde el tiempo parecía avanzar más despacio en ese pequeño pueblo del Amazonas, Perú. Limabamba se convirtió en mi hogar cuando yo tenía apenas un año de edad. Mis padres llegaron con mis dos hermanas mayores, de dos y tres años, y yo crecí sin darme cuenta de que ese valle no solo me estaba viendo crecer: me estaba formando.
Con los años llegaron dos hermanas más. ¡Éramos cinco niñas corriendo por el campo!, ensuciándonos los pies, riendo sin reservas, compartiendo una infancia sencilla, sin lujos, pero llena de vida. No sabíamos que éramos pobres, porque nunca nos sentimos así. Teníamos espacio, libertad y compañía. Teníamos comunidad.

Recuerdo con claridad un día que cambió algo en mí, aunque en ese momento no lo entendí. Yo tenía alrededor de ocho años cuando una familia numerosa llegó al pueblo en un camión, el único medio de transporte de aquel entonces. Mamá, papá y siete niños bajaron uno a uno, cargando sus pocas pertenencias y una vida nueva. El pueblo los recibió como siempre: con curiosidad, con respeto y con brazos abiertos. Para nosotros significaba algo simple y emocionante: más niños para jugar.
Entre ellos había uno casi de mi edad. Bastó una mirada suya para que algo se quedara grabado en mí: tenía unos ojos azules, intensos y luminosos, como nunca antes había visto. No sabía explicar por qué, pero esos ojos me cautivaron. Era la primera vez que veía a alguien así, tan distinto y, al mismo tiempo, tan cercano.
El lunes siguiente apareció en mi salón de clases. El niño de los ojos azules se convirtió en mi compañero y, poco a poco, en mi amigo. En el pueblo todos éramos amigos. Las familias eran humildes, numerosas, solidarias. No había juguetes, pero eso nunca fue un problema. Jugábamos al aire libre, inventábamos mundos con latas, sogas, pelotas improvisadas y una imaginación desbordante. Nuestro juego favorito era “El Lobo”.
El lobo debía ser el más rápido, alguien presto para la cacería. Mientras los demás cantábamos en ronda, él fingía estar lejos, ocupado. “Juguemos en el bosque mientras el lobo está… ¿Lobo estás? ¿Lobo qué estás haciendo?”. Cada respuesta era distinta, hasta que llegaba el momento inevitable: “¡Estoy listo para ir a comerte!”. Entonces todo se rompía en risas, gritos y carreras. Éramos niños libres, persiguiéndonos entre el polvo y la libertad de la infacnia, sin saber que esos recuerdos serían, algún día, un refugio.
A los once años llegó la despedida. Era mi último año de primaria cuando mis padres decidieron mudarse a una ciudad más grande. Yo no quería irme. No quería dejar el pueblo, la escuela, a mis profesores, a mis amigos… y mucho menos a mi mejor amigo, el niño de los ojos azules. Entre lágrimas y sollozos dijimos adiós, sin imaginar que ese adiós se extendería por décadas.
La vida siguió su curso. Nos mudamos a la capital buscando un futuro mejor. Los caminos se separaron. Nunca más volví a ver a mi amigo, pero su recuerdo quedó guardado en algún rincón de mi corazón. A veces me preguntaba qué habría sido de su vida, si recordaría el valle, el juego del lobo, toda aquella infancia compartida.
A los 27 años emigré a España. Más tarde llegué a los Berkshires. Siempre buscando oportunidades, siempre pensando en ayudar a mi familia, siempre cargando la nostalgia como una sombra silenciosa de la memoria. Fui la única de mi familia en emigrar. Hubo soledad, cansancio, por supuesto días duros. Trabajé, estudié, me adapté. No era infeliz, pero tampoco estaba completa. Algo en mí decía que aún faltaba algo. Que no había llegado al final de mi historia.
Y entonces, cuando ya no lo esperaba, la vida decidió sorprenderme...
Después de 35 años, volví a encontrarme con mi mejor amigo. El niño de los ojos azules. ¡Aquí en los Berkshires! En este lugar tan lejano de aquel valle que nos vio crecer. Fue como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo. Como si la niña que fui regresara de pronto, tomada de la mano de la mujer que soy. Retomamos la amistad, y esa amistad, con paciencia y verdad, se transformó en un amor profundo. Hoy somos esposos.
Compartimos recuerdos, risas, historias de infancia. Descubrimos cuánto tenían en común nuestras familias, cuánto nos había unido sin saberlo. Y hoy compartimos también a nuestra niña, a quien le enseñamos a jugar “El Lobo”, cerrando un círculo invisible que comenzó muchos años atrás, en un pueblo pequeño, en un valle lejano.
Ahí entendí que nada fue casualidad. Que la espera también es parte del camino. Que Dios y la vida tienen sus tiempos, aunque a veces no los comprendamos. Y que aquello que es verdadero puede alejarse, dormirse, desaparecer de nuestra vista… pero nunca se pierde.






