Tras 3 décadas ayudando a la comunidad Eleanore Velez cierra de un ciclo en los Berkshires
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Corría el año 96 y Eleanore Vélez dirigía programas internacionales, trabajaba con jóvenes de distintos países y recorria campamentos del noreste de Estados Unidos supervisando las condiciones laborales de trabajadores extranjeros en la YMCA. Había aprendido a diseñar programas, dirigir equipos y defender a quienes tenían menos posibilidades de hacerse escuchar.
Aún así su jefe no dejaba que olvidara algo: ella no tenía estudios.
“Me lo restregaba en la cara todos los días”, recuerda. “Me decía que yo no era igual a mis compañeros, que mis compañeros sí habían ido a la universidad”.
Ella lo sabía muy bien. Había tomado esa decisión años atrás, en contra de los consejos frustrados de su madre, que había tratado sin éxito de cambiar el rumbo de su educación.

Pero para entender esa elección hay que mirar años atrás: Eleanore nació en Matamoros, Tamaulipas, aunque sus principales recuerdos de infancia son de Lindavista, al norte de la Ciudad de México, en una colonia marcada entonces por la presencia de familias españolas que habían abandonado su país durante y después de la Guerra Civil española.
Su propia historia familiar también estaba atravesada por las fronteras. Su abuelo era mexicano y su abuela estadounidense. Se conocieron en la universidad, se enamoraron y decidieron continuar juntos a pesar del rechazo de la familia de ella, que no aceptaba su relación con un hombre mexicano. Su abuela terminó separándose de su familia biológica siguiendo los designios de su corazón.
En un colegio de monjas irlandesas en el Colegio Guadalupe Eleanore creció entre una fuerte presencia española y católica.
“Mis monjas eran rebeldes”, recuerda. “Tuvieron un gran impacto en mi vida”.
Era la época en México donde se vivía las secuelas del movimiento estudiantil de 1968 mientras el mundo estaba atravesado por la Guerra Fría. Lo habitual para una joven era terminar la preparatoria, casarse y convertirse en una buena ama de casa. Algunas estudiaban una carrera, pero Eleanore recuerda que con frecuencia se veía como algo que hacer mientras llegaba el matrimonio.
“Lo que se esperaba de una mujer como yo era que se casara y fuera buena ama de casa”, dice.
La escuela también fue el lugar donde comenzó a sentirse limitada. Durante años no supo que tenía una dislexia muy marcada. Hablar le resultaba sencillo, pero leer, escribir y trabajar con números era más complicado. Podía comprender el procedimiento de un problema matemático y terminar con la respuesta equivocada por invertir una cifra. Podía conocer una respuesta de historia y perder puntos por escribir incorrectamente una palabra o fecha.
En una institución donde la ortografía y la disciplina tenían un enorme peso, esos errores se convertían en malas calificaciones.
Pero desde los 11 años existía otro lugar donde Eleanore había comenzado a descubrir una forma diferente de aprender.
A esa edad viajó sola desde México a un campamento de verano de la YMCA en Becket. Sabía poco de Massachusetts.

“Yo pensaba que estaba cerca del mar”, recuerda. “Creía que el sonido del viento entre los árboles era el sonido del mar”.
Ahí descubrió algo que pronto transformaría su manera de entender la vida: la posibilidad de elegir.
Poco a poco comprendió que podía elegir algo, aprenderlo, mejorar y decidir cuál sería el siguiente paso. También descubrió una diversidad que no existía en el entorno donde había crecido. Convivió con niñas judías, episcopales, católicas y de otras tradiciones.
“No eras la judía o la católica. Eras una niña y todo el mundo quería ver en qué eras buena”.
Regresó cada verano. A los 17 años llegó el momento de convertirse en consejera en entrenamiento. Pero para hacerlo debía permanecer diez semanas completas en Massachusetts, ese fue el punto de quiebre.
En México tenía pendiente un examen extraordinario. Si regresaba para presentarlo, perdería la oportunidad de continuar en el campamento. Así que en vez de estudiar vendió galletas y perlas de mallorca que le traía su tía que era sobrecargo para pagarse el boleto a USA.
“Le dije a mi mamá: ‘Lo siento mucho, pero yo no voy a seguir con la escuela’”, recuerda.

Su decisión no era exactamente un rechazo a la educación. Era la elección entre dos formas muy distintas de aprender. En México había crecido rodeada de instituciones y expectativas que parecían definir de antemano quién debía ser. En Massachusetts había encontrado un lugar donde, por primera vez, le preguntaban quién quería llegar a ser.
Aquella experiencia se convirtió después en una carrera.
Comenzó a trabajar con la YMCA y a cuestionar las condiciones de algunos trabajadores internacionales que llegaban a Estados Unidos mediante agencias que les cobraban miles de dólares. Sus reclamos llamaron la atención de la división internacional de la organización, que terminó contratándola.
Sin embargo el punto más dificil llegó cuando decidió defender a un joven australiano que trabajaba en uno de los campamentos. Tras un incidente Eleanore consideró que la administración había encontrado en él a la persona más fácil de responsabilizar: era extranjero, huérfano y no tenía una red local que lo defendiera.
“Era internacional. Era lo más fácil”, dice.
Eleanore se negó a aceptarlo y terminó perdiendo su propio trabajo.

Entonces, años después de haber elegido el campamento sobre la escuela, volvió a estudiar.
Ingresó a Berkshire Community College y posteriormente continuó su educación universitaria.
Años más tarde regresó a BCC, pero esta vez como profesionista y fundó el Centro Multicultural de la institución, durante 15 años acompañó a estudiantes de distintos orígenes a ampliar las oportunidades para quienes históricamente habían encontrado más barreras dentro de la educación superior.
En su oficina colocaba fotografías de antiguos alumnos que habían recibido reconocimientos o alcanzado posiciones de liderazgo. Uno de ellos fue Alfredo, un joven mexicano a quien había conocido en una clase de inglés.
Tiempo después, Alfredo le confesó que aquellas historias habían cambiado la forma en que veía su propio futuro.
“Me dijo: ‘Cuando yo estaba sentado en tu escritorio y tú me contaste las historias de tus alumnos en las fotografías, dije: yo voy a hacer lo mismo’”.

Alfredo llegó a ser presidente de la asociación estudiantil y recibió un reconocimiento académico. Para Eleanore, su historia confirmó algo que había aprendido desde aquella primera pregunta sobre las “metas” en el campamento: a veces una persona necesita ver una posibilidad antes de imaginarla para sí misma.
“Pude ser un pedacito del camino de las vidas de muchos estudiantes”, dice. “Tal vez fui una parte muy corta, pero creo que cuando alguien cree en ti, eso es importante”.
Entonces llegó la presidencia de Donald Trump y cambió el ambiente que encontraba a su alrededor. Personas que antes se mostraban amables comenzaron a hacer comentarios sobre su origen mexicano y las deportaciones. Incluso algunos estudiantes a quienes había ayudado cambiaron la manera de dirigirse a ella.
Eleanore no permaneció en silencio.
“Que no se te olvide nunca que fue una mexicana la que te impulsó a seguir con tus estudios”, recuerda haberle dicho a uno de ellos.
Años después, durante la pandemia, regresó temporalmente a México y vivió con su mejor amiga, a quien conocía desde los seis años. Cuando ella enfermó, Eleanore se convirtió en su cuidadora y la acompañó a través de un sistema médico que le mostró profundas desigualdades.
“Fue horrible. Era mi mejor amiga de toda la vida y la perdí”.
Durante aquellos meses, Eleanore se hizo una promesa: quería ayudar a otras personas a navegar el sistema médico y el tiempo le dio una curiosa oportunidad.
Había un perro que había que cuidar en los Berkshires de unas amistades, “yo solo quería irme de México temporalmente” recuerda pensando en la pérdida de su amiga, y en esa semana que se supone que cuidaría al canino la vida le puso la oportunidad de quedarse.
Apareció una vacante en Volunteers in Medicine VIM Berkshires, una organización que conocía desde sus primeros años y cuya creación había acompañado de cerca.
Solicitó el trabajo, canceló su vuelo de regreso a México y se quedó.
En VIM pudo trabajar gran parte del tiempo en español, y sobre todo acompañar a la comunidad inmigrante que carecía de cobertura médica.
“Fue una experiencia increíble”, dice. “Servir a la comunidad inmigrante, que yo quiero mucho, y trabajar con compañeros que antes habían sido mis alumnos fue muy bonito” dice al resumir sus últimos años.

Ahora, después de 36 años de construir su vida adulta entre Massachusetts y México, Eleanore se prepara para cerrar su ciclo laboral en los Berkshires y regresar al país donde nació.
“He asistido a funerales de personas queridas en los Berkshires mientras me perdía la de integrantes de mi propia familia. Ahora quiero estar cerca de ellos”.
Haciendo un balance Eleanoreo mira también una comunidad muy distinta a la que encontró décadas atrás. Hay más organizaciones, profesionales bilingües, hijos de inmigrantes convertidos en líderes y una generación que, considera, tiene menos miedo de utilizar su voz.
“Aquí recibí la estafeta de gente increíble. Yo no inventé el camino”, dice. “Pero creo que la cargué bien”.
Se marcha con la tranquilidad de que otros continuarán el trabajo.
“Ustedes tienen una voz que muchas veces la generación anterior tenía miedo de usar”, dice. “Tienen conocimiento de sus derechos como seres humanos y saben cómo usar las herramientas de este país para el beneficio de otros”.
Hace más de tres décadas, en su primera noche en Massachusetts, Eleanore escuchó el viento atravesar los árboles y pensó que era el mar. No sabía exactamente dónde estaba ni que aquel lugar terminaría convirtiéndose en una parte inseparable de su vida.
“A partir de los 11 años, mi vida ha estado dividida entre aquí y allá”, dice. “Tanto quiero a los Berkshires como quiero a México. Algunos capítulos me ha tocado desarrollarlos aquí y otros allá, pero inevitablemente los dos son parte de quién soy”.
Pero no es un adiós es un hasta luego
“No me voy por completo, así que no me recriminen si un día me ven por aquí” añade entre risas.



