Dani Gómez Colorado: de tocar fondo a levantar un hogar llamado Tito’s
- alexahnder
- 22 nov
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No hay un punto preciso donde empiece la historia de Daniel Alexander Gómez Colorado. No nace en un lugar, sino en un corredor: un hilo migrante que atraviesa generaciones, desde un pueblo en Colombia hasta un departamento en Brooklyn, pasando por los silencios que acompañan a quien abandona el hogar con más miedo que certezas. Su vida se enciende entre lo que se calla en las familias, lo que no se cuenta en las cárceles y lo que carga un niño que creció en Pittsfield dividido entre dos mundos sin manual para reconciliarlos.
“Soy colombiano, pero nací acá en el BMC en el 92”, dice sentado en una mesa de Tito’s, el restaurante que hoy dirige, mientras mira entrar a unos comensales. Lo dice con la naturalidad de quien intenta simplificar lo que nunca fue simple.

“Mi abuelo, Germán Colorado, fue el primero en dejar el pueblo de Pereira, Antioquía, era un paisa”. En los años ochenta marchó “por miedo”, resume Dani sobre la mesa, recordando una época en la que muchas familias colombianas escapaban de la violencia del narco y de un país que parecía a punto de explotar en medio de sus guerras intestinas. “Mi abuelo cruzó la ruta que tantos otros tomaron: Colombia, Panamá, México”.
La madre de Dani y sus tías se quedaron un tiempo en Panamá, casi ocho meses esperando una vida que no terminaba de abrirse entre tanto papeleo americano que Germán, su padre (abuelo de Dani), trataba de solucionar de este lado de la frontera. Cuando finalmente lograron ingresar a Estados Unidos, tuvieron que regresar a Bogotá para arreglar su ciudadanía, y fue ahí donde los padres de Dani se encontraron. Miguel era carnicero, ella iba de compras por el mandado.

El matrimonio ocurrió allá; los problemas, acá. Los viajes de ida y vuelta se hicieron rutina, y entre esa coreografía migrante nació Dani en Pittsfield en noviembre del 92. Su familia había llegado a Pittsfield porque su abuelo, ingeniero mecánico, había conseguido trabajo en las antiguas fábricas textiles, donde reparaba las maquinarias en North Adams. Su padre lo alcanzó meses después de nacer, en febrero del 93. Así empezó la vida de un niño que todavía no sabía que su historia estaría marcada por barreras invisibles, mezclas culturales y una identidad siempre en construcción. “La verdad todavía no sé lo que quiero”, dice desde el gabinete del fondo, mientras recuerda sus primeros años.
Un niño entre códigos, culturas y choques: los años que marcaron a Dani
Su infancia se dividió entre el español íntimo de la casa y el inglés desconcertante del mundo exterior. “Me hablaban y yo no entendía. En la escuela no comprendía qué debía hacer al escuchar más sonidos que palabras de mis maestros y compañeros”, recuerda. Lo retrasaron un año para que aprendiera lo básico: hablar, entender y, lo más importante, pertenecer. A esa dificultad se sumó un diagnóstico que llegó después, en la adolescencia: Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Era inquieto, movedizo, con una energía que no cabía en los salones. En la preparatoria, el hincha de Millonarios encontró alivio en los deportes, en el fútbol y en el karate que practicó hasta los 17: en el movimiento del cuerpo que no entiende de palabras y que más tarde lo pondría en problemas.

Como muchos hijos de inmigrantes, Dani cargó con un sueño que no pidió: “estudiar y ser alguien”, justificar el sacrificio de sus padres. Lo intentó. “Yo quería ser doctor, enfermero, quería ayudar a la gente, pero requiere mucho enfoque; para mí los libros… no puedo entenderlos, no percibo el mundo como todos los demás. Mucha gente no lo entiende”. La presión y los roces familiares crecían, incluyendo la mala relación de sus padres. Hasta que un día, después de forzarlo a estudiar en el Colegio Comunitario de los Berkshires, literalmente lo sacaron de la casa. “Me echaron”, dice. Ese mismo día también perdió su trabajo en el Arizona Pizza.
Burlington, Vermont, apareció como una salida urgente después de perder su trabajo y quedar atrapado en medio del conflicto matrimonial de sus padres. Así, casi sin pensarlo, dejó Pittsfield… o mejor dicho, huyó. Fue una fuga emocional, un intento de respirar en otro lugar.
Pero por más que uno cambie de ciudad, las heridas viajan en el mismo equipaje. En Burlington, mientras intentaba mantener cierta estabilidad, la vida lo llevó por un camino inesperado, lleno de errores, y enfrentó las consecuencias. Terminó involucrado en problemas legales que lo llevaron a pasar un tiempo en la cárcel en Vermont. Allí, entre rutinas estrictas y silencios que pesaban, comenzó un proceso interno que nadie elige, pero que a veces resulta inevitable: mirarse de frente.
Volvió a Pittsfield con la mochila llena de aprendizajes y con una probatoria que debía cumplir durante tres años para lograr que borraran sus registros criminales. Vivió con su padre y se dedicó a trabajar en lo que fuese necesario: restaurantes, cocinas, turnos largos; incluso pasó un tiempo nuevamente en La Fogata, el negocio familiar.
La Fogata

El restaurante de Tyler St nació por un accidente, recuerda Dani. Si su padre no se hubiera destrozado el pie en el estacionamiento de Guido’s, quizá no tendríamos ese rinconcito colombiano en Pittsfield, ni Tito’s, pues su historia está entrelazada. “La Fogata por mucho tiempo fue el único restaurante latino de Pittsfield. Mi padre Miguel trabajaba en la carnicería de Guido’s y, para ahorrarse la caminata a su coche por la rampa, un día al salir de su jornada decidió trepar el muro de piedra hacia su vehículo. Alguien lo vio trepando y se despidió de él; él volteó, se soltó para regresar el saludo desde una gran altura y perdió el equilibrio. Cayó con un pie en un carrito de compras y el otro se destrozó al recibir todo el impacto de la caída. Quedó hecho añicos”. Incapaz de trabajar con el yeso puesto, decidió emprender.
El restaurante se convirtió durante su adolescencia en un refugio, una escuela, un campo de batalla y una fuente de identidad para Dani. Creció entre mesas, vapores de cocina, ollas enormes, clientes curiosos, clientes difíciles, propinas, veranos trabajando y otros escapando cuando podía al parque. La Fogata fue un universo completo que lo formó sin preguntarle si quería. “Mi padre y yo siempre hemos tenido roces, somos muy similares”.

“Mi padre siempre ha tenido una intención muy buena y cuando compró Tito’s quería ayudarme. Aunque fue una decisión impulsiva”, dice Dani, ya con casi 3 años al frente del negocio. “Fue algo egoísta de su parte, pero también algo que me empujó a mí mismo”. En ese tiempo, Dani era gerente en la dispensaría de marihuana The Pass en Sheffield. Empezó como retail associate y terminó como supervisor. “Ganaba buen dinero, esa es mi otra pasión, esa plantita tiene muchos beneficios”. Estaba cómodo cuando su papá lo llamó un día para decirle que le estaban ofreciendo un lugar porque los antiguos socios estaban peleados. “Me dijo por teléfono: ¿lo compramos?”.
Dani no respondió. Dos días después, saliendo de su trabajo en The Pass para pasar unas semanas en Burlington, recibió otra llamada. Sabía, al mirar el teléfono, que su padre había tomado una decisión apresurada. Había comprado un bar en ruinas: Tito’s. Pisos pegajosos, azúcar endurecida. “Parecía que se habían ido de putas los antiguos dueños —disculpa la expresión—, pero parece que se habían ido a fumar un cigarro en medio de la fiesta y nunca regresaron. Había moscas, deudas de más de 50 mil dólares, proveedores molestos, cuentas vencidas”.

Tardó dos semanas, con ayuda de su padre, en limpiar los pisos. A cada paso que daban con el restaurante se encontraban con otro problema. El más grande, sin dudas, fue el permiso para vender alcohol. “El anterior dueño dejó de pagar impuestos del Estado”. Ahí entró Dani, a sus casi 30 años, sin manual, sin guía, con la experiencia ganada en la dispensaría y en Vermont. Limpió, negoció, organizó, reparó, levantó y se ganó el respaldo de los proveedores gracias a la reputación de La Fogata.

Y aunque al principio sintió el peso del juicio ajeno cuando criticaban la comida, recuerda que sin duda lo más difícil fue cuando los clientes se levantaban de las mesas al darse cuenta de que no vendía alcohol. La licencia tardó meses en llegar, meses cuesta arriba. Y cuando por fin lo hizo, Dani empezó a encontrar su ritmo, su voz, su forma de llevar un lugar que había que rescatar casi desde cero. Dani, el joven con TDAH, se hizo gerente; el niño entre dos lenguas, un adulto que dirige un negocio en inglés y en español con la misma facilidad con la que enrolla los cubiertos en las servilletas esperando al próximo cliente.
La relación con su padre está hecha de admiración, choques, silencios, orgullo, distancia y reconciliaciones. Se volvió la columna vertebral de su historia adulta. Miguel, trabajador incansable, impulsivo, más de la vieja escuela; Dani, más observador, más visual, usando las redes sociales para empujar el crecimiento. Comparten lo esencial: una ética del trabajo que no permite rendirse y una lealtad familiar que, aunque a veces duele, nunca se rompe del todo.

Hoy, Dani piensa en el futuro con una mezcla poderosa de ambición y agradecimiento. Sueña con expandir el negocio. Un lugar donde la comida sea memoria y donde la comunidad encuentre un punto de encuentro.
La vida de Dani está hecha de migraciones, accidentes, platos rotos, pisos lavados, fogones encendidos, críticas, aprendizajes, segundas oportunidades y una herencia que no se rinde. Está hecha de su abuelo Germán, de su madre Liliana, de su padre Miguel, de las cocinas familiares y de las recetas mexicanas que hoy nutren el restaurante Tito’s. Pero, sobre todo, está hecha de convicción: el más difícil y el más admirable de los ingredientes que guarda su restaurante.





