Voz
- alexahnder
- 10 ene
- 2 Min. de lectura
Ayer el cuerpo colapsó.
Una migraña intensa me obligó a frenar, a apagar luces, a cerrar los ojos. Pero lo que tardé en entender es que no era solo cansancio físico. Mi cuerpo estaba colapsando por algo más profundo: por no poder expresarme libremente.
Ser activista y parte de una comunidad migrante en medio de una tormenta constante es un acto de equilibrio permanente. Vivimos atravesados por noticias que duelen, que indignan, que desbordan. La intervención histórica de Estados Unidos en Latinoamérica por intereses financieros y monetarios. La esperanza de libertad que celebran nuestros hermanos venezolanos. Y, al mismo tiempo, la violencia sistemática ejercida por una entidad del Estado que utiliza el terror como arma: ICE.

Las noticias bombardean sin pausa. Por mi condición migratoria mi cuerpo, mi voz, mi palabra tienen límites impuestos. Por el miedo real que eso implica. Por la amenaza constante de una represalia, no solo contra mí, sino contra mi comunidad.
No puedo expresar libremente la bronca.
No puedo gritar el dolor.
Años atrás estaba en las calles protestando por el asesinato a sangre fría de George Floyd.
Hoy, quisiera estar en las calles por la muerte de Renee Nicole Good una mujer que intentaba proteger y alertar a sus vecinos de ICE.
Quisiera estar ahí, alzando la voz,
ocupando el espacio público,
ejerciendo un derecho básico.
Pero no puedo.
No puedo porque no tengo el privilegio
de haber nacido en este país.
No puedo porque hacerlo sería colocarme
una bandera roja en la cabeza.
No puedo porque el color de mi piel
significa que soy el blanco perfecto
para un agente de ICE.

No puedo porque sería exponerme a ser arrancada de mi comunidad, y con ello poner en riesgo a los míos.
Entonces vivo en esta tensión constante: una fuerza interior inmensa que necesita luchar, protestar, resistir… y un cuerpo que sabe que no puede hacerlo de la forma más visible. Me siento silenciada. Atada de pies y manos. Privada de algo tan básico como salir a la calle y decir lo que pienso, lo que siento, lo que duele.
Esta contradicción es asfixiante.
Es dolorosa.
Es injusta.
Cada vez que paso por una protesta, no puedo evitar llorar. Lloro y agradezco. Agradezco profundamente a esas personas que usan su privilegio y se animan a ocupar el espacio que yo no puedo ocupar. Que dicen en voz alta lo que yo tengo que guardar. Que usan ese privilegio que muchas veces se da por sentado: el de poder expresarse libremente sin miedo.
Se siente tan poderoso ver la libertad en acción. Y tan doloroso no poder ejercerla.

Por eso hoy me pregunto, y te pregunto:
¿De qué forma te estás expresando hoy?
Porque la voz no siempre grita en la calle.
A veces tiembla en el cuerpo.
A veces se enferma.
A veces resiste en silencio.
¿Y por qué no?
A veces también se escribe.




