"El peor enemigo de un latino…" ¿otro latino?
- alexahnder
- 26 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 27 dic 2025

La primera vez que escuché esa frase fue hace apenas unos meses, durante una entrevista con alguien que había tenido que pelear cada centímetro de su camino para salir adelante en este país. No hablaba desde la teoría ni desde la comodidad, hablaba desde la cicatriz. “El peor enemigo de un latino es otro latino”, dijo, casi en voz baja. La frase no pasó de largo. Se me quedó clavada.Me recordó a la metáfora de la cubeta llena de cangrejos, esa que dice que si pones a varios cangrejos en la cubeta no es necesario taparla para que no huyan, porque cuando un cangrejo lo intenta, el resto tiran de él para evitarlo. Esa frase inicial ya la había escuchado antes, en su versión doméstica: el peor enemigo de un mexicano es otro mexicano, y volvió a encender una verdad incómoda que pensé había dejado atrás, de esas que sabemos pero preferimos no mirar de frente.
Esa sentencia no nace de la nada. Hierve por dentro como una reacción química descontrolada que se activa en el asiento de nuestra frágil individualidad. Brota desde ese territorio endeble donde se acumulan nuestras inseguridades, donde el alma se tambalea cuando se compara. ¿Por qué nos duele tanto ver a otro triunfar? ¿Por qué nos incomoda incluso verlo intentarlo? En algún rincón oscuro de nuestra psique, el éxito ajeno parece convertirse equivocadamente en la confirmación de nuestro propio fracaso. Como si la luz del otro, en lugar de iluminarnos, viniera a apagarnos de sopetón.
Entonces aparecen los comentarios. Pequeños. Afilados. Disfrazados de opinión: “míralo, ya empezó a vender tamales ahora”, “esas arepas así no se hacen”, “para lo que hace, cobra carísimo”, “claro, ella sí tiene papeles”. Palabras que no buscan corregir ni construir, sino rebajar. Frases que pretenden descalificar al otro, pero que terminan retratándonos a nosotros mismos. Porque cada vez que tiramos hacia abajo a alguien de nuestra comunidad, el suelo que se resquebraja es el que todos pisamos.
Hemos olvidado algo esencial: en una comunidad real, el éxito de uno puede y debe convertirse en el éxito de todos. Necesitamos referentes. Necesitamos historias que destaquen, rostros que rompan los moldes estrechos en los que durante décadas nos han encasillado. Cuando uno avanza, abre camino; cuando uno cae, el golpe no es individual, nos salpica a todos, aunque no siempre queramos admitirlo.
Por eso duelen tanto frases como: “antes aquí no había tantos latinos, ahora hay demasiados”. Porque revelan algo más profundo: el impulso de cerrar la puerta por la que nosotros mismos entramos. Es repetir la violencia que un día nos empujó, pero ahora dirigida hacia quienes llegan después. Como si los otros solo pudieran salir adelante siempre y cuando no lo hagan más que nosotros. En México, muchos señalan a los haitianos y de otras nacionalidades que no lograron cruzar a Estados Unidos y se quedaron a trabajar allí; se les culpa de la inseguridad, de la falta de empleo, del desorden. ¿Nos suena familiar esa historia? Todo país tiene a sus migrantes. Cambian los acentos, los pasaportes y el suelo que pisamos, pero el libreto es el mismo: la culpa siempre es del otro.
Lo que aún no hemos aprendido es que mientras más nos desmerezcamos entre nosotros, más fácil le hacemos el trabajo a quienes desde afuera buscan minimizar a toda la comunidad latina. La división interna es el regalo perfecto para la discriminación externa. Por eso, el llamado es sencillo, pero poderoso: habla bien de tu comunidad.
Empodérala. Cómprale a tu comunidad. Y si no puedes comprar, apoya con difusión, comparte, recomienda, y si tampoco puedes hacer eso, da retroalimentación constructiva hasta que puedas hacerlo. Celebra. Impulsa. Levanta. Abracemos nuestras diferencias, porque no son una debilidad: son nuestra mayor fortaleza. En esa diversidad vive nuestra riqueza cultural, nuestra creatividad y, sobre todo, la posibilidad real de un triunfo no individual sino colectivo. Porque cuando un latino avanza, no debería despertar envidia, sino la esperanza para todos. El triunfo de uno es el éxito de todos.




