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Yami decidió vivir: un diagnóstico que no detuvo su vida, sino que la hizo más consciente.

  • hace 22 horas
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Hace un par de años, Yami inició la quimioterapia. Cada tres semanas, el medicamento entra en su torrente sanguíneo con la misma promesa: salvarle la vida. Pero, en realidad, la única certeza al verlo entrar es que demolerá su rutina diaria. A los pocos días llegan esos momentos en los que el cuerpo deja de obedecer. “No sabes ni cómo sentarte, ni cómo pararte”, dice Yami desde el sillón de su sala en Sheffield, como si habitar su propio cuerpo se hubiera vuelto una tarea imposible.


Yami llegó a los Berkhsires de Panamá en 2021
Yami llegó a los Berkhsires de Panamá en 2021

“A veces me meto en la ducha… a gritar”, recuerda. No hay nadie más. Solo ella, el vapor y esa sensación persistente de que algo dentro se rompe y se reconstruye al mismo tiempo, mientras deja correr el agua caliente.


Grita porque el dolor no siempre cabe en el silencio. Hay otros días, sin embargo, en los que logra levantarse, maquillarse y arreglarse. Respira hondo y pretende reanudar su día cuando los síntomas lo permiten, porque nunca ha dejado de trabajar, porque las facturas nunca dejaron de acumularse; los bills no se curan con la quimioterapia.


Porque la vida, incluso herida, sigue exigiendo presencia. Yami no habla del cáncer como una tragedia lejana: lo dice con una calma que no es resignación, sino aprendizaje. 


Pero este momento en la historia de Yami se remonta a cuando ella tenía 15 años y un doctor en Panamá la diagnosticó incorrectamente al decirle: “Es un fibroadenoma benigno, no te tienes que preocupar por eso cuando tengas hijos se te va a ir”.


En ese entonces, Yamileth vivía en una casa en el barrio de Las Mañanitas, Panamá donde el dinero no alcanzaba, pero la dignidad nunca faltó. Su madre cocinaba para un centro penitenciario de jóvenes; su padre manejaba taxi. Ella creció viendo el esfuerzo como una constante, no como un sacrificio excepcional.


La casa de Yami barrio las Mañanitas en Panamá
La casa de Yami barrio las Mañanitas en Panamá

Cuando entró a la universidad para estudiar periodismo, su mamá apenas podía darle un dólar al día. “Cuando iba a la universidad con ese dólar era o comía, o sacaba copias”, recuerda. No había margen ni equilibrio posible. Ahí entendió algo que no se olvida: la vida no siempre te da opciones, pero sí te obliga a elegir.


Dejó la universidad y empezó a trabajar en el aeropuerto. Era joven. Tenía hambre de algo distinto. Quería apoyar a su familia. En el duty free encontró una oportunidad haciendo activaciones de venta para los viajeros que pasaban por Panamá, y con las buenas ventas vinieron los viajes promocionando marcas internacionales. Durante un tiempo, la vida pareció abrirse.


Yami y su familia en Panamá
Yami y su familia en Panamá

Se casó a los 23 años, la misma edad en que tuvo a su primer hijo. Construyó con su exesposo una casa y seis años después tuvieron a su segundo hijo. Armó una rutina en la que se pensó contenta, sin sospechar lo que anidaba bajo su pecho. Incluso se compró un carro.


“Al día siguiente me fui para el aeropuerto en carro… sin licencia”, dice riendo con ese buen humor que la caracteriza, casi con una sonrisa que deja ver el orgullo por aquella irresponsabilidad.


Ese gesto, torpe y valiente al mismo tiempo, dice más de lo que parece: Yami es alguien de acciones. Quería una vida menos limitada. Y así fue: dejaba al bebé con su suegra, iba al trabajo…


Yami durante el tratamiento de quimioterapia
Yami durante el tratamiento de quimioterapia
Yami tras perder el cabello a causa de la quimioterapia.
Yami tras perder el cabello a causa de la quimioterapia.

Durante quince años, el aeropuerto fue su centro. Hasta que dejó de serlo. El negocio colapsó por un escándalo del dueño de la empresa. “Incluso al jefe lo incluyeron en la lista Clinton aquí en los Estados Unidos por lavado de dinero; mucha gente perdió su trabajo”. El trabajo se fue y la seguridad económica también.


Después vinieron empleos que no llenaban, como la venta de materiales de construcción. Un eterno etcétera de estabilidad precaria. Y, en paralelo, el matrimonio empezó a romperse: infidelidades, distancia, silencios acumulados. Entonces apareció la posibilidad de irse. “Yo no soy tanto de hablar, sino de hacer”.


En sus momentos libres, Yami pinta: un respiro entre jornadas de trabajo y el tratamiento.
En sus momentos libres, Yami pinta: un respiro entre jornadas de trabajo y el tratamiento.

El 10 de septiembre de 2021 llegó a los Berkshires, por invitación de una amiga que vivía en Pittsfield y con la que había trabajado en el aeropuerto. “Me gustaban las fotos que subía a su Instagram, el paisaje que veía”. Su plan era quedarse unos meses a trabajar en el hotel Marriott. Nada definitivo. Nada radical. Solo una pausa, un intento, un respiro.


Pero toda libertad implica una pérdida. “Si yo pudiera volver atrás, no dejo a mis hijos, me regreso”, lo dice con la voz cortada y añade con unas lágrimas en el rostro: “Me regreso a seguir aguantando; por ellos me aguanto lo vivido . Cuando me fui, tenía mi hijo de 9 y el otro de 15 años”. "Nunca hubo recriminaciones de su parte, pero uno lo siente", y añade "Mi consuelo es que a ellos no les falta nada. Yo me encargo de su escuela, de su educación; acá se ve el dinero, en Panamá no se compensa lo costoso de la vida. Aquí, en una semana, hago lo que hacía allá en un mes. Si yo hubiese sabido todo lo que venía después, yo no me hubiese quedado”.

Yami en la navidad del 2022 con su familia
Yami en la navidad del 2022 con su familia

Lo dice porque dos años después todo cambió con una llamada del departamento de Radiología, al arrancar el año 2023.


—Lo siento mucho… tiene cáncer.


Así, como si se hablara del clima lo escuchó ... Al colgar no hubo gritos. No hubo escenas. Pero sí una especie de reconocimiento. “Ya lo sentía, lo intuía”, dice. Como si el cuerpo, desde antes, ya supiera lo que venía.


Salió a caminar ese mismo día con su amiga, con Jonathan, su novio con el que planea casarse este verano porque para Yami la vida no se detiene. También tuvo la dicha de contar con sus hijos, solo el menor porque el mayor tenía que regresar a los estudios, habían venido a visitarla para pasar la Navidad juntos después de su separación.


“No hablamos al caminar, solo veíamos el paisaje y nos agarramos la mano”. No hacía falta hablar. Hay noticias que no se procesan con palabras, sino con pasos.


Amigos de Yami y su hijo  durante el tratamiento
Amigos de Yami y su hijo durante el tratamiento

Luego vino el tratamiento, y la brutalidad de las primeras quimioterapias:


“Eso es horrible… no se lo deseo a nadie”, dice. El cuerpo se vuelve irreconocible. El dolor no tiene una forma clara. Solo está.


Estaba nerviosa, como caminando en la oscuridad. Y aun así a la fecha, trabaja. “Siete días en cama… y luego a trabajar”, recuerda. Porque la vida no se detiene. Porque hay hijos y una identidad que no se abandona fácilmente.


“Diciembre, enero y febrero fueron los peores meses de mi vida”, dice. La depresión, la ansiedad provocada por los esteroides, el insomnio, los efectos de los medicamentos. “No dormía… era una desesperación”. El cuerpo hinchado. La mente acelerada. El miedo constante.


“Mi vida cambió. Yo soy mucho de ganarme mi dinero, no de ser una carga… uno siempre piensa que no quiere ser una carga. Mis uñas se pusieron negras, vomitaba...”

Yami y su novio Jonathan, Jonathan es un pilar para Yami.
Yami y su novio Jonathan, Jonathan es un pilar para Yami.

"Las primeras cuatro o cinco quimios fueron llevaderas, dice", pero conforme la quimioterapia se acumula en el cuerpo, los efectos se vuelven cada vez más severos. Yami ha recibido más de 21 quimioterapias y contando.


El año pasado los doctores le dijeron, tras removerle los senos y los nódulos linfáticos, que el cáncer se había esparcido a otros ganglios de su cuerpo. Eso cambió completamente el juego: las quimioterapias ahora serían por más tiempo, al menos el consuelo era que serían menos severas que las originales.


Con esa confianza comenzó a trabajar en Guido’s en noviembre del año pasado. Pero la vida nunca ha dejado de sorprenderla, un día notó un cansancio distinto, una fatiga nueva. Después de ir al hospital por vértigos, el doctor tras internarla le dijo lo que faltaba por decir: el cáncer se había extendido al cerebro.


Ese fue el quiebre.El momento en que todo dejó de ser lo que era.


Y finalmente llegó una verdad, una verdad sin suavizar: “Tu cáncer no es curable”.


La familia de Yami y Jonathan jugando al boliche
La familia de Yami y Jonathan jugando al boliche

Al principio, Yami se quería rendir. Su pareja, Jonathan, se volvió un pilar. “Yo le dije que no se tenía que quedar conmigo”, y Jonathan siempre está con ella.


Ya no se trataba de vencer. Se trataba de sostenerse y Yami lo hace a su manera: no vive pensando en la muerte, o más bien la mira de frente sin reproche, porque no organiza sus días desde el miedo.


Yami ha elegido vivir. Trabaja cuando puede y llora cuando lo necesita. “Si me quedan seis meses, yo no los voy a vivir llorando”. “Hay personas que sufren cosas mucho peores”, dice. Y en esa comparación no hay resignación, sino perspectiva.


“Confíen en Dios. Yo siempre luché hasta lo último, soy feliz. No quiero que me piensen con lástima. Yo vivo mi vida plena, con altibajos como cualquier otra. El Señor me ha recompensado con un buen hombre, Jonathan. No tengo a mis hijos aquí, pero siempre están conmigo y vinieron hace poco a visitarme. Tengo una familia, una comunidad de gente que ni conozco y me llenan de amor".


Ella lo tiene claro: "la cuestión es no quedarse ahí, hay que seguir luchando. Por dentro, uno sigue luchando”. Un consejo para todos: hay que disfrutar la vida. “Si quieren llorar, lloren todo lo que quieran; si quieren comer, coman; si quieren dar un paseo, désenlo”.


Este lugar, los Berkshires, me han dado una nueva oportunidad, una nueva vida.


Yami y Jonathan planean casarse este verano.No como una promesa de lo que viene, sino como una afirmación de que, incluso ahora, la vida sigue siendo suya.


Porque hay historias que no se miden en años, sino en la forma en que se enfrentan. Yami no está esperando a que la vida termine: la está viviendo. Con dolor, sí. Extraña a su hijos, sí.Con miedo, a veces. Pero también con una lucidez que solo nace cuando todo lo demás se cae.


En un mundo que insiste en contar el tiempo hacia atrás como una cuenta regresiva, ella ha decidido contarlo hacia adentro. Cada día que se levanta, cada turno que trabaja, cada risa que logra sostener, es una forma de resistencia.


Y quizá eso es lo que queda: no la enfermedad, no el diagnóstico, sino la manera en que alguien decide vivir.


Porque hay quienes sobreviven el día a día.Y hay quienes, como Yami, los viven.



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