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Yami decidió vivir: un diagnóstico que no detuvo su vida, sino que la hizo más consciente.
Hace un par de años, Yami inició la quimioterapia. Cada tres semanas, el medicamento entra en su torrente sanguíneo con la misma promesa: salvarle la vida . Pero, en realidad, la única certeza al verlo entrar es que demolerá su rutina diaria. A los pocos días llegan esos momentos en los que el cuerpo deja de obedecer. “No sabes ni cómo sentarte, ni cómo pararte” , dice Yami desde el sillón de su sala en Sheffield, como si habitar su propio cuerpo se hubiera vuelto una tarea i
hace 23 horas7 Min. de lectura
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