top of page

Verónica Torres o la mujer que aprendió a vivir entre idiomas

  • hace 2 horas
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 minutos


La primera vez que Verónica tuvo que interpretar una conversación importante todavía no sabía que acabaría dedicando su vida a eso. Estaba sentada frente a su padre en Chile, él tenía los brazos cruzados en su habitación y el gesto endurecido.


Yo no te mandé a Estados Unidos para que consiguieras novio.


Afuera en el pasillo, un joven estadounidense intentaba pedir permiso para casarse con ella. Él hablaba en inglés y el padre respondía en español. Y en medio estaba Verónica traduciendo no solo palabras y emociones, sino su propio futuro entre los dos mundos.



Décadas después, sentada en su oficina del hospital de Pittsfield como directora del Departamento de Intérpretes del Berkshire Medical Center, todavía piensa que, de alguna manera, toda su vida ha sido eso: aprender a vivir entre idiomas.


Yo soy hija del exilio”, recuerda.


Nació en Alemania del Este en 1973, mientras sus padres sobrevivían lejos de Chile después del golpe militar con tanques de Augusto Pinochet. Su padre había sido dirigente estudiantil, profesor universitario y alfabetizador de obreros. Volver a Santiago dejó de ser una opción y luego de Alemania vino Argelia.


El país africano acababa de independizarse de Francia y ahí transcurrieron parte de sus primeros años. Su primera lengua, ahora casi perdida en la memoria, no fue el español ni el inglés. Fue el francés.


Verónica, hasta la derecha sosteniendo un pincel en clase de pintura en la escuela de Argelia.
Verónica, hasta la derecha sosteniendo un pincel en clase de pintura en la escuela de Argelia.

Desde su casa en los Berkshires todavía recuerda los mercados, el calor, las palabras en árabe mezclándose con el francés, las niñas musulmanas con henna en las manos y los ojos delineados para protegerse del sol.


“Yo quería ser como ellas. Quería pintarme los ojos”, recuerda entre risas.


Cuando finalmente regresaron a Chile, entendió temprano lo que significa sentirse extranjero incluso dentro del propio país. Todo era nuevo, distante, difícil de descifrar. La dictadura seguía presente. Años más tarde reconocería esa misma sensación en muchos de los pacientes a quienes ayudaría a navegar el sistema de salud en otro idioma.


Pero antes de convertirse en intérprete, aprendió también lo que era vivir bajo los últimos coletazos de la dictadura. “Una noche, militares se llevaron a dos profesores de la escuela. Al día siguiente aparecieron muertos”.


Les habían cortado la garganta”, recuerda. Verónica hace una pausa antes de continuar.


En Chile había dos Chiles. Y eso se sentía todo el tiempo” remata con cierta resignación de otros tiempos peores.


Padres de Verónica. Su familia se mudó antes de estallar el golpe militar  de 1973 que acabaría con la vida del presidente Salvador Allende.
Padres de Verónica. Su familia se mudó antes de estallar el golpe militar de 1973 que acabaría con la vida del presidente Salvador Allende.

En medio de un Chile que quería imaginarse libre, Verónica soñaba con otras vidas posibles. “Quería ser bailarina, actriz de doblaje”. Le fascinaban los idiomas y las voces. Pasaba horas escuchando películas extranjeras traducidas al español, intentando entender cómo una emoción podía atravesar intacta de una lengua a otra.


Con el tiempo comenzó a involucrarse en grupos medioambientalistas y a hacer trabajo voluntario en distintas partes de Chile. Pasaba los veranos construyendo senderos en parques nacionales, levantando pequeñas pasarelas de madera y colocando señalética para visitantes.


“Ahí aprendí que ayudar no siempre es algo grande”, dice. “A veces es hacer un caminito para que otro pueda pasar.”


El suyo se abrió en los años noventa cuando fue seleccionada para un programa de voluntariado en Estados Unidos, en el estado de Washington. No quería ir. Venía de una familia profundamente crítica de la intervención estadounidense en América Latina. Para ella, Estados Unidos seguía siendo el país que había respaldado la caída de Salvador Allende y muchas otras dictaduras militares en la región.


Verónica en Brasil
Verónica en Brasil

Pero su padre le dijo algo que nunca olvidó: “No confundas a la gente con el gobierno. El pueblo americano es uno noble y gentil”.


Así llegó a Seattle, prácticamente sin inglés y con un pequeño diccionario de bolsillo. En las montañas del estado de Washington conoció al hombre que años después estaría esperando afuera de la puerta de su padre.


Al principio se comunicaban con el pequeño diccionario que ella cargaba en la mochila. “Si alguien me pedía una pala, podía volver con la herramienta equivocada tras recorrer varias millas” repite riendo al recordar la frustración de sus compañeros.



Entonces empezó a escribir palabras nuevas sobre sus brazos para memorizarlas mientras trabajaba, cinco por día: shovel towel broom… escritas en el antebrazo como un conjuro para el futuro.


Al regresar a Chile siguió escribiéndose con el enamorado con el corazón latiendo atrás de cada palabra. Las cartas tardaban semanas en llegar. Entonces descubrieron algo curioso: las postales viajaban más rápido. “Como había menos espacio para escribir, comenzamos a llenar los márgenes con dibujos pequeños contando lo que hacía, cómo me sentía, qué había visto ese día”.


Hasta que un día los dibujos de las postales se acabaron porque el enamorado aterrizó en Santiago de Chile. Quería casarse con ella.


Esa fue mi primera interpretación importante”, añade riéndose.


Poco después se mudaron a Estados Unidos y comenzó una vida muy distinta a la que había imaginado. En Seattle trabajó limpiando habitaciones de hotel. Tenía estudios universitarios en letras, hablaba idiomas y venía de una historia marcada por el exilio y el activismo. Pero el activismo ni los buenos sentimientos pagan las cuentas.


Nunca sintió vergüenza. “Si hay que trabajar, se trabaja.” Fue ahí donde empezó a entender el verdadero peso del idioma; las otras trabajadoras latinas necesitaban ayuda para comunicarse con supervisores y administradores, y Verónica era de las pocas que hablaba inglés.


Verónica por primera vez en Estados Unidos
Verónica por primera vez en Estados Unidos

Entonces comenzaron a buscarla constantemente. “Ve a traer a Verónica.” Si alguien no entendía instrucciones, llamaban a Verónica. Si una trabajadora necesitaba explicar algo, buscaban a Verónica. Interpretaba mientras intentaba terminar sus habitaciones: diecisiete cuartos por turno, treinta minutos por habitación. Eran días largos.


Ahí comprendió algo fundamental: el idioma podía convertirse en una herramienta de supervivencia pero también es una barrera capaz de dejar a alguien completamente indefenso. Comenzó a interpretar para sus conocidos en hospitales que pedían ayuda para sus citas médicas.


Años después, la vida terminó llevándola a Pittsfield, donde vivían los padres de su esposo. Trabajó en escuelas públicas ayudando a estudiantes bilingües y ahí volvió a reconocer algo familiar.


Verónica con parte del equípo de interpretación de BHS
Verónica con parte del equípo de interpretación de BHS

Muchos niños inmigrantes eran enviados a programas de educación especial simplemente porque no hablaban inglés”, recuerda.


“Eran niños inteligentes atrapados detrás del idioma.”


Fue la primera vez que trabajó oficialmente como intérprete, aunque sin ser del todo bien pagado; durante años siguió haciendo de todo para salir adelante en restaurantes, hoteles, mansiones en Lenox y hasta cuidando perros.


Hasta que un día miró Berkshire Medical Center desde el departamento donde vivía y decidió cruzar la calle. Entró a Recursos Humanos con una carpeta bajo el brazo, quería trabajar como intérprete médica después de haber tomado un curso especializado. Lo había tomado no porque quería, sino porque así podía sacar créditos y acabar su carrera truncada. En ese momento casi nadie entendía realmente qué significaba ese trabajo. Volvió varias veces. Dejó currículums. Insistió sin respuesta.


Hasta que finalmente la llamaron, justo cuando las regulaciones federales comenzaron a exigir que los hospitales garantizaran servicios de interpretación para pacientes con dominio limitado del inglés.


Al principio fueron años difíciles porque había que convencer a médicos y administradores de algo que hoy parece evidente: interpretar no era una cortesía. Era un derecho.



También había que profesionalizar un oficio que prácticamente se estaba construyendo desde cero. Antes, recuerda, el hospital improvisaba buscando personas bilingües en restaurantes o recurriendo a familiares de pacientes.


“Eso no era interpretación médica”.


En más de dos décadas de trabajo ha acompañado nacimientos y muertes. Recuerda especialmente a una madre cuyo bebé nació muerto.


“Son cosas que marcan”, dice en voz baja. “Estuve ahí todo el tiempo.” Traduciendo cada explicación médica y cada decisión, cada silencio de la madre.


“A veces no puedes arreglar el dolor”, dice. “Pero puedes hacer que una persona no se sienta sola.”



Pese que han pasado muchos años sabe que los intérpretes médicos todavía no reciben el reconocimiento que merecen. Pero la profesión le dejó algo más profundo que cualquier título o premio: propósito.


Cuando mira hacia atrás, todo para Verónica Torres parece haber confluir en el mismo lugar: el servicio. La niña nacida en el exilio. La inmigrante que traducía para otras trabajadoras en un hotel y la mujer que cruzó una calle en Pittsfield con una carpeta bajo el brazo sin que nadie entendiera del todo sus intenciones.


Al final, desde aquella habitación en Chile hasta las salas de emergencia en Pittsfield, Verónica nunca ha hecho solamente traducciones. Ha dedicado su vida a evitar que el miedo, el dolor o el exilio de otros se queden sin voz

 
 
bottom of page