El sueño que enterró a mi hermano
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PARTE 1:

Nací en una comunidad pequeña del sur de Guerrero, Cuetzalan ahí arriba en la montaña la vida se va en sembrar matas de café y verlas crecer. Una vida tranquila en la niebla de la sierra. De niña no pensaba en irme lejos, mucho menos que viviría en otra región montañosa como los Berkshires. Mi mundo era la casa, las canicas, la escuela donde en vez de mochilas los niños usaban bolsas de plástico y sandalias para caminar, trazábamos líneas con los dedos en la tierra en forma de avión para jugar a la teja. Con el tiempo mis papás querían que estudiara la prepa, aunque al principio no quería quedarme en los pueblos donde había una; era rebelde y no me adaptaba.
Mi padre insistía porque él no había tenido muchas oportunidades, había llegado hasta la educación media, que era como lo máximo en el poblado. Mi mamá ni siquiera pudo terminar la primaria. Para ellos, mandarme a estudiar era una forma de romper algo que venía de generaciones atrás: la pobreza, la falta de opciones, la idea de que uno nace y muere en esa montaña sin poder elegir demasiado.
Terminé la preparatoria en 2011 lejos de los cafetales y después trabajé dando clases de primaria a niños de comunidades más marginadas. Yo todavía era muy joven, no llegaba ni a los veinte años cuando en 2012 mi hermano mayor decidió emigrar a Estados Unidos. Él tenía 26 años. Era el mayor de cuatro hermanos y, como muchos, se fue con la esperanza de ayudar a la familia, de hacer algo más, de construir un futuro que en ese cerro parecía llegar demasiado lento.
“Comprar un terrenito, construir una casa poquito a poco”. Ese era el sueño que se convirtió en pesadilla.
Un día, mientras yo enseñaba sumar y restar en la escuelita, llegaron a decirme que tenía que irme a mi casa. No me explicaron mucho, pero sentí un peso en el estómago cuando dejé el salón de clases. Cuando llegué, ese peso cayó sobre mí con toda su fuerza al ver a toda la comunidad de Cuetzalan reunida afuera de mi casa. Mis papás estaban llorando.

Nos dijeron que mi hermano había tenido un accidente automovilístico en Estados Unidos. No había llegado a su destino final; apenas lo llevaban en camino hacia ese último punto. Hubo una persecución con migración y el coyote que manejaba perdió el control del carro. El vehículo dio vueltas. Mi hermano se golpeó la cabeza y murió persiguiendo el sueño. Que Dios lo tenga en su santa gloria.
Su cuerpo regresó siete días después a México en una bolsa negra. La muerte de mi hermano no solo se lo llevó a él, también se llevó una parte de mi padre que quedó enterrada junto con él.
Mi hermano dejó una niña de año y medio. Mis papás se quedaban viendo a la niña con una culpa imposible de esconder. Sentían que, por apoyarnos a estudiar a nosotros, él se había ido para ayudar con la carga económica y ya no volvió.
Y en medio de ese dolor, como mis padres, yo también empecé a perderme.
En esa turbulencia conocí al hombre que hoy es mi esposo y que hasta la fecha me acompaña aquí en los Berkshires. Lo conocí en el lugar donde yo trabajaba. Él había estudiado mecánica automotriz en la Ciudad de México. Para pagarse los estudios repartía revistas que le entregaba en persona el mismísimo Alex Lora, el cantante de El Tri. Desde niño se había ido a buscar la vida. Vendía cosas en la calle, hacía trabajos pequeños, sobrevivía como podía mientras intentaba terminar su carrera.
Cuando apareció en mi vida, yo estaba triste, confundida, sin muchas ganas de seguir. Él fue, de alguna manera, una luz en medio de algo muy oscuro. Me trató bonito. Me hizo sentir que todavía se podía construir un futuro aun entre el recuerdo de mi hermano.
Mi hermano murió en abril. En julio yo me escapé con él.

Nos fuimos lejos, a una ciudad fronteriza del norte de México. Mis padres dejaron de hablarme; como despedida me dijeron: “No nos importa lo que te pase”. Llegamos sin conocer a nadie. Rentamos un cuarto pequeño. Él empezó a trabajar en talleres mecánicos y luego puso el suyo. Le iba bien.
Yo, en cambio, todavía no podía salir de mi tristeza.
Me quedaba en casa, sin ganas de trabajar, sin ganas de nada, ni siquiera de vivir. A veces sentía que la muerte de mi hermano seguía sentada en la sala conmigo todos los días.
Ahí también perdí dos embarazos. El primero lo perdí a los tres meses de gestación.
Dos veces me ilusioné y dos veces terminé viendo cómo todo se iba otra vez. Fueron meses de duelo sobre duelo, cadáver sobre cadáver, como si mi cuerpo, día tras día, se fuera convirtiendo también en uno.
Pero en esa ciudad apareció un miedo todavía más grande: los cárteles.
A mi esposo empezaron a llevarle carros cada semana hombres vinculados con grupos criminales. Le pagaban muy bien, pero lo amenazaban. Le decían que si los carros fallaban en los caminos por donde ellos se movían, iban a regresar por él.

—Es para las brechas. Si algo le pasa, venimos por ti a la hora que sea para que aprendas cómo arreglarlos de verdad.
Era una manera de decir que iban a matarlo. En esa ciudad aparecían a cada rato cuerpos colgados de los puentes.
La violencia, como en el resto del país, empezó a sentirse normal. Pero gracias a Dios un día entendimos que el dinero no servía de nada si uno vivía esperando que algún coche fallara.
Entonces decidimos regresar al sur con mis p
adres.
No sabíamos que lo peor estaba por comenzar.
PARTE 2:
DOMINGO 5/16/26



