Taco Bell no es el verdadero tema: lo que la ciclosporiasis revela sobre la salud pública
- hace 12 horas
- 6 min de lectura
Por: Michael Hitchcock: cofundador de Roots and Mustard Seeds.Miembro del equipo estatal COWOP en Massachusetts. Su labor se centra en fortalecer las cooperativas de trabajadores y de vivienda e impulsar políticas públicas mediante asistencia técnica y acceso directo a financiamiento.

Esta historia sobre la ciclosporiasis parece muy sencilla cuando uno la escucha por primera vez, pero cuando empiezas a quitar capa tras capa como si fueran las de un episodio de diarrea explosiva descubres que hay mucho más detrás de lo que parece.
En el nivel más superficial, Taco Bell fue señalado inmediatamente como el culpable. Existe una larguísima historia de personas e instituciones que son responsabilizadas precisamente por haber sido las primeras en detectar o intentar resolver un problema. La gripe española, por ejemplo, fue identificada y tratada por primera vez en España; eso no significa que España la hubiera causado. Por eso vale la pena preguntarse por qué resulta tan conveniente culpar a Taco Bell en este caso y quiénes están impulsando esa narrativa.
Taco Bell detectó reportes creíbles de enfermedades transmitidas por alimentos y, de manera preventiva, retiró el producto que probablemente era el vehículo del contagio: la lechuga. Además, cambió de proveedor. En un gobierno que funcionara correctamente, este tipo de situación sería manejada por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). También es el tipo de intervención que normalmente realizaría un departamento local de salud. (El USDA tiene jurisdicción sobre carnes frescas, frutas y verduras, mientras que la FDA supervisa los alimentos procesados y empaquetados. Es una división peculiar, pero explica por qué ambas agencias deberían participar, especialmente porque Taylor Farms también abastece a supermercados).
Precisamente porque Taco Bell actuó como se esperaría de un gobierno federal competente, resulta tentador salir en su defensa e incluso convertirlo en un meme que haga más por la salud pública que el mismísimo Secretario de Salud y Servicios Humanos Robert F. Kennedy Jr..
Ahí es donde suele terminar la historia simplificada: con Taco Bell convertido en héroe.
Pero conviene recordar algo: una empresa jamás se preocupará por nuestra salud más allá del punto en que esa preocupación contribuya a aumentar el valor de sus acciones. Vivimos en una época dominada por la financiarización de la economía, donde obtener ganancias vendiendo productos ya no basta. Las utilidades son solo uno de muchos factores que determinan el valor bursátil de una empresa. Además, en el nivel más alto de nuestro sistema judicial ya se ha establecido que la responsabilidad principal del consejo de administración de una corporación es maximizar el precio de sus acciones. Así que, aunque pueda ser divertido usar a Taco Bell como ejemplo para irritar a algunos conservadores, no voy a elogiar realmente a la empresa. Si hubiera resultado más rentable que muriera un porcentaje de la población, eso es exactamente lo que Taco Bell habría hecho.
Muchos conservadores critican constantemente la colectivización agrícola de la antigua Unión Soviética y la presentan como un desastre histórico. Sin embargo, en la actualidad, compañías como ConAgra y otras gigantes del sector han concentrado la producción agrícola a una escala que ni los planificadores soviéticos más ambiciosos imaginaron. Y ese proceso sigue avanzando.
La concentración de tierras agrícolas tiene ventajas y desventajas, dependiendo del contexto. Pero existe un problema indiscutible cuando se crean enormes monocultivos que se extienden durante kilómetros. No solo deterioran gravemente el suelo donde se cultivan, sino que además vuelven extremadamente vulnerable toda la cadena de suministro. Dependiendo de cuál agencia gubernamental debilitada se consulte, este brote de diarrea explosiva ha afectado a cinco estados, a treinta y dos estados, o incluso podría tratarse de un falso positivo. Pero cualquiera que sea la versión correcta, si una sola empresa como Taylor Farms cultiva miles de hectáreas de un mismo producto y abastece a cadenas nacionales, cualquier problema que ocurra en sus campos se convierte automáticamente en un problema nacional.
Y si quitamos una capa más de esta historia, veremos que presentar a Taco Bell como ejemplo de responsabilidad en realidad fortalece uno de los procesos más preocupantes de nuestro tiempo: la privatización progresiva de todos los bienes públicos, desde la salud hasta la alimentación, la educación y la vivienda. En otras palabras, la privatización de prácticamente todo aquello que resulta indispensable para vivir.
Uno de los argumentos conservadores más antiguos contra la asistencia social financiada por el gobierno sostiene que esas ayudas deberían depender únicamente de la voluntad individual y no de contribuciones "obligatorias" mediante impuestos. A nivel individual ese razonamiento puede parecer convincente. Pero cuando se observa el panorama nacional o global ocurre exactamente lo contrario: las empresas y las personas más ricas dependen profundamente de los beneficios que producen esos programas públicos. Necesitan trabajadores y, para que esos trabajadores puedan producir, deben estar razonablemente sanos, alimentados y educados.
Con frecuencia se presenta el gasto social como un acto de caridad hacia quienes tienen menos recursos. En realidad, si la sociedad existe para servir a las personas, entonces criar hijos, cuidar de quienes ya no pueden trabajar y transmitir la cultura son condiciones indispensables para que exista cualquier forma de vida humana organizada. Sin esas funciones no existiría tampoco ningún mercado. Por eso, independientemente de los argumentos económicos que pretendan que el mercado determine todas nuestras decisiones, existe una razón más profunda para sostener que son las necesidades humanas las que deben establecer los límites del mercado.
Cuando los sectores más ricos intentan reducir el gasto social, una de sus estrategias favoritas consiste en debilitar las instituciones públicas que prestan esos servicios, ya sea interfiriendo directamente en su funcionamiento o limitando sus recursos. Un ejemplo claro ocurrió con el sistema ferroviario británico. Durante décadas funcionó como un servicio público pensado para conectar a la población, con estaciones ubicadas donde resultaban útiles para la ciudadanía y no únicamente donde generaban mayores ganancias. Tras su privatización, los precios aumentaron, la confiabilidad disminuyó y numerosas estaciones pequeñas fueron cerradas. Ese mismo modelo es el que algunos intentan aplicar al Servicio Nacional de Salud británico.
En Estados Unidos puede verse un proceso similar con el Servicio Postal. Primero, empresas como UPS y luego FedEx se quedaron con las rutas más rentables dentro de las ciudades. Después impulsaron, junto con otros grupos favorables a la privatización, una legislación que obligó al Servicio Postal a mantener suficiente efectivo para cubrir durante décadas todas sus obligaciones futuras por pensiones, una exigencia extraordinariamente costosa que ni siquiera se aplica a bancos o aseguradoras. Esa carga financiera obligó al Servicio Postal a reducir servicios. Y cada vez que un servicio público se debilita, las empresas privadas encuentran espacio para ocupar ese mercado. Una vez que consiguen una posición dominante, los precios terminan aumentando.
En todos estos casos, la estrategia consiste en presentar los servicios públicos como ineficientes para justificar que el sector privado los sustituya, aunque luego ofrezca menos servicios y cobre más por ellos. Esa es la lógica del mercado. Basta comparar los costos de un sistema público de salud con los del seguro médico privado para comprender el problema.
Todo esto también ayuda a entender por qué las explotaciones agrícolas se concentran cada vez más. El argumento económico es que, al ampliar una operación, el costo por persona disminuye porque la infraestructura principal ya está construida y expandirla resulta relativamente barato. Esa es, en esencia, la llamada economía de escala.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Taco Bell?
El debilitamiento del Departamento de Salud y Servicios Humanos, del USDA y de la FDA ha sido posible, en parte, gracias a la idea —muy difundida entre sectores conservadores— de que las empresas privadas actuarán correctamente por su propio interés. Pero vale la pena recordar lo dicho anteriormente: si les resultara más rentable perjudicarnos, eso sería exactamente lo que harían.
Nunca hay que olvidar la explicación que aparece en Fight Club, cuando el personaje interpretado por Edward Norton describe la lógica matemática detrás de los retiros de productos del mercado: si el costo de retirar un producto no supera al costo esperado de las demandas por las muertes que pudiera causar, entonces el retiro simplemente no se realiza. Esa es la consecuencia de dejar que el mercado decida qué es importante, en lugar de que lo decidan colectivamente las personas.
Así que, al final, cuando se eliminan todas las capas de esta historia de diarrea explosiva, aparece una conclusión distinta: presentar a Taco Bell como el gran héroe de la "Crisis de la Ciclosporiasis 2026" también implica reforzar la idea de que los servicios públicos pueden ser sustituidos por empresas privadas. Y ese es, precisamente, uno de los mayores objetivos de quienes promueven la privatización de prácticamente todas las funciones del Estado.
Y eso, definitivamente, no nos ayudaría a "Live Más". No, no nos ayudaría en absoluto a "Live Más".



