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“Por si tenemos que correr”:parte 2

  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura



....Cuando regresamos al sur pensé que, tal vez, la vida en Cuetzalan nos estaba dando otra oportunidad.


Mi esposo abrió un taller mecánico y empezó a ganar clientes rápido. La gente lo buscaba porque trabajaba bien es decir no inventaba fallas y reparaba únicamente lo que había que reparar; el dinero alcanzaba y, después de todo lo que habíamos vivido en el norte, por primera vez sentíamos algo parecido a la estabilidad. Mis padres dejaron atrás nuestras diferencias y, en medio de esa tranquilidad, nació mi hija después de varios intentos fallidos de embarazo. Fue un embarazo difícil. Nació antes de tiempo, pero sobrevivió. Y eso, para mí, ya era suficiente.


Durante un tiempo creímos que podíamos quedarnos ahí para siempre. Pero con la niña los gastos comenzaron a acumularse y el dinero volvió a faltar. Mi esposo decidió irse a Estados Unidos.


Decía que quería construir una casa, ahorrar, darle un futuro distinto a nuestra hija. Mis padres no querían que se fuera. Para ellos era como volver a abrir la herida de la muerte de mi hermano: otra despedida, otro miedo, otra vez esa sensación de esperar una llamada que puede cambiarte la vida.


Pero cruzó el desierto y llegó después de dos meses.


Cuando supimos que estaba bien sentimos alivio. Una tranquilidad aparente que hizo que, para tristeza de mis padres, mi hermano menor también decidiera probar suerte. Lo hizo en el mejor momento posible porque, poco tiempo después, todo empezó a cambiar en nuestra comunidad.


Al principio llegaron rumores desde otros pueblos. Después llegaron regalos.


Hombres desconocidos comenzaron a mandar juguetes para los niños, teléfonos inteligentes, tabletas, despensas para llenar las alacenas, costales de azúcar y jabón para cada casa del cerro. La gente decía que eran personas buenas y tomaban los costales, que ayudaban a los pueblos. Nadie entendía por qué regalaban tantas cosas.


Después descubrimos que no eran regalos. Eran pagos.


Pagos por trabajos que nadie había aceptado realmente, pero que terminaban amarrándonos a todos sin darnos cuenta.



Poco a poco comenzaron las reuniones, las amenazas y las exigencias. Decían que había que cooperar, apoyar, ir a marchas cuando ellos lo ordenaran, bloquear caminos o distraer a las autoridades mientras pasaban droga por la región. En algunas comunidades, quienes se negaban tenían que pagar dinero. Otros simplemente desaparecían y nunca más volvían a verse.


La violencia empezó a acercarse despacio, como una bestia que rodea a su presa antes de lanzarse sobre ella. Nos tenían bajo sus garras.


En pueblos cercanos comenzaron los enfrentamientos armados. Era pueblo contra pueblo, los amigos y conocidos ahora se enfrentaban a tiros por culpa del narcotráfico. Reclutaban muchachos para el combate y a veces también niños para vigilar desde los cerros el paso de las autoridades.


La gente hablaba de niños aprendiendo a usar rifles antes de terminar la primaria y entonces el miedo dejó de ser un rumor para convertirse en rutina.


Había días en que anunciaban por altavoz que todos debíamos escondernos porque venían hombres armados. Cuetzalan se había convertido en territorio disputado por dos cárteles y los padres corrían a sacar a sus hijos de las escuelas para esconderse durante días entre los cafetales. Nadie quería caminar por las calles después del anochecer.


Luego impusieron reglas.


Decían que nadie podía salir después de las cinco de la tarde porque, si algo pasaba, ellos no se hacían responsables. Cuetzalan dejó de ser el pueblo que yo conocía. Las balas se convirtieron en el único himno que sonaba por las noches.


Un día fui con mi cuñada al mercado de un pueblo cercano dentro de nuestro terriotio. De pronto toda la gente empezó a correr como si hubieran soltado un animal salvaje. Gritaban que había hombres armados reclutando jóvenes y subiéndose muchachos por la fuerza a las camionetas.


Manejé de regreso como pude. Cuando llegué a la casa, mi hija estaba con mi mamá. Entonces ella me enseñó una mochila. Había sacado sus libros de la escuela y había guardado ropa, documentos importantes y un suéter mío.


Por si tenemos que correr —me dijo.



Después se puso a llorar porque pensaba que nos íbamos a morir. Esa noche, mientras intentaba consolarla sin poder prometerle nada, entendí que ya no podía seguir ahí en Guerrero. Yo había crecido pobre, sí, pero tuve una infancia tranquila jugando a la teja. Mi hija no. Ella aprendió demasiado pronto lo que significa vivir con miedo.


Le hablé a mi esposo y le dije que ya no quería esperar más. Él consiguió doce mil dólares para traernos a los Berkshires. El viaje empezó en avión y terminó en el desierto. Recuerdo terminales de autobuses, llamadas, claves, instrucciones, hombres armados y lugares cuyos nombres nunca supe. En una ciudad del norte nos dijeron que no podían llevarnos al destino porque era demasiado peligroso. El guía explicaba que, si entrábamos en otro territorio, podían secuestrarnos.


Yo solo abrazaba a mi hija y seguía avanzando.


Después nos llevaron a una casa de seguridad. Más tarde llegó una camioneta llena de personas. Éramos hombres, mujeres y niños viajando juntos hacia el desierto, cada quien persiguiendo una esperanza distinta del otro lado de la frontera.


Manejamos durante horas entre caminos de tierra y oscuridad. Los faros apenas iluminaban los saguaros y las matas secas. Luego empezamos a caminar. Recuerdo el frío.


Recuerdo pedirles a tres mujeres que durmiéramos juntas con mi hija en medio para protegerla.



Dormimos sobre una lona en medio del desierto mientras hombres armados vigilaban alrededor. Yo no pude cerrar los ojos. En algún momento aparecieron coyotes. Coyotes de verdad, animales. Uno de ellos era apenas un cachorro y se acercó sin miedo. El guía nos dijo que tuviéramos cuidado porque cazaban en manada.


Y yo pensé que el desierto también tenía hambre. Que esa noche podía tragarnos a todos. Al amanecer seguimos caminando hasta llegar al muro. Lo cruzamos por una abertura. Del otro lado parecía que ya nos estaban esperando. Unos trabajadores que reparaban la carretera nos dijeron que nos quedáramos ahí, que migración llegaría pronto.


Cuando me entrevistaron apenas me preguntaron de dónde venía.


—Guerrero —respondí.


El oficial solo levantó la mirada y dijo:


Está muy peligroso allá.


Nada más. Después nos dejaron salir.


Cuando finalmente vi a mi esposo en el aeropuerto de Albany sentí otra vez algo parecido a la felicidad.


Los primeros meses aquí tampoco fueron fáciles. Hubo accidentes automovilísticos, enfermedades, derrame cerebral de mi esposo y problemas económicos y momentos en que sentía que todo volvía a derrumbarse nuevamente.


Pero seguimos y poco a poco compramos una pequeña casa. Mi hija empezó a aprender inglés. Y yo también decidí volver a estudiar.



Hace poco me inscribí a clases en Berkshire Community College. Para muchos quizá eso no signifique demasiado. Pero para mí sí pues es hacer más que mis padres. Porque ahora veo a mi hija caminar tranquila hacia la escuela y pienso que, tal vez, todo ese dolor no fue en vano.


Antes, su mochila estaba lista por si teníamos que huir. Hoy en los Berkshires lleva cuadernos, tareas, palabras nuevas en inglés y la alegría de ir a la escuela. Ya no carga miedo, ahora carga futuro.

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