MIGUEL SILVA O EL IDIOMA DE LAS OPORTUNIDADES

“Yo siempre digo que el inglés es el menos importante de lo más importante”, afirma Miguel Silva desde las nuevas oficinas de Literacy Network en Pittsfield y continúa: "Antes están la vivienda, la comida, la salud, el trabajo". Entonces llega el idioma, porque puede facilitar o complicar el acceso a todo lo demás, lo sabe desde niño: llegó a Estados Unidos sin hablarlo, pero vio a su madre sostener dos empleos sin dominarlo y ahora trabaja con adultos para quienes aprenderlo es una necesidad.
Creció en Boitá, un barrio popular al sur de Bogotá, jugando fútbol en la calle y compartiendo una casa de tres habitaciones con hasta doce familiares más. La falta de dinero no es lo primero que menciona. “Uno siempre se sentía acompañado y querido y cuidado”, dice sobre aquellos tiempos y aquella casa en la que siempre había lugar para quien necesitara quedarse.
En 1990, a los diez años, llegó con su madre a Great Barrington. Recuerda que una fuerte tormenta de nieve los sorprendió a él y a su madre sin ropa adecuada para enfrentar el frío. Entonces apenas había unas cuatro familias colombianas en la zona. Aprendió inglés rápidamente con ayuda de una profesora. “Yo verdaderamente no me acuerdo de estar aquí en este país sin hablar inglés”, asegura. Para su madre fue diferente. “Yo creo que más difícil fue como para mi mamá de estar aquí sin hablar inglés, sin tener amigos, sin familia”. Era una época sin redes sociales, cuando la comunicación con sus seres queridos en Colombia dependía del crédito de las tarjetas telefónicas y no de la inmediatez de un grupo de Whatsapp.
A los catorce años empezó a lavar platos en Egremont, donde trabajaba su madre. Después fue mesero, empleado de fábrica y bartender; tras todos estos años, todavía atiende la barra en el mismo establecimiento donde comenzó. Cursó aproximadamente un año en Berkshire Community College, pero las limitaciones económicas le impidieron continuar sus estudios. Tampoco podía acceder a la ayuda financiera que necesitaba y le preocupaba que su madre terminara asumiendo “una deuda bien fea” para pagar el resto de su educación.
En ese ir y venir entre distintos trabajos, la docencia apareció sin previo aviso. Miguel recibió una oportunidad para impartir clases de español en una escuela privada de Pittsfield que recuerda como St. Joseph's. No tenía formación universitaria en educación, pero decidió aceptar el desafío. “Era como un reto para mí, que yo puedo hacer esto”, recuerda. Aquella experiencia lo obligó, según sus propias palabras, a “aprender español otra vez” para poder explicarlo.
Tiempo después, su hermano le habló de una vacante en Berkshire Country Day School, donde trabajó cinco años. Allí profundizó en técnicas pedagógicas que utilizaban cuentos, movimiento y juegos, importantísimos hasta la fecha. En uno de sus ejercicios, cada alumno debía construir una frase en pasado y repetir las de sus compañeros.

Lo que más lo entusiasmaba era ese instante “cuando tú ves que un chico aprendió algo que le enseñaste” con esas herramientas.
Corría el año 2021 cuando Miguel llegó a Literacy Network, conocida como LitNet. Encontró una organización con tres décadas de historia que había ampliado su misión original de alfabetización de adultos para responder y ajustase a los tiempos ante la creciente demanda de clases de inglés entre la comunidad inmigrante. Pero encontró, sobre todo, una institución atravesada por la incertidumbre de la pandemia.
Las actividades presenciales en las bibliotecas se habían interrumpido para evitar los contagios, era necesario restablecer el contacto con estudiantes y voluntarios y los procedimientos internos requerían reorganización. Miguel recuerda aquellos meses como una etapa en la que nadie tenía del todo claro cómo continuar. El equipo compartía una pequeña oficina en Lee y buena parte del trabajo se desarrollaba virtualmente.
El desafío no era empezar desde cero, sino recuperar lo construido durante treinta años y preparar a LitNet para una nueva etapa. “Renovar la organización, darle una nueva energía, como un nuevo sentido”, recuerda Miguel sobre aquel periodo.

Leigh Doherty, directora de Literacy Network, había llegado entre seis meses y un año antes que él. Junto con el resto del equipo, emprendieron una reorganización que iba más allá de reanudar las actividades. “Empezamos el proceso [...] de crear sistemas nuevos”, explica Miguel, con el propósito de establecer procedimientos que permitieran conservar la información, coordinar programas y transferir responsabilidades entre los trabajadores sin comprometer la continuidad de los servicios.
Cinco años después, reconoce con satisfacción aquel esfuerzo colectivo. “Yo creo que en estos cuatro años, cinco años que hemos trabajado aquí, con mis otros colegas también, lo que hemos hecho es que hemos construido la organización [...] Es muy diferente que cuando yo entré aquí”.
Lo dice ya sin tener a un grupo de alumnos sentados frente a él, sino a las personas que van a acompañarlos en su aprendizaje. La mayoría de los tutores de LitNet son voluntarios sin formación docente. “Son personas que quieren ayudar”, explica. Su responsabilidad consiste en proporcionarles las herramientas necesarias para convertir esa disposición en resultados concretos. Trabaja con especialistas en idiomas que aportan su experiencia pedagógica, mientras él coordina las propuestas y su implementación.
Después de haber impartido clases de español durante años y de trabajar ahora con quienes ayudan a otros a aprender inglés, Miguel conoce las dificultades y vericuetos de ambos idiomas.
“Yo creo que español es más fácil aprender [...] porque las vocales no cambian”, explica sin titubeos y añade: "el inglés, en cambio una misma vocal puede tener distintos sonidos". Pero para Miguel la diferencia más profunda no está en la gramática, sino en las razones que llevan a una persona a estudiar. Mientras muchos angloparlantes aprenden español por interés personal, como una oportunidad profesional o incluso como “un lujo”, para los inmigrantes que llegan a Estados Unidos las circunstancias suelen ser completamente distintas .
"Uno se puede quedar en este país y vivir sin hablar inglés”, reconoce, pero advierte que esa barrera puede impedir avanzar a quienes aspiran a algo más.
“Hay mucha gente que quiere progresar y sin el inglés no se puede progresar en ese sentido. Lo que más me gusta aquí de LitNet es que tenemos la oportunidad de ser muy creativos”, dice. Si un tutor llega con la idea de organizar un club de lectura, Miguel no piensa inmediatamente en las dificultades.
“Yo digo: sí, claro”.

Esa disposición ha permitido desarrollar dos clubes de lectura y clases complementarias para atender necesidades específicas. Idioms and Slang, por ejemplo, aborda expresiones coloquiales que desconciertan incluso a quienes conocen las reglas gramaticales. Language of Business trabaja el vocabulario de los entornos profesionales para estudiantes avanzados.
También preparan sesiones de conversación y un curso de ocho semanas centrado en el inglés cotidiano: las frases que la gente utiliza en la calle, en el trabajo o entre conocidos, pero que rara vez aparecen de la misma manera en los libros de texto. Son programas que Miguel coordina en colaboración con los propios tutores.
Sin embargo, la demanda actual supera la disponibilidad inmediata de voluntarios. Al momento de la entrevista había aproximadamente 37 personas en lista de espera para recibir tutoría individual; conseguir un tutor podía tomar entre uno y tres meses.
Pero inscribirse y permanecer en la lista de espera no significa quedarse inmóvil. Después de completar un formulario y una evaluación de nivel, los interesados pueden incorporarse a clubes de lectura y actividades complementarias mientras esperan. “Las personas que están en la lista de espera pueden asistir a las clases suplementales”, subraya Miguel. La espera no tiene por qué convertirse en tiempo perdido.
Lo que más ilusión le produce, sin embargo, no es únicamente abrir nuevos cursos, sino que los alumnos sean parte de esa contrucción y quieran construirlojunto con ellos. William Ospina, uno de los estudiantes, propuso preparar a compañeros de nivel avanzado para que pudieran convertirse en tutores de principiantes. La iniciativa aceptada con alegría por Miguel permitiría reducir la espera y ofrecer a los participantes una manera de devolver a la comunidad parte de lo aprendido.
“Queremos que nuestros estudiantes nos traigan ideas [...] que utilicen este lugar como su lugar”, dice Miguel. Para él, esa iniciativa representa uno de los cambios que más han buscado: que quienes llegan a LitNet encuentren no solamente apoyo académico, sino también un espacio en el que puedan participar y aportar sus conocimientos.
Al final la historia de Miguel es la de un hombre que no pudo completar una carrera universitaria por limitaciones económicas, falta de oportunidades y que, años después, encontró en un salón de clases una vocación inesperada de brindarselas a los demás.

Hoy recuerda a un joven colombiano de preparatoria que necesitaba apoyo para obtener una beca universitaria. LitNet le asignó dos tutores, el joven consiguió la beca y ahora estudia en la universidad. El aprendizaje del idioma dejó de ser solamente una meta académica: se convirtió en una oportunidad para seguir adelante.
Durante la pandemia, todo el equipo de LitNet compartía una pequeña oficina. Cinco años después, la organización cuenta con espacios en Lee y Pittsfield, una expansión que Miguel atribuye en buena medida a la determinación de Leigh Doherty, directora ejecutiva de la organización.
“Eso es lo que a mí me emociona mucho y me sigue dando esa felicidad de venir a trabajar, porque yo siempre veo crecimiento. Y le tengo que dar mucho crédito a Leigh, porque ella es una de esas líderes para quienes todo es posible. Yo he aprendido mucho de ella en ese sentido, no solo de cómo hacer las cosas profesionalmente, sino de que ella tiene esa mentalidad de que todo se puede hacer, todo se puede hacer”, afirma.
Recuerda que, cuando comenzaron a hablar de instalarse en Pittsfield, la directora respondió: “OK, lo vamos a hacer”. Aproximadamente tres meses después, ya estaban allí.
Por ahora, la prioridad es fortalecer los programas y conseguir que más estudiantes participen en las decisiones sobre su propio aprendizaje. Miguel no sabe cómo será LitNet dentro de una década. “¿Quién sabe qué puede pasar en diez años?”, se pregunta. Quizá su propia historia le ha enseñado que los caminos más importantes no siempre son los que uno había imaginado.




