María Elisa: reinventarse a sí misma y reinventar una comunidad
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María Elisa concentra toda su atención en cada palabra pronunciada por padres de familia y miembros del Comité Escolar de Pittsfield. Lleva audífonos, un micrófono en la diadema y escucha con cuidado. Apenas una frase termina en inglés, ella la transforma en simultáneo al español. Del otro lado, en los audífonos de familias que no dominan el idioma, su voz viaja en simultáneo. El escenario: una audiencia pública sobre el cierre de la escuela Morningside. Lo que ocurre parece interpretación. Pero para María Elisa es algo más grande: justicia lingüística.

Años antes de estar sentada frente a un micrófono amplificando voces ajenas, María Elisa era una niña que vivía frente al mar en la costa ecuatoriana de Salinas. Ahí, mientras sus padres atendían un modesto restaurante de mariscos, ella cruzaba la calle junto a sus hermanas, primos y amigos para pasar los días jugando en la playa. La infancia transcurría entre arena, el olor a sal y la familia.

“Años después supe que habíamos pasado pobrezas, pero nunca las sentí porque vivía frente al mar.”
El mar era más vasto para ella que cualquier problema, pero cuando tenía alrededor de once años, todo cambió. Su familia dejó la costa y regresó a Cuenca, la ciudad donde había nacido. El cambio fue abrupto. Pasó del mar a la altura de la sierra y sintió que el cuerpo no lograba adaptarse a la menor cantidad de oxígeno. Sin embargo, lo más difícil no fue el clima.
Llegó a una escuela tradicional de monjas, de clase económica alta, tras sus padres sacar dinero de las piedras y, por primera vez, apareció una sensación que años después volvería a encontrar en otros espacios: sentirse fuera de lugar.
“Recuerdo que la gente se burlaba de mi acento porque tenía acento de costeña”, cuenta. “Pronunciaba mi nombre de una manera diferente. Hablaba de una manera diferente. Jugaba de una manera diferente.”
“Me sentía totalmente fuera de lugar.”
Sin saberlo, aquella sensación terminaría conectando muchos años después con su trabajo en los Berkshires; y eso fue gracias a sus padres, que nunca la dejaron creer que solo existía una sola María Elisa. Le repetían una idea constantemente como un mantra: “Puedes reinventarte, siempre puedes hacerlo.” Sin saberlo, esa sensación de no pertenecer terminaría marcando también la forma en que años después entendería el lenguaje y los espacios que construiría para otros.

Y María Elisa lo hizo una y otra vez: primero se reinventó estudiando inglés porque sus notas eran malas, aunque al principio renegaba de las clases. Años después, su propia madre le recordó cuánto protestaba por aquellas tardes que sentía perdidas.
“¿Te acuerdas cuánto renegabas?”, le dijo.
Luego se reinventó buscando caminos profesionales después de estudiar para química bióloga. Lo del colegio había sido un error, lo admite y confiesa: “El 70% de mis compañeras son médicos”. Pero sus padres volvían a la pregunta: ¿Qué es lo que a ti te gusta? Como respuesta, terminó trabajando en turismo receptivo y descubriendo algo que la fascinaba: escuchar historias de las personas que llegaban a visitar Ecuador, conocer personas y aprender diferentes formas de hablar.
“Me encantaba escuchar los diferentes acentos.”
A los veinte años llegó a Estados Unidos esperando a su primera hija, convencida por su exesposo. Iban a tenerla y regresar: era el 31 de octubre de 2001. Aterrizó y se fue a vivir en Mount Kisco, Nueva York, en el condado de Westchester. No regresaron.
“No pude”, dice, y la frase parece cargar más imágenes de las que alcanza a explicar.Su entonces pareja tenía conexiones allá, pero también familiares en los Berkshires. Un día llegaron a una reunión familiar y algo se sintió distinto.
“Nos invitaron para alguna reunión o algo. Vinimos y vimos que estaba más tranquila la cosa por acá comparado con lo que había visto.”
Poco después se establecieron en Lee. Ahí comenzaron una nueva vida. Y también, recuerda, llegaron muchas de las peleas que marcarían esa etapa.
Mientras intentaba construir un hogar y entender un país nuevo, María Elisa empezó a trabajar. Pasó por distintos empleos hasta llegar al Price Chopper. Después nació su hija Ana Belén y, tras convertirse en madre, volvió nuevamente al supermercado. Ahí la llamaban constantemente al front desk. Había personas haciendo envíos por Western Union y necesitaban alguien que hablara español.

Sin saberlo, otra puerta estaba por abrirse.
“Mientras estaba esperando cambiarme o conseguir algo, vino un señor a mi caja.”
Era Roberto Lawrence, quien durante años fue gerente de Highland Farm. Tiempo después se convertiría en su jefe y en una persona que marcaría su vida laboral.
“Él me dio trabajo en la farm. Y de ese hombre yo aprendí muchísimo.” El trabajo era completamente distinto a todo lo que había hecho antes. “El papá de mi hija me dijo: ‘Tú eres la única persona que conozco en el mundo que, en vez de avanzar, retrocede. ¿De cajera vas a ir a ordeñar vacas? Estás loca.’”
Pero María Elisa veía otra cosa. Veía un subsidio de vivienda, más espacio para su hija y una oportunidad.

Entró haciendo trabajo relacionado con el ordeño y servicio al cliente. Durante los descansos limpiaba oficinas y escuchaba atentamente lo que hacían las secretarias. Antes de eso, mientras limpiaba escritorios, vaciaba papeleras o pasaba de oficina en oficina, prestaba atención a todo: quién hablaba, cómo resolvían problemas y cómo funcionaba el lugar.
“Yo iba a limpiar las oficinas y escuchaba.”
Y escuchando fue aprendiendo. Y aprendiendo fue encontrando un lugar que todavía no sabía que estaba construyendo para ella misma.
Hasta que un día le pidieron cubrir teléfonos temporalmente. Y se quedó. “¿Y tú cómo sabes hacer eso?”, recuerda que le preguntó su jefe. “Pues jefe... yo estoy escuchando.”
Después vinieron trabajos, reencuentros y nuevas separaciones. La primera duró un año. La segunda, año y medio. La tercera, cinco años.
Y cada ruptura parecía traer la misma tarea: volver a empezar. Regresar a Ecuador. Construir algo nuevo. Reinventarse otra vez.
Los años siguieron moviéndose entre intentos, regresos y reconstrucciones.
Hubo momentos especialmente difíciles cuando al final su expareja se regresó a Ecuador después de la última pelea. María Elisa terminó sola en el condado de Berkshire con sus hijas, sin estabilidad económica y tratando de entender un lugar que todavía sentía ajeno. Llegó buscando ayuda y terminó encontrando algo distinto: una puerta hacia el trabajo comunitario.

Empezó haciendo servicio comunitario en el Berkshire Immigrant Center. Al principio ayudaba en recepción. Después comenzó a acompañar inmigrantes, aprender procesos y escuchar historias. Poco a poco descubrió algo que siempre había estado ahí: una facilidad para conectar personas y traducir mucho más que palabras.
Con el tiempo conoció un concepto que cambiaría la manera en que entendía el lenguaje: justicia lingüística.
“El movimiento de justicia lingüística es que todas las personas puedan comunicarse y poder expresarse en el lenguaje que necesiten.” La idea se quedó con ella.
Años después, María Elisa se reinventó nuevamente, pero esta vez no solo ella sino toda la comunidad latina: nació Language Justice Solutions.
El primer trabajo, su primer cliente formal llegó poco después. “La fiscalía fue nuestro primer cliente.”
Semanas después llegó el mensaje: “We have green light” o “Tenemos luz verde”, recuerda mezclando el inglés con el español en la charla como tantas personas que llevan años aquí y cuyas huellas del tiempo se pueden rastrear en su lengua.
Hoy Language Justice Solutions ha seguido creciendo, pero María Elisa habla del proyecto menos como una empresa y más como una misión.
“Queremos ser el reflector para alguien que está en su momento.”
Ese día en Morningside, una mujer latina, tras escuchar lo que decían las madres y miembros del comité, se paró de su asiento y pidió la palabra, y se expresó ante la audiencia no en inglés, sino en español y lo más importante, es que fue escuchada.
Language Justice Solutions hizo posible eso. Le dio voz a la comunidad.

Porque para ella la interpretación no consiste únicamente en repetir palabras. Se trata de crear espacios donde las personas puedan hablar sin pensar dos veces si pertenecen o no.
Y quizá por eso entiende tan bien a quienes todavía sienten que están fuera de lugar.
Lo conoce desde aquella niña que llegó a Cuenca sintiendo que hablaba diferente. Por eso insiste en algo que hoy repite casi como invitación: “No tengan temor de pertenecer.” Hace una pausa. “Porque perteneciendo uno florece.”



