Entre dos mundos, al servicio de otros: la historia de redención de Lilia Baker Silva
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En Voluntarios en Medicina (VIM), la primera conversación importa. Antes de que alguien vea a una doctora, antes de que una trabajadora social haga su labor, antes de que el sistema se ponga en marcha, está ese umbral sencillo y enorme: la recepción. Ahí, donde el tiempo se alarga y donde confluyen preguntas, miedos, vergüenza y papeles incompletos, se encuentra la única ganadora latina del más reciente premio 40 Under Forty: Lilia Baker Silva.
Se identifica como “chicana”; lo dice desde su escritorio, con la misma sonrisa con que recibe a las personas. Esa sonrisa es una mezcla poco común, algo a medio camino entre la firmeza y la ternura. No es un gesto aprendido en un manual, sino el resultado de una biografía que la obligó, desde niña, a leer el mundo en dos idiomas, en dos culturas y en dos extremos morales.

Lilia nació en Connecticut, pero su historia empieza antes, en Ensenada, Baja California. Su madre conoció allí a un estadounidense, “el típico güero de ojos azules”; se casaron y poco después apareció la sombra de una personalidad con tendencias adictivas, misma que se alargaría hasta alcanzar a la misma Lilia.
Sus padres se movieron de un estado a otro como si la estabilidad fuera siempre provisional, como una promesa que se busca en el siguiente paso. La lista es larga: California, Texas, Hawaii, Iowa, por mencionar algunos; más de once mudanzas en diferentes estados y, finalmente, Connecticut donde Lilia nació, y donde sus padres se separarían poco después.
Al año, su madre rehízo su vida; un hombre (el Sr. Baker) la adoptó; llegaron dos hermanos menores. En casa se hablaba español con disciplina casi pedagógica. Su madre, psicóloga y maestra, además de pretender no entenderle si le hablaba en inglés, la enseñó a leer y escribir con libros traídos de México. Una infancia que pudo haber sido fractura y que, sin embargo, Lilia recuerda como luminosa. “De lo que yo me acuerdo, puras cosas buenas”, dice, y esa frase revela ya una de sus herramientas psicológicas más potentes: el optimismo.

Lo dice porque en su caso el idioma no fue solo herencia cultural: fue identidad. Desde pequeña, Lilia entendió que el lenguaje no es únicamente comunicación, sino pertenencia: “Yo quería siempre que iba a México hablar como mis primos, hablar de qué onda, wey, qué pedo”.
Pero pertenecer a dos territorios no siempre es una ventaja. Lilia aprendió temprano lo que significa habitar el “entre”. Cita una frase de la película de Selena para explicarlo mejor: “Como chicano tienes que ser dos veces más americano que los americanos, dos veces más mexicano que los mexicanos”. En Estados Unidos podía pasar desapercibida como latina por su color de piel, con el precio de cercenar su identidad; en México era vista como demasiado americana.
Escuchó comentarios en ambos lados. De niña, cuando a su madre le dijeron “alien” en una oficina, Lilia no entendió la categoría legal a la que se refería la persona, sino que imaginó un monstruo verde habitando el cuerpo de su madre. La defendió porque sabía que su madre, como ella, era un ser humano. Esa escena pintoresca, más que anecdótica, revela algo esencial: su sensibilidad frente a la deshumanización.

Para ella, las palabras importan porque pueden desfigurar a una persona. Esa conciencia se profundizó al crecer viendo desigualdades extremas. Mansiones en Connecticut a las que acudía por invitaciones del trabajo de su padre, y cuando iba a México le tocaba jugar sobre pisos de tierra. La disparidad no fue teoría sociológica, fue experiencia sensorial. Esa exposición temprana a la desigualdad sembró una pregunta que hoy guía su trabajo en Voluntarios en Medicina: ¿qué determina que alguien tenga acceso a seguro médico y a la salud, y otro no? ¿Capacidad? ¿Suerte? ¿Contexto? ¿El sistema?
En VIM, su puesto es Front Desk Coordinator. Ella lo resume como recepcionista, aunque va más allá. A primera vista, es la persona que recibe, que entrega formularios, que organiza citas. Observa si la persona que está frente a ella es elegible para los servicios que ofrecen. A nivel psicológico, es algo más complejo: es traductora de ansiedad. Quien llega a VIM suele hacerlo con más preguntas que certezas. Lilia reconoce esas emociones porque las ha vivido. Cuando alguien no entiende qué es orientación sexual o identidad de género en un formulario, ella no juzga; explica. Cuando alguien confunde VIM con un seguro médico, repite la información las veces que sea necesario. No es paciencia pasiva: es paciencia empática.

Esa paciencia se construyó de los dos lados del muro. Al terminar los estudios medios, el “high school”, tomó una decisión un tanto impulsiva y lúcida a la vez: irse de Estados Unidos en una búsqueda de autenticidad, pero también un intento de escapar de la situación política que veía venir en el país y, hay que decirlo, de una identidad que buscaba libertad lejos de su madre. “Yo no tenía idea de lo que hacía, no estaba manejando, Dios estaba manejando, yo no tenía plan”.
En México trabajó en una clínica dental. La experiencia terminó abruptamente cuando el dentista que la había contratado llegó ebrio un día a la oficina y trató de cruzar límites. Ella se negó y corrió por la puerta a la primera oportunidad. Esa salida por la “puerta de enfrente” no se organizó en líneas rectas. Hubo relaciones complicadas, un embarazo y, en medio del embarazo, consumo y abuso de sustancias, recaídas emocionales. Lilia habla de su paso por un anexo en Ensenada y de su proceso de recuperación con una honestidad que no busca dramatizar ni minimizar. “Yo no podía sola, puse mi vida en las manos de Dios”, resume.
Lo dice con la misma convicción con que puede mirar atrás y decir ahora: “llevo 6 años limpia”. En la lógica de los 12 pasos, la humildad no es humillación, es reconocimiento de realidad.

Para alguien acostumbrada a ser exigente consigo misma, a querer hacerlo todo bien, aceptar límites implicó desmontar una parte de su autopercepción. El regreso a los Berkshires en 2020, en plena pandemia, con dos hijas y una vida por reconstruir, fue una segunda oportunidad y también un examen interno.
Sus padres la recibieron con los brazos abiertos, sin decirle que acababan de comprar una casa con la esperanza de que Lilia les pidiera mudarse con ellos. Sabían, al igual que ella, que volver con su expareja solo significaba regresar al mismo ciclo vicioso. Lo que para otros podría haber sido vergüenza, para ella fue un ejercicio radical de confianza. En términos psicológicos, el apoyo familiar funcionó como base segura: un lugar desde donde reorganizar la identidad sin el peso constante del juicio, un lugar desde donde empezar de cero. “Los Berkshires son mi pequeño oasis”.
“Al llegar, mi pensamiento fue: tengo que hacer algo para demostrar que he cambiado, que tengo metas”. Pronto apareció el primer reto: la pandemia tenía al BCC con las aulas cerradas. Lilia no se dejó defraudar y encontró un programa en línea en Healthcare Information Management.
No lo hizo desde una fantasía vocacional romántica, sino desde una lectura pragmática: la salud era un sector que seguía activo. Pero detrás de esa decisión también había otra motivación menos visible: entender el sistema que tantas veces había sentido ajeno.
Este jueves 26 de febrero Lilia cumplirá tres años dentro de VIM. Le sugirieron aplicar para el puesto al saber que era bilingüe; el resto es historia. Con su talento marca cada día la diferencia e incluso va más allá. Ella misma reconoce que siente una conexión especial cuando alguien menciona violencia doméstica o problemas con sustancias. No porque idealice el dolor, sino porque entiende el punto de quiebre. Ha visto a mujeres entrar y salir de anexos. Ha visto recaídas. Ha visto determinación. Sabe que la diferencia no es moral, sino de momento: cuando percibe ese instante, se activa en ella una urgencia casi espiritual de acompañar y ayudar.

Hay una escena que la marcó profundamente: una mujer que llegó en mal estado tras cruzar la frontera, con complicaciones médicas graves. Lilia hizo el registro de la paciente con rapidez, alertó al equipo, activó la red. Más tarde le dijeron que, de no haber intervenido así, la mujer habría muerto. Esa experiencia consolidó algo en su interior: su lugar en VIM no es casual. No es solo empleo. Es vocación.
Este premio 40 Under Forty significa para Lilia redención, recibirá el premio el mismo día en que fue dada de alta de la clínica de rehabilitación, una pequeña victoria simbólica en su vida que le indica que está haciendo las cosas del modo correcto, que ese es el camino. Para alguien que ha sido acusada de no ser “lo suficientemente mexicana” o de avergonzarse de ser americana, el premio toca fibras más profundas que el éxito profesional.
Representa validación externa, sí, pero también reconciliación interna. Es un indicador de que su cultura e identidad híbridas no son un defecto, son su fortaleza.
En VIM, cada mañana vuelve a sentarse en la silla de recepción, donde todo comienza para los pacientes y para ella. Internamente, Lilia ya no está en el mismo punto de partida. El premio no borra el pasado, lo integra. No es una coronación, es un espejo: le devuelve la imagen de una mujer que atravesó contradicciones, migraciones, fracturas y reconstrucciones, y logró convertirlas en capacidad de servicio.
La joven que se fue por hartazgo, la mujer que pasó por un anexo, la madre que pidió ayuda, la trabajadora que estudia mientras cría a sus hijas, convergen en una misma narrativa: resiliencia consciente. No es la resiliencia ingenua que niega el dolor, sino la que lo incorpora y se fortalece de él.
Tal vez por eso, cuando habla del futuro, no lo hace con grandilocuencia. Quiere graduarse y seguir aportando desde ese nuevo rol su talento a Voluntarios en Medicina. Quiere seguir creciendo, estar presente para sus hijas. Ya no habla de escapar ni de huir. Habla de permanecer y ayudar a su comunidad. Y en alguien cuya infancia estuvo marcada por el movimiento constante, esa decisión de permanecer es, en sí misma, una pequeña revolución silenciosa que sucede cada día desde su oficina.
¡Ven y celebra a Lilia! La ceremonia de premios 40 Under Forty 2026 de BCC se llevará a cabo el miércoles 18 de marzo a las 5:00 p. m. en BCC, en el Teatro Robert Boland. Boletos aquí





