Dr. Christian Galvez-Padilla o el cirujano que nunca dejó de picar piedra
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El guatemalteco Christian Galvez-Padilla cierra la última sutura. La cirugía torácica ha terminado. Mientras sale del quirófano tras remover el tumor pulmonar y el tejido afectado, sabe, con la certeza que le han dejado más de veinte cinco años de experiencia, que una parte importante del resultado dependerá ahora de cómo responda el paciente y de los cuidados que acompañen su recuperación.
Una enfermera empuja hacia la sala de cuidados postoperatorios la camilla donde descansa el paciente, todavía dormido bajo los efectos de la anestesia. A él le esperan varias semanas de recuperación; al Dr. Galvez-Padilla, otra cirugía en los próximos minutos, en la que alguien más pondrá su vida en sus manos.
Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que, a pesar de estar capacitado para ejercer la medicina, tuvo que demostrar que sus conocimientos y su acento podían coexistir dentro de un quirófano estadounidense.
“Dejar el país de origen es meter una vida entera en una maleta e irse con la esperanza de encontrar algo mejor. En mis primeros dos, tres o cuatro años, hubo varias veces que sí me sentí muy marginado […] porque pacientes me decían: ‘Yo no quiero que usted me trate’, porque veían que yo no era americano. Y eso duele mucho”.
También enfrentó escepticismo en Guatemala, tanto antes de partir como después de regresar para ejercer la medicina. Casi todas las personas a las que había pedido consejo le habían repetido que ingresar a una residencia de cirugía en Estados Unidos siendo médico extranjero era demasiado difícil, que intentarlo sería una pérdida de tiempo.
“Todo era negativo, negativo, negativo”, recuerda.
Solamente uno de sus mentores le respondió de otra manera: “Lo peor que puede pasar es que te digan que no. Hay que seguir probando, seguir picando piedra”.
Y así fue como dos esponjas de cocina acabaron pegadas a la madera de la mesa de su habitación en Guatemala. Con aquel ingenioso mecanismo, Galvez apoyaba los codos y evitaba la irritación de la piel mientras sostenía la cabeza y se quemaba las pestañas entre las páginas de libros de medicina en inglés, un idioma que todavía no dominaba por completo.
Christian Galvez nació en 1972 en la Ciudad de Guatemala, el menor de cuatro hermanos varones. Diez años lo separaban del hermano que lo antecedía, por lo que suele bromear con que fue “el de sorpresa”.
Era la Guatemala marcada por el conflicto armado de la guerra civil, la que duraría treinta y seis años laceraría al país hasta el año 96, llena de violencia e nestabilidad política. Un primer recuerdo: el terremoto de 1976. Llovía sobre mojado sobre Guatemala. Tenía aproximadamente cuatro años y durmió con su familia dentro de un automóvil. Para él, aquello tenía algo de aventura pues era incapaz de dimensionar la magnitud de la tragedia a esa corta edad y las más de 23 000 vidas perdidas aquel 4 de febrero.

Su padre, de ascendencia alemana, había perdido al suyo cuando tenía dos años. Los Keller habían llegado a Guatemala tras la Segunda Guerra Mundial. Como fue criado por su madre, su padre usaría Galvez como primer apellido. A los 12 años dejó la vida rural de Santa Rosa y se trasladó a la capital, donde vivía en la bodega de una tienda de abarrotes y barría los pisos durante el día.
Más tarde compraría su propia tienda.
“Como él nunca tuvo estudios, nos empujaba a que fuéramos a la universidad”.
Christian creció observando en su familia aquella mezcla de dureza, trabajo duro y gratitud. Sus padres eran estrictos con las tareas, los modales y las responsabilidades.“Salíamos después de hacer las tareas a jugar pelota, a jugar escondidas, a jugar hasta que oscurecía y alguien gritaba ‘¡Vamos a cenar!’”
Su interés por la medicina apareció durante una clase de biología, frente a la anatomía diseccionada de una rana. Hasta entonces había trabajado empacando las compras de los clientes en el negocio de su padre, pero sabía que el comercio no despertaba nada en él. En el cuerpo humano encontró algo distinto: un territorio complejo que podía comprenderse, intervenirse y, algunas veces, repararse.
Christian quería convertirse en cirujano y tras graduarse en el año de 1999 de la Universidad Francisco Marroquín pensó en Europa, pero finalmente concluyó que Estados Unidos podía ofrecerle una mejor formación práctica y una exposición más directa a los pacientes.

Para intentarlo debía aprobar los exámenes de equivalencia médica y competir con estudiantes estadounidenses formados dentro de un sistema que él apenas comenzaba a descifrar.Tras aquel año de aislamiento, de perderse bodas y celebraciones familiares y de desgastar las esponjas con los codos, aprobó los exámenes para sorpresa de todos sus retractores.
“Yo fui como el número cuatro en toda la historia del país [en] venir a Estados Unidos [a] hacer residencia de cirugía, específicamente, que siempre había sido muy competitivo. Nadie entraba”.
Pero aquello fue apenas el inicio de otro reto, uno mayor: la discrimanción. Envió solicitudes a 25 programas de cirugía y ninguno le concedió una entrevista.“Fue la primera vez que sentí la discriminación de ser extranjero”, cuenta. Imaginaba su expediente relegado al fondo de una pila apenas alguien leía su nombre. “Sentía que ponían mi carpeta hasta abajo tras ver el origen y que no importaba lo que había adentro”.
El rechazo no solamente amenazaba su proyecto profesional. También tocaba una inseguridad más profunda: la posibilidad de que todo cuanto había hecho siguiera siendo insuficiente por haber nacido en otro país. Por primera vez se preguntó si quienes le habían aconsejado abandonar tenían razón.
Guiado por ese sí se puede bajo su pecho , viajó a Nueva York y se instaló con un amigo que realizaba su residencia médica. Compartieron durante cerca de un mes un espacio diminuto: su amigo dormía en la cama y él, en un sofá. Desde Manhattan comenzó a llamar, preguntar y buscar oportunidades. Había comprendido que sus calificaciones no hablarían por sí solas.
Debía conseguir que alguien abriera la carpeta y mirara lo que contenía.Así fue como llegó a los Berkshires. Su amigo le recordó que el doctor Ricardo Cordón, un neumólogo guatemalteco, trabajaba en Pittsfield. Cordón, quien ayudó a desarrollar la unidad de cuidados intensivos de Berkshire Medical Center, conversó con el jefe de cirugía. Galvez-Padilla tomó entonces un autobús Peter Pan hacia una ciudad que no conocía.

“Caminé al hotel con mi maleta; todo era lindo y todo verde, y las montañas. Esta zona me recordaba al campo de donde era mi papá, el área rural. Pero duró cuatro meses el encanto…”.Cuando llegó el invierno, encendió una calefacción por primera vez. “En ese entonces las cosas eran muy diferentes. No había reglas sobre cuántas horas se podía trabajar. Yo venía a las 4:30 de la mañana, estaba oscuro; salíamos a las nueve de la noche, estaba oscuro. Yo me deprimí, pero así, en serio”.
En medio de la batalla interna también enfrentó otra afuera por sus orígenes. “Aunque un paciente me trate mal, voy a atenderlo lo mejor que pueda. Ojalá eso le cambie la manera de pensar”.
Con el tiempo, su trayectoria comenzó a hablar antes que su acento. Completó su residencia en cirugía general en Berkshire Medical Center en 2006. Y dos años más tarde regresó a Guatemala con la intención de compartir lo aprendido.
“Cuando regresé a Guatemala con la intención de ayudar, lo único que encontré fueron puertas cerradas. Algunos cirujanos interpretaron mi llegada como una amenaza y asumieron que quería disputarles pacientes”.
Aunque consiguió implementar técnicas y mejoras, perdió su plaza después de aproximadamente dos años. Continuó trabajando seis meses sin salario porque creía en la institución, hasta que la responsabilidad de sostener a sus tres hijos hizo imposible prolongar el sacrificio.La experiencia lo enfrentó a una verdad dolorosa: había luchado por hacerse un lugar en Estados Unidos y, cuando intentó regresar, descubrió que también debía justificar su presencia en su propio país.

Entonces recibió desde Pittsfield una llamada que le cayó como anillo al dedo: ¡el hospital donde se había formado buscaba un cirujano! Lo que siguió no cabe en un párrafo: años de operaciones, vidas salvadas, familias que pudieron volver a casa con uno de los suyos y una preocupación constante por el bienestar de la comunidad latina, especialmente durante la pandemia de COVID-19. Hoy, Galvez-Padilla sigue ejerciendo como cirujano torácico en Berkshire Medical Center.
Entre todos los pacientes que ha atendido, recuerda particularmente a una mujer con una grave enfermedad intestinal que recibió un trasplante de intestino y páncreas.
“Ella me enseñó cómo seguir adelante, cómo seguir luchando y no darse por vencido. Pasó por lo peor de lo peor y siempre tenía una sonrisa. Podría haber sido la paciente más horrible de todas y nadie la hubiera culpado por lo que estaba pasando, pero fue al revés. Me enseñó que no importa lo que la vida le tire a uno: hay que seguir adelante con una sonrisa, hacer lo mejor posible y no echarle la culpa a nadie”.
Esa enseñanza también contiene su propia historia.Después de 26 años en los Berkshires, le preocupa que algunos latinos todavía lleguen a los espacios médicos sintiendo que deben pedir permiso para estar allí. Le preocupan quienes aplazan una consulta porque temen no comprender el idioma, ser juzgados por su acento, recibir un trato inferior o descubrir que nadie está dispuesto a escucharlos.
“Somos humanos, somos gente y todos tenemos derecho”, afirma. “Tenemos que quitarnos de la mente eso de ‘mejor no voy’, ‘mejor no hablo’ o ‘qué van a decir’”.

Su llamado trasciende la medicina. El Dr. Christian Galvez-Padilla cree que la comunidad latina debe abandonar la costumbre de hacerse pequeña para no incomodar. Cada inmigrante, sostiene, carga conocimientos, capacidades y experiencias que pueden contribuir a transformar el lugar donde vive.
“Todos tenemos algo en lo que somos mejores y con lo que podemos ayudar al otro”.Aquel joven inclinado sobre dos esponjas no podía saber a dónde conducirían tantas horas frente a los libros. No sabía que tendría que defender su lugar en dos países, que algunos pacientes rechazarían sus manos antes de permitirle curarlos o que volver a casa también podía convertirse en otra forma del exilio.
Solamente sabía que debía continuar.
Décadas después, se ha convertido en un cirujano reconocido y respetado. Su historia conserva la misma lección que escuchó antes de partir: aun cuando las puertas permanezcan cerradas, hay que seguir probando, seguir avanzando, seguir picando piedra.



