Cocineras Latinas, el sazón latino de los Berkshires
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El aceite se calienta desde temprano en una cocina prestada en Pittsfield. Entre ollas calientes, bandejas de aluminio y recipientes llenos de cilantro, ajo y cebolla, tres mujeres se mueven rápido mientras hablan al mismo tiempo.
—El arroz ya está casi listo.
—¿A cuánto dejamos la carne esta vez? ¿Dos pesos con pan o papa?
—Bueno, en Colombia eso va con arepa…
Mientras una revisa el pernil, otra corta verduras y una tercera intenta decidir cómo terminar el menú del día. El evento es importante: una reunión comunitaria de cooperativas del oeste de Massachusetts donde estará el senador Paul W. Mark. Ellas todavía siguen resolviendo con qué acompañar la comida.
Al final se deciden por una mezcla de sabores latinoamericanos: patacón con verduras y pollo, huevos con jamón y queso, huevos con verduras, tablas de carnes y quesos, arroz con gandules, pernil y salpicón de frutas colombiano. Por momentos parece caos. Pero ellas ya aprendieron a entenderse.

Casi dos años después de comenzar el proyecto en agosto de 2024, Cocineras Latinas se ha convertido en mucho más que un grupo de mujeres preparando comida para eventos. La cooperativa nació formalmente cuando la organización Roots & Dreams convocó a varias personas interesadas en crear cooperativas comunitarias en los Berkshires. Ahí comenzó el proceso.
Hoy el grupo reúne a mujeres inmigrantes de distintos países latinoamericanos que buscan construir algo propio a través de la comida. Maríam Orengo, de Puerto Rico; Nubia Toloza Dávila, de Colombia; y Marcela Hernández, también colombiana, forman parte del proyecto. Cada una mantiene sus propios emprendimientos —Gustitos Boricuas, Delicias de mi Tierra y Berkshire Decoration & Events respectivamente— pero cuando llega trabajo para la cooperativa, todas participan. Dividen tareas, ganancias y cansancio.
Trabajan juntas bajo una idea simple: convertir la comida latina en un espacio de comunidad, representación cultural y apoyo mutuo. Muchas veces terminan cocinando para reuniones donde casi todo ocurre en inglés. A veces ni siquiera entienden completamente lo que está pasando alrededor. Pero la comida hace algo que el idioma todavía no puede hacer: acercar personas y romper cualquier barrera del idioma.
Por eso el grupo pasa días enteros buscando ingredientes que no aparecen fácilmente en los Berkshires. El pernil, por ejemplo, muchas veces tienen que conseguirlo hasta Springfield porque localmente cuesta demasiado 40 dólares o simplemente no existe. También han manejado hasta Hartford buscando sazones, panela o chorizo colombiano.
Pero llegar hasta aquí tomó años. Años limpiando casas. Cocinando con ingredientes frescos y por la mañana. Tocando puertas. Escuchando que no se podía.

“Que no se puede. Que no se puede. Que no se puede”, repite Nubia Toloza recordando las veces que intentó conseguir permisos, seguros y acceso a una cocina comercial para trabajar legalmente. “El seguro nos tardó seis meses en llegar”, cuenta.
En Colombia, Nubia trabajaba como terapeuta ocupacional. Mucho antes de eso, había tenido junto a su madre una casa de festejos donde preparaban tortas, decoraciones y comida para eventos. El negocio nació por necesidad económica. Una vecina le enseñó a hacer una torta. A un cliente le gustó. Luego llegó otro pedido. Después otro más. Sin darse cuenta, había construido un pequeño negocio familiar.
“A partir de una necesidad surgió una posibilidad”, recuerda.
La frase resume también la experiencia de muchas mujeres migrantes que llegan a Estados Unidos obligadas a reinventarse casi desde cero.
Marcela Hernández conoce bien esa sensación. En Colombia trabajaba en publicidad, mercadeo e impresión. Su vida giraba alrededor de campañas comerciales, revistas y periódicos. Pero cuando llegó a Massachusetts hace cuatro años, terminó trabajando en limpieza.

“Yo desde que llegué me he dedicado a la limpieza”, cuenta sin dramatismo.
Había semanas donde faltaban clientes y el dinero simplemente no alcanzaba. Entonces apareció la pregunta que muchas familias migrantes conocen demasiado bien: ¿qué hacemos ahora?
La respuesta terminó siendo comida al igual que muchas otras personas que buscan salir adelante en los grupos de WhatsApp. Aunque reconocen que cocinar así implicó sus riesgos, porque hacerlo sin permisos adecuados, sin la preparación y certificados de salubridad puede traer multas y problemas legales si las autoridades estatales lo descubren.
Marcela comenzó vendiendo salpicón colombiano, un ponche de frutas con helado. Ella misma tomaba las fotos y hacía la publicidad aprovechando su experiencia en mercadeo. Algunos clientes pasaban a recogerlo. Otros pedían entrega. Poco a poco descubrió que muchas personas no compraban solamente por hambre. Compraban por nostalgia. Por no sentirse tan lejos de casa.
Pero para otros es todo un descubrimiento.
En un evento reciente en Great Barrington, algunas personas estadounidenses observaban el salpicón intentando descifrar qué era exactamente. ¿Una bebida, una sopa?

“Pensaban los americanos que era salsa de tomate con frutas”, recuerda entre risas.
Una niña regresó tantas veces por más que Marcela terminó memorizándole la cara. Son momentos pequeños, pero para ellas representan algo importante: la comida derribando lentamente el muro cultural que muchas veces separa a las comunidades.
Maríam Orengo también entiende esa experiencia. Llegó desde Puerto Rico hace más de una década. Antes trabajaba en promociones de eventos y marcas de cerveza. Pero en Massachusetts la realidad cambió rápidamente.
“Aquí la gente como que tú no sabes inglés y te miran…”, dice dejando la frase incompleta.
Todo comenzó para ella asistiendo a reuniones comunitarias junto a una amiga. Siempre sentía decepción con las opciones de comida disponibles locales, sabores que no le decían nada, así que decidió comenzar a cocinar ella misma. Primero fueron postres. Después platos completos. Su arroz con gandules, pernil y ensalada comenzó a circular en encuentros comunitarios.
Muchas veces regalaba comida y observaba en silencio quién repetía plato. Quién preguntaba quién llevaba el arroz. Quién regresaba buscando más.

“Muchos americanos nunca habían probado eso”, recuerda. “Y les gustó”.
Todavía sonríe cuando habla de personas probando pernil por primera vez.
“Y yo decía: wow… vamos a seguir cocinando”.
Con el tiempo, Cocineras Latinas dejó de ser solamente un proyecto gastronómico para convertirse en un modo de romper las barreras de la cultura a través del paladar. Mantener la cooperativa ha requerido cursos de manipulación de alimentos, certificaciones de alérgenos, permisos sanitarios, seguros y organización colectiva.
“Queremos hacer las cosas bien”, explican.
Porque detrás de cada plato existe una responsabilidad. El grupo busca demostrar que las mujeres inmigrantes también pueden construir negocios organizados, profesionales y sostenibles.
Al inicio eran ocho o nueve integrantes. Algunas pensaban que el dinero llegaría rápido. Pero sostener una cooperativa exigía paciencia, disciplina y compromiso. También aprender a convivir entre diferencias culturales, cansancio y presión económica.
“Si hay alguna diferencia, la hablamos”, dicen.
Uno de los momentos que más recuerdan ocurrió durante el Festival Latino del 2024 cuando participó Nubia Toloza con Delicias de mi Tierra. Prepararon comida colombiana: empanadas, arroz, fríjoles, picada y papas chorreadas. Esperaban vender bien. No esperaban las filas a las que se enfrentaron.
“Prácticamente éramos la representación de Colombia en los Berkshires”, recuerdan todavía sorprendidas.
Había personas acercándose al puesto como si ahí estuviera concentrada una parte de su país.

Durante mucho tiempo muchas comunidades inmigrantes en los Berkshires han existido trabajando silenciosamente: limpiando casas, cuidando personas mayores, organizando eventos o construyendo lejos de sus países sin demasiado reconocimiento público. Cocineras Latinas quiere cambiar un poco eso, quiere poner el sazón y los sabores de toda una comunidad al centro de la discusión.
El sueño ahora es abrir algún día una plaza latina de comida, posiblemente en el 117 de Fenn Street. Un espacio donde distintos puestos representen países diferentes: comida colombiana, puertorriqueña, mexicana, ecuatoriana, peruana y dominicana compartiendo el mismo lugar.
“Unir culturas”, dice Maríam. “Y así hacemos amistad. Y así se une la comunidad”.
Por eso la invitación está abierta a todas las cocineras latinas que quieran unirse al proyecto, pueden mandar su propuesta a cocineraslatinas2025@gmail.com únicamente la aplicante debe tener los certificados de manipulación y salubridad o e
star interesada en obtenerlos, además de pagar la cuota mensual de 30 dólares a la cooperativa para cubrir sus gastos recurrentes y sobre todo ganas de trabajar en equipo.
Al final de la jornada aquél día quedaron las bandejas vacías. El senador y los asistentes quizá olviden los nombres de Nubia, Marcela y Mariam , pero difícilmente olvidarán los sabores que llevaron esa noche. Porque gracias a estas mujeres la comida latina deja de ser un recuerdo lejano para convertirse, poco a poco, en parte de la identidad cultural de los Berkshires.



