SHIRLEY CRUZ O LA EMPRENDEDORA QUE ABRE CAMINO A OTROS

Miembros de la comunidad latina de los Berkshires se reunieron un día para aprender a manejar un negocio y aprender las estructuras comerciales. Durante cerca de tres horas Shirley Cruz les habló de contabilidad, impuestos y de las distintas formas de registrar una empresa.
"Me llegaron como 20 personas. Fue tan bonito", recuerda.
No tenía, ni tiene título universitario que mostrarles. Todo lo que enseñaba lo había aprendido trabajando con su propio negocio, pagando cursos y cometiendo errores que le costaron dinero, tiempo y energía a lo largo de los años.
Pero para entender por qué decidió compartir esos conocimientos con la comunidad latina de los Berkshires hay que regresar a Bogotá, Colombia, donde nació en 1980.
Su madre era muy joven cuando la tuvo por lo que fue su abuela quien se encargó de criarla. La familia vivía en una casa de habitaciones alquiladas, con un lavadero compartido y vecinos que entraban y salían.
"Nosotros no teníamos lujos ni teníamos privilegios más que esa convivencia, porque ¿sabes por qué? Ese es un privilegio para mí porque te vuelves tolerante", dice.

A los catorce años, el trabajo era una necesidad cotidiana; cuidaba niños en la guardería de su abuela. A los diecisiete ya vivía sola, pagaba su renta y se sostenía mientras intentaba terminar la escuela. Su rebeldía le había costado la expulsión de un colegio público e incluso su el hogar donde vivía”.
"No sigo reglas, no me gustan las reglas. No las sigo, aun me cuesta un poco", admite.
Pero esa rebeldía independiente también era el motor de su progreso. La única manera de seguir sus estudios fue trabajando por las tardes para poder pagar una privada.
"Yo misma me encargaba de mis estudios, mi manutención para así pagar mis gastos y en ocasiones también veía por los gastos de mi hermano que es 3 años menor que yo".
Tras graduarse no pudo pagar una carrera universitaria, pero encontró empleo en diferentes farmaceuticas. Comenzó promoviendo productos farmacéuticos y ascendió hasta ocuparse de ventas. "No fue fácil porque todas las otras vendedoras tenían carreras universitarias, tenían más conocimientos y carro. Yo ninguna de las dos".
En ese punto de su vida aprender por su cuenta ya era una costumbre, aunque todavía no imaginaba que algún día esa perseverancia se convertiría en una herramienta que pondría al servicio de otros a miles de kilometros de distancia.
En 2006 llegó a Pittsfield. Shirley tenía veintiséis años y dejó atrás las amigas, los vecinos, las fiestas y el movimiento de Bogotá para que su hija y ella tuvieran una oportunidad de algo diferente.
"Extrañaba a mis amigas, extrañaba hasta al lechero, al tendero, al carnicero, las panaderías, la fiesta, las calles movidas, la bulla", recuerda.
Como a muchos migrantes la soledad la hundió en una tristeza que duró mucho tiempo…. Consideró volver, pero su hija Nicole se había reencontrado con su padre y comenzaba a adaptarse.
Para hacer lo mismo primero limpió habitaciones en el hotel Red Lion y lavó platos en Fresh City. La comunidad brasileña la ayudó a orientarse. En el restaurante encontró otra escuela, una de las más importantes de su vida: guiada por su curiosidad pasó de la cocina a la caja y finalmente a la administración. Aprendió a elaborar horarios, contratar trabajadores y manejar nóminas, en resumidas cuentas, todo lo referido con el manejo de un negocio en USA.

"Se que mi trabajo era lavar platos y claro que lo hacía. Pero no me quedo solo en cumplir con mi trabajo. Busco la manera de aportar un valor agregado”. Shirley nunca lo pensó como una formación empresarial, pero fue justamente eso.
La oportunidad de independizarse apareció cuando se le presentó la oportunidad de comprar un negocio de limpieza de otra persona.
"Y ahí empezó todo". Junto a su esposo, Iván Ospina, a quien había conocido durante su etapa trabajando en el restaurante, fue sumando clientes y empezó a ver la oportunidad no solo de limpiar si no también de ampliar ese mismo negocio. Después comenzó a administrar alquileres temporales. Ya no bastaba con limpiar: debía recibir reservas, organizar empleados, calcular precios, llevar cuentas y responder a propietarios que vivían lejos.
"Yo no tenía ni idea de cómo crear una empresa, de cómo pagar impuestos de una empresa", confiesa. "Me equivoqué mucho. Cometí errores". Incluso llegó a perder dinero, tiempo y energia por desconocer asuntos fiscales y administrativos. "A mí me costó casi dos años y medio aprenderlo y entenderlo, porque lo aprendes, pero lo tienes que entender".
Fue ahí cuando todo hizo clic, comprendió que otros inmigrantes podían estar enfrentando las mismas dificultades.
"Y dije, esto lo tiene que saber y aprender otros emprendedores de manera mas facil de lo que me toco a mi".
Así nació aquel primer taller, alrededor de 2021,. Lo impartió en español y recuerda que duró unas tres horas. Después ofreció formación sobre dos asuntos: las estructuras comerciales y fiscales para constituir una empresa y la contabilidad necesaria para mantenerla. Enseñaba especialmente a dueños de pequeños negocios, entre ellos servicios de limpieza, a registrar ingresos y gastos y comprender sus responsabilidades.
Más adelante colaboró en talleres con distintas organizaciones y también aprendió a poner límites al ayudar a algunos emprendedores, ya que terminaba haciendo yo el trabajo.
"Terminé llevándoles yo la contabilidad. Yo contratándoles el personal", recuerda. Ahora su condición es distinta: "Tú lo vas a hacer, yo no te lo voy a hacer".
Pero el sentimiento es el mismo: si alguien muestra interés de corazón, ella dedica dos o tres horas para explicarles y enseñarles . “Y hasta el dia de hoy no cobro”.
"Yo tengo un dicho y es que mi negocio somos tres socios. , mi esposo, Dios y yo Y esa es la parte que le corresponde a él".

Para ella el crecimiento llegó con una exigencia desbordante: coordinar un equipo de alrededor de diez empleadas, responder llamadas de huéspedes y cubrir personalmente ausencias, a veces limpiando hasta medianoche.
"De ocho llegué a 120 casas", dice con orgullo. Luego baja el tono: "Pero me cansé del trabajo fisico". La escasez de personal la llevó a vender cerca de la mitad de su cartera y quedarse con un equipo más pequeño. "Ya no veía a mi hijo, ya no estaba a tiempo".
Ahora su siguiente aventura como emprendedora es Nikjoe Elite Supplies, cuyo nombre es la mezcla de sus hijos, con ella busca explorar licitaciones para vender productos a instituciones gubernamentales. A la par que progresa una carrera de negocios en el BCC, pero no por incursionar con su nueva empresa, su aspiración comunitaria ha mermado.
"¿Y cómo no quisiera que hubiera un centro donde tú pudieras ir y enseñar a hacer un negocio de cero hasta 100?. Este tipo de ayuda si la tenemos pero no es fácil de acceder”
Imagina un lugar con contadores, personas expertas en llevar libros y abogados que puedan orientar a quienes comienzan. Aunque ese proyecto todavía no ha tomado forma, ella continúa recibiendo a quienes desean aprender. "Yo te puedo decir que mucha gente ha montado sus negocios gracias a la ayuda que yo les he dado", sostiene.
"Si yo aprendí esto, y me equivoqué tanto y tengo después de eso lo que tengo aquí, ¿por qué no voy a compartir ese conocimiento con los demás y hacer que lo logren también?"



