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SANDRA BONILLA: BAILAR PARA SOBREVIVIR

hace 17 horas
8 min de lectura


Las banderas de Latinoamérica se agitan orgullosas frente a los espectadores. Algunos levantan sus cámaras; otros graban con sus teléfonos y aplauden desde sus sillas plegables. Estamos en Lenox, durante el Día Comunitario de Tanglewood, al que el Festival Latino fue invitado por primera vez por el virtuoso chelista Yo-Yo- Ma. Pero lo que el público desconoce es que, detrás de esos niños que bailan y ponen en alto el folclore latinoamericano, hay una mujer que tuvo que abandonar su país para salvar su vida y la de su hijo de las amenazas del crimen organizado.


A los seis años, Sandra Elizabeth Bonilla caminaba descalza por las calles de Quezaltepeque, El Salvador, un pueblo donde se fabrican flores de cera para adornar las tumbas durante el Día de Muertos.


Por esas calles, a veces caminaba sin camisa. En su casa escaseaba la comida. Su padre, que vendía electrodomésticos, bebía y se había separado de su madre, una maestra que pasaba buena parte del día trabajando. Sandra aprendió demasiado pronto lo que significaba estar sola.


Una tarde como otras salió de casa sin camisa y fue a buscar a su madre a la escuela donde trabajaba. Allí, otra maestra reparó en aquella niña de escasos seis años que caminaba sin zapatos y decidió intervenir.


“Ella me agarró de seis años”.



Podría decirse que, desde entonces, la danza la rescató. Aquella mujer, Mercedes Coto, resultó ser la subdirectora de una escuela de danza y comenzó a llevarla consigo todos los días. Lo que había empezado como una manera de mantenerla ocupada terminaría definiendo el resto de su vida.


“Al principio, como yo era chiquita y eran tantas horas, sentía duro, pero me sentía a salvo porque al final de cada ensayo ella siempre me daba de comer”, recuerda. “En mi casa no había comida y no había nadie. Entonces yo me sentía segura”.


Sandra todavía recuerda el dolor que sentía en los pies después de tres horas de entrenamiento: ballet, folclore y danza contemporánea. Sin embargo, aquel cansancio era preferible al silencio de una casa vacía.


“En la escuela de danza siempre había gente, y en mi casa no había comida y no había nadie”.


Su primera presentación llegó aproximadamente dos años después de comenzar las clases. Participó en Giselle, una obra de ballet, y en una coreografía folclórica del Día de la Cruz. El escenario era, ni más ni menos, el Teatro Nacional de San Salvador. Mientras otras niñas recibían flores y abrazos de sus familias, Sandra buscaba entre el público rostros que nunca aparecían.



“Nadie nunca por años”, responde cuando se le pregunta si sus padres asistían a verla bailar.

Su madre consideraba que la danza no tenía futuro económico. Sandra, en cambio, comenzó a encontrar en el aplauso una forma de reconocimiento que no recibía en casa.


“A mí nadie me decía: qué bonita te ves, nadie. Pero el aplauso del público me hacía sentir que era una niña bonita y que era una niña valiosa”.


A los 15 años, cansada de pasar las noches sola o acompañada únicamente por su hermano mientras su madre estudiaba y mantenía una relación sentimental, Sandra decidió mudarse con su abuela. Para entonces, la danza ya se había convertido en mucho más que una actividad extraescolar: comenzaba a representar una posibilidad de independencia.


Durante una audición escolar en la que participaron unos 75 estudiantes, tuvo que improvisar una coreografía al ritmo de Jailhouse Rock, de Elvis Presley. Su creatividad y dominio del espacio le permitieron conseguir un lugar en el grupo.


Poco después comenzó a participar en espectáculos profesionales. Por algunas presentaciones recibía entre 100 y 150 dólares por número, cantidades que, según recuerda, representaban una oportunidad extraordinaria para una adolescente que hasta entonces había vivido con tantas carencias.


“Empecé a comprarme zapatos, ropa, ropa interior, porque yo no tenía nada. Entonces, al fin, después de tantos años, sentía que podía comer”.


Sin embargo, el éxito sobre el escenario no consiguió llenar todas sus ausencias. Comenzó a consumir alcohol y a faltar a los ensayos con frecuencia, hasta que una de sus maestras la confrontó con una advertencia que todavía recuerda: mientras el pintor necesita un lienzo y el músico una guitarra, el bailarín depende de su propio cuerpo.


La posibilidad de perder aquello que le había dado seguridad desde la infancia la hizo reaccionar.


“Yo sentí que el mundo se me iba a acabar cuando me dijo que no iba a bailar más si seguía así. La danza me salvó de la depresión, me salvó del alcohol, me salvó de andar en la calle. Me salvó. Si yo no hubiese hecho la danza, no sé qué hubiera sido de mí”.


Cuando quiso continuar sus estudios superiores, su madre se negó a pagarle la universidad. Sandra decidió prepararse como instructora y buscar sus propias oportunidades. Estudió danza, aeróbicos, pilates y entrenamiento físico, mientras alternaba presentaciones con distintos trabajos.


Durante aproximadamente tres años vivió en un gimnasio que ayudaba a limpiar y cuidar. En otra ocasión, lavaba platos en una taquería a cambio de comida. No siempre recibía dinero por su trabajo, pero cada experiencia la acercaba a la independencia económica.


Esta llegaría a los 25 años, cuando, después de haber vivido en un gimnasio, consiguió abrir el suyo propio, Latin Gym, además de desarrollar una escuela de danza. Durante años vivió de enseñar y bailar, contradiciendo el pronóstico de su madre.



“Mi mamá dijo que yo nunca iba a progresar danzando y sí, era lo que me dio dinero toda mi vida en El Salvador. Me dio de comer la danza”.


Aquella estabilidad terminó cuando comenzó a recibir amenazas de extorsión. Según relata, en 2015 le exigieron pagos que aumentaron progresivamente de 100 a 500 dólares mensuales. Los responsables amenazaban con matar a su hijo si no entregaba el dinero.

Cuando decidió dejar de pagar, asegura que dispararon contra su gimnasio.


“Entonces yo tuve que agarrar a mi hijo y venirme. No había opción”.


En 2016, Sandra abandonó El Salvador junto con su hijo. Dejaba atrás el negocio que había construido después de años de esfuerzo.En Guatemala intentó continuar su carrera como instructora de danza, pero no consiguió trabajo. Un hombre se ofreció a llevarla hacia la frontera con México sin cobrarle un centavo. Sandra llevaba consigo unos 3,000 dólares y pocas certezas sobre lo que vendría después.


Al llegar al límite de su recorrido, el hombre le advirtió que no podía continuar y le sugirió cruzar un río. Sandra se negó. “No, ¿cómo me voy a pasar el río? Me voy a ahogar con el muchachito, tras que vengo huyéndole a la muerte, me voy a quedar ahogada”, recuerda haberle respondido. Incluso temía que hubiera cocodrilos en el agua. En lugar de arriesgarse, decidió acercarse directamente a un oficial de migración.


Pero lo extraordinario de su relato es la manera en que se presentó ante las autoridades. Llevaba el cabello planchado, iba maquillada y calzaba unas botas de tacón alto. Según recuerda, su apariencia provocó que el oficial le preguntara: “¿Y de cuál fiesta vienes?”.


Sandra cuenta aquella experiencia con el humor de quien todavía encuentra difícil creer lo sucedido. “Yo venía con el pelo planchado, maquillada”, recuerda. No tenía documentos migratorios, pero sí una historia que contar.


“Y me dejaron pasar tras asegurarse que mi tía iba a recibirme”, cuenta. Lo que todavía no sabía era que volvería a encontrar en la danza una razón para comenzar de nuevo.


No tardó mucho en acercarse a las comunidades de danza y artísticas de renombre de los Berkshires. Sin embargo, según cuenta, recibió negativas y encontró mayor interés por estilos que no correspondían a su formación. Según relata, encontró las puertas cerradas. Le dijeron que buscaban estilos como jazz, danza contemporánea y baile en línea, no los ritmos latinos que ella dominaba.


“Me decían que danza latina no, que no se podía, que tenían que ser solamente el perfil americano”, recuerda.


Por un tiempo pensó abandonar definitivamente la enseñanza. Había pasado alrededor de 30 años vinculada a la danza y quería concentrarse en su familia. Pero cuando su hija tenía aproximadamente tres años, Sandra comenzó a notar su facilidad para moverse al ritmo de la música.


Las clases privadas le parecieron demasiado costosas: 216 dólares por semana. Así que decidió enseñarle en casa. Invitó a dos niñas más y pronto comenzaron a llegar otras familias que tampoco podían pagar una academia.


Primero fueron cinco alumnas. Después, 18, 20 y finalmente más de 20 niñas que ya no cabían en la sala. Los ensayos se trasladaron a parques y posteriormente a espacios comunitarios.


Así nació Latin Dance Ballet, el grupo de presentaciones de su proyecto La Danza es mi Voz. Lo que comenzó como una alternativa para que su hija pudiera aprender a bailar se convirtió en una oportunidad para otras familias que enfrentaban las mismas barreras económicas.


Para Sandra, el ballet es la base de toda formación en danza. Esta disciplina, caracterizada por la precisión de sus movimientos, permite desarrollar la postura, el equilibrio, la coordinación y el dominio del cuerpo, habilidades fundamentales para aprender otros estilos.


“Para mí es obligación”, afirma. A esta formación añade la danza contemporánea, que permite explorar el espacio y la expresión corporal, y el folclore, que considera indispensable para preservar las raíces culturales.


Según Sandra, dominar estas tres disciplinas proporciona las herramientas necesarias para aprender ritmos tan diversos como la salsa, el tango, la samba o el hip hop.


Sandra cobra generalmente 30 dólares por las clases, aunque asegura que nunca quiere excluir a un niño por dificultades económicas.


“El folclore para mí es importante porque son nuestras raíces. Es lo que nos identifica”.


Pero Sandra no se limita a enseñar pasos de baile. Detrás de cada coreografía hay una historia que busca transmitir a las nuevas generaciones. Con El pregón de los nísperos habla de las madres que, ante la falta de dinero para comprar golosinas, ofrecían nísperos a sus hijos; con El baile de la Cruz, de las antiguas danzas con las que se pedía lluvia para las cosechas.


Entre sus alumnas hay dos niñas de familia ecuatoriana Ángela y Amanda, gemelas que nacieron en Estados Unidos.


Ángela y Amanda, gemelas que nacieron en Estados Unidos.
Ángela y Amanda, gemelas que nacieron en Estados Unidos.

Sandra cuenta que, cuando les explica las tradiciones y las dificultades que enfrentaban las familias latinoamericanas en otros tiempos, las pequeñas se sorprenden y preguntan si aquellas historias ocurrieron realmente. Para ellas, las clases representan también una manera de descubrir una parte de sus raíces que no conocían.


Con estas representaciones busca que los alumnos comprendan que detrás de los movimientos, los vestuarios y la música también existen historias de desigualdad, migración y supervivencia. Algunas de esas experiencias son muy distintas de las que han vivido los niños que crecieron en Estados Unidos.


También insiste en que la danza latina debe ser compartida con personas de cualquier procedencia.


“Así como ustedes necesitan que las incluyan en otros donde solamente hay americanos, nosotros necesitamos incluir gente. Es para todos. La danza es para todos”.



El crecimiento del proyecto, sin embargo, ha traído nuevos desafíos. Actualmente utiliza un espacio vinculado a Latinas413, pero asegura que el lugar resulta insuficiente para las niñas, adolescentes y madres que participan en sus actividades. Su próximo objetivo es conseguir una sede más grande y estable, donde pueda desarrollar clases durante todo el año y recibir a las familias que desean incorporarse.


“Yo quiero que mi proyecto crezca, que la danza sea accesible y que siga creciendo desde las más chiquitas hasta los más viejitos”.



Esa convicción tiene su origen en una infancia marcada por la soledad. .


Al igual que Mercedes Coto, Sandra busca ofrecer algo que iba más allá de las clases de ballet, folclore y danza contemporánea: un lugar seguro, alimento y la posibilidad de sentirse valiosa.


Cada niña que llega a sus clases representa, de alguna manera, una oportunidad de devolver lo que aquella maestra hizo por ella.


“Si yo no hubiese hecho la danza, no sé qué hubiera sido de mí. Y es por eso que yo tengo el proyecto, porque si me salvó a mí de tanto, puede ayudar a otros niños también”.


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