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Miguel Santana: el primer policia dominicano del condado de Berkshire

  • hace 14 horas
  • 5 Min. de lectura

La puerta está cerrada. Del otro lado, un hombre armado amenaza con quitarse la vida. Afuera, el silencio no es completo: radios que chisporrotean palabras, los pasos medidos de los oficiales y sus respiraciones contenidas. El oficial Santana no deja de mirar la puerta. Sabe que cualquier decisión, forzar la entrada o seguir esperando, puede cambiarlo todo en segundos.


La voz del hombre se filtra por la madera, tensa, inestable. Los oficiales intentan mantener el diálogo. Nadie quiere que esto termine mal. “Hay que tener paciencia”, dirá después Miguel. Pero en ese momento, la paciencia no es una idea: es lo único que los separa de la tragedia. Podrían horas o minutos, y pasan. Hasta que finalmente, sin disparos, logran entrar. El hombre es arrestado y trasladado para recibir ayuda psiquiátrica. Nadie muere esa noche como en muchas otras lamentables ocasiones en el condado de Berkshire. Pero la escena se queda como un tatuaje en la memoria de los oficiales.


Uno de tantos recuerdos de Miguel que como tantos otros no salen en reportes oficiales o en los periódicos.


El oficial Santana abordo de su patrulla
El oficial Santana abordo de su patrulla

Mucho antes de esa puerta cerrada, su historia había comenzado lejos de los Berkshires. Comienza por allá del año 1988 cuando apenas tenía 11 años y no hablaba nada de inglés. Venía desde la región dominicana del Cibao con su madre, quien había decidido rehacer su vida en Brooklyn siguiendo el consejo de su corazón.


Para Miguel, aquel cambio fue el inicio de una historia marcada por la adaptación, el trabajo y una vocación que, según recuerda, corría por sus venas desde niño.


“Yo siempre quise ser policía, servir con el uniforme”, cuenta. En su familia, situada en la clase media dominicana, había tíos y primos vinculados al ejército y a la policía, figuras cercanas que lo hicieron gravitar a esa profesión de servicio desde pequeño.


Miguel en el colegio evangélico.
Miguel en el colegio evangélico.

Sus primeros pasos en seguridad comenzaron como voluntario en Nueva York, reservista, donde participó a los diecisiete en un programa uniformado del NYPD, sin portar armas. Más tarde también sirvió como reservista de la Guardia Nacional del estado.


Pero su llegada a los Berkshires, en 2006, cambiaría el rumbo de su vida.


El traslado de la ciudad al campo fue decisión nuevamente familiar, cuando su padrastro visitó el condado de Berkshire y quedó impactado por la tranquilidad del lugar. “Wow, qué belleza, qué silencio, qué paz se siente aquí”, recuerda que dijo. Después de años vivir en el bullicioso Brooklyn, vendieron la casa y compraron una en Lee.


Para Miguel la transición no fue sencilla.


“Lo sentí muy brusco”, admite. “Imagínate, un muchacho de ciudad a vivir en un condado donde la vida es mucho más lenta. Me tomó tiempo adaptarme”.


Al llegar por ahí del 2004 dejó a un lado el camino policial, trabajó manejando para la compañía de mensajería DHL para establecerse en el área y luego en CHP cuando estaba establecido en Fairview como intérprete en Great Barrington, donde su capacidad bilingüe se convirtió en una herramienta para ayudar a pacientes latinos. Desde una ventanilla, y a veces dentro del consultorio, traducía entre médicos y pacientes.


Fue hasta 2011 cuando un amigo policía le sugirió aplicar formalmente al departamento de Lee. Con su experiencia previa, obtuvo patrocinio del Departamento de Policía y entró a la academia en 2012. Ese año, según recuerda casi no había latinos, se convirtió en el primer dominicano en representar al condado ese mismo año como oficial.


Miguel al graduarse de la academia de policia
Miguel al graduarse de la academia de policia

Volver a ponerse el uniforme fue un momento profundo. “Me sentí muy orgulloso”, dice. “Me sentí realizado, casi completo. Era algo que yo siempre quise ser de niño. Para mí fue un privilegio ponerme el uniforme de las fuerzas del orden”.


El primer llamado no se hizo esperar como oficial en el condado Berkshire pero no fue una escena de crimen ni una persecución, fue un accidente típico de esta región montañosa: un pequeño oso negro cruzó el camino y fue atropellado por un vehículo. Hizo el papeleo del reporte para el seguro del conductor. Un inicio tranquilo para una carrera que pronto le enseñaría que lo más difícil no siempre es lo más visible.


Yo pensaba que iba a encontrar mucha criminalidad”, explica recordando su primer trabajo en West Stockbridge. “Pero lo que encontré fue un alto número de personas con problemas mentales, alcoholismo y situaciones así”.


Luego una parada de tráfico por motivo de que el registró de un vehículo estaba suspendida, la adrenalina corría. “Todas las paradas de tráfico no son rutinarias, todas son diferentes; nunca sabes qué puede pasar”.


Miguel con un compañero en la patrulla
Miguel con un compañero en la patrulla

Para él, esa ha sido una de las grandes lecciones de trabajar como policía: entender que muchas llamadas requieren paciencia, preparación emocional y una respuesta humana. “Tenemos que entrenarnos más en cómo trabajar con personas con problemas mentales”, afirma. “A veces la persona se pone peor, más alterada, más agresiva. Ahí es donde hace falta más preparación”.


“Hay que tener mucha paciencia. Lamentablemente estas situaciones se van fácilmente de la mano. Si hay que durar diez horas hablando con una persona para que todo termine bien, hay que hablarlas, eso es lo importante”dice.


Después de 12 años como oficial en el condado, hoy intercala su servicio público con protección a ejecutivos, aunque sigue tomando labores policiales los fines de semana. Ya no extraña tanto la calle. Su prioridad, dice, es llegar bien a casa.


Todos estos años han dejado huellas y secuelas; lo han cambiado como persona. Hoy, cuando entra a un restaurante, no lo hace como cualquier otra persona. Observa las salidas, mide el espacio, identifica a quienes están alrededor. Su espalda rara vez queda expuesta.


Es un hábito. Una alerta constante que no se apaga, incluso en momentos familiares. “Uno nunca deja de estar pendiente”, admite. Ese estado de vigilancia también tiene un costo. Lo ha marcado. Lo ha vuelto más consciente del riesgo, pero también más protector.


“Mi familia es sagrada”, afirma.


"Yo soy la guía de mi familia. Si yo caigo, no sé cómo ellos harían. Eso es lo que me mantiene firme”.
"Yo soy la guía de mi familia. Si yo caigo, no sé cómo ellos harían. Eso es lo que me mantiene firme”.

A pesar de todo su identidad dominicana sigue intacta y presente en todo lo que hace. Dice que lleva al trabajo “la chispa de ser caribeño”: la alegría, la música, el sentido de familia. Y también cree que una de las barreras entre la policía y la comunidad latina no es solo el idioma, sino la cultura.


“Necesitamos que entiendan un poco más de nuestra cultura latina”, dice. “Y también nosotros entender que aquí las leyes son diferentes, más estrictas. A veces creemos que podemos hacer lo mismo que en nuestros países, manejar con dos tres bebidas y no es así”.


“Este es un país de muchas oportunidades. Hay que seguir hacia adelante, con la frente en alto, haciendo las cosas correctas. A veces la vida no es fácil, pero no podemos dejarnos vencer”.


Cuando piensa en el futuro, se imagina retirado, de regreso en República Dominicana. “Me veo volviendo a mis raíces”, dice. “Me veo allá”.


Pero antes de ese futuro, hay muchos momentos como el de aquella puerta. Momentos donde todo depende de la paciencia, de la palabra correcta, del tiempo que alguien esté dispuesto a esperar. Momentos donde, sin disparar, salvar una vida también cuenta como victoria.

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