Mariana Cicerchia: donde la pintura no responde
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Hay obras que no buscan consolar. Tampoco explicar. Mucho menos complacer. Se resisten a encajar en lo que el espectador espera y, en ese gesto, obligan a mirar sin refugio. El trabajo de Mariana Cicerchia, ganadora este año del premio Creative Individual 2026 del Mass Cultural Council, habita precisamente en ese territorio incómodo donde las respuestas no solo sobran: estorban.
A lo largo de los años, su obra ha atravesado distintas etapas, pero todas comparten un mismo impulso: el arte como exploración interna del individuo, incluso cuando lo que aparece no es necesariamente agradable. Sus primeras series, profundamente ligadas a la maternidad y la domesticidad, ya contenían esa mezcla de lo íntimo y lo inquietante que incomoda porque es reconocible.

“Era una situación muy aislada vivir en Great Barrington… estaba yo con mis hijos, mi marido, y nadie más”, recuerda. Esa soledad no se resolvía: se acumulaba. Y en ese acumulamiento empezó a abrirse algo que no encontraba salida en lo cotidiano. La pintura apareció ahí, no como elección, sino como desborde. “Sentía que tenía cosas adentro que tenía que expresar… era como vomitar”, dice.
Pintaba de madrugada, cuando la casa estaba en silencio. “Me despertaba a las tres de la mañana y pintaba en el piso, hasta que los chicos se despertaban”. Ese gesto, casi clandestino e intuitivo, marca el origen de su obra: una práctica que no busca ordenarse, sino sobrevivir a lo que insiste en salir.

Nacida en Buenos Aires, Mariana Cicerchia pasó sus primeros años en un entorno muy distinto al que marcaría su infancia más decisiva. A los ocho años, su vida cambió de forma abrupta cuando su familia emigró a Nueva York en 1985, en medio de los efectos posteriores a la dictadura argentina.
La ciudad que encontró no era la postal idealizada que muchos imaginan hoy, sino un espacio áspero, salvaje, marcado por la crisis, la violencia y el aislamiento. “Nueva York en los 80 era una ciudad muy pesada… parecía que no había niños, sino mucha droga; estaba la epidemia del crack, gente desamparada, así que fue un cambio bastante duro... Ahora parece Disneylandia”, recuerda.

El contraste fue radical: de una infancia en la calle, en un barrio de Lanús donde podía moverse con libertad, e incluso hacer mandados, pasó a un departamento donde salir sola ya no era una opción. No es solo un cambio de paisaje: es una forma distinta de habitar el cuerpo, el miedo, el espacio.
Sin embargo, en medio de ese contexto, hubo un elemento que se mantuvo constante: el arte. “Si vos sos residente de Nueva York podés pagar lo que querés. Mis padres eran estudiantes, no había mucha plata. Íbamos con 15 centavos y con eso entrábamos al museo. Así como hay gente que va a la iglesia, nosotros íbamos al museo todos los fines de semana”.
Ahí comenzó a formarse una relación emocional con la imagen que va más allá de la técnica o la historia del arte. Es una memoria afectiva, casi corporal. Ella lo dice mejor “Tengo una sensación de volver a casa cuando veo un cuadro que ya he visto”, explica.
De regreso en Buenos Aires tras diez años en Estados Unidos, Mariana trabajó con la artista plástica Nora Correas en un intercambio: ayudaba en el taller a cambio de poder tomar clases.
“Nora tenía obras donde había como invasiones de hormigas, entonces yo hacía todas las hormigas”, recuerda entre risas, y añade: “Tenía que mezclar los materiales, hacer las patitas, esperar a que se secaran, unirlas… habré hecho como mil hormigas, fácil”.

Ese trabajo minucioso, repetitivo, casi mecánico, contrasta con la forma en que hoy construye su propia obra. Mariana no trabaja con bocetos ni planificaciones previas. “Para mí todo es intuición… lo más importante que hago es hacerme a un lado”, explica al hablar de su proceso de creación. La pintura, en ese sentido, no es un espacio de control, sino de exposición: algo pasa cuando la artista deja de intervenir.
En proyectos como Circo, esa lógica se vuelve más visible. Las figuras, que a primera vista parecen infantiles, conviven con presencias inquietantes, en escenas que oscilan entre el juego y la violencia simbólica. No hay una lectura cómoda.
“El circo es gente que no pertenece… aparece, entretiene y se va”, explica. En esa idea se condensa buena parte del sentido de la serie. El circo no es solo espectáculo; es desplazamiento, precariedad, cuerpos que existen para ser vistos, pero no necesariamente comprendidos. Cuerpos útiles mientras entretienen.
Dentro de esas composiciones aparecen figuras de control, de poder, incluso de violencia, pero sin fijarse en un solo significado. “Para mí tienen un sentido muy claro… pero otra persona puede ver algo completamente distinto, y está perfecto”, dice.

Esa ambigüedad no suaviza la obra: la vuelve más incómoda. “Toda mi obra es solitaria”, afirma. Incluso cuando hay múltiples elementos en escena, la lógica interna de la imagen responde a una experiencia individual. No es una soledad vacía, sino habitada: un espacio donde ocurren procesos que no buscan ser compartidos de forma transparente.
Su serie más reciente, My Berlin Wall, introduce un nuevo nivel de urgencia. Aquí, la dimensión política aparece con mayor claridad, aunque sigue filtrada por lo personal. La obra surge como respuesta a contextos de tensión, como un juego de espejos entre Estados Unidos y Argentina, pero no desde un discurso directo, sino desde una necesidad que no encuentra otra salida. “Empecé con una sola obra, para sacarme lo que tenía adentro”, explica.

En My Berlin Wall, que se exhibirá en su totalidad en A.P.E. Gallery en Northampton, Massachusetts, el próximo mes de septiembre, Mariana introduce un nuevo elemento: la palabra. La superficie de la pintura comienza a comportarse como un muro: capas, frases, marcas, gestos rápidos que recuerdan al grafiti como forma de protesta. No hay pulido. No hay distancia.
“Era como pintar una pared… decir lo que tienes que decir y salir”, dice.
La referencia al muro de Berlín no es solo estética, sino conceptual: un espacio donde la expresión surge de manera urgente y donde lo político y lo personal se mezclan sin jerarquía. Un lugar donde escribir también es exponerse.

En esa misma línea, la biculturalidad atraviesa su obra de manera sutil pero persistente. No aparece como discurso, sino como fricción. En algunas piezas emergen referencias directas a Argentina, como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, con sus pañuelos blancos marchando sobre superficies del periódico en inglés. No es integración: es superposición.
Es ahí donde su obra se vuelve también territorio de traducción: no solo entre idiomas, sino entre experiencias que no terminan de coincidir. Entre lo vivido y lo que se intenta nombrar. Entre un lugar que se dejó atrás y otro que nunca termina de sentirse propio.

Hay capas, restos de intuición.
Mariana, ante todo, rechaza la idea de encasillarse y defiende la posibilidad de cambiar, de moverse, de no repetirse. “Si mañana quiero ser otra cosa, puedo”, dice.
Para ella, la espera es uno de los momentos más difíciles del proceso creativo: ese vacío que queda cuando una etapa termina y la siguiente aún no aparece. Un tiempo donde no hay obra, pero tampoco hay descanso. “Ese espacio cuando algo se termina y todavía no nació lo siguiente… eso es lo más difícil”, admite.
Y vuelve a una idea que resuena con su proceso, en palabras del poeta argentino Juan Gelman:“sale lo que sale, no lo que uno quiera que salga. No puede haber plan, hablo de mí por lo menos, la inspiración viene cuando quiere ella, y cuando quiere se va”.

Es un tiempo de silencio donde la intuición aún no toma forma. Frente a eso, su respuesta no es forzar, sino sostener la incomodidad. Esperar.
Al final, la obra de Mariana no se construye desde certezas, sino desde esa tensión que no termina de resolverse. La pintura no aparece como un lugar de respuestas, “para mí, la pintura es un lugar donde puedo hacer preguntas”, dice.
Y ahí está su fuerza,no en lo que explica.Sino en lo que no deja cerrar.



