Hacia la luz: gente real. historias Reales. Los nombres que el estigma intentó borrar
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Hay un momento, al entrar en el Downstreet Hotel en North Adams, en que el cuerpo entiende antes que la cabeza. No es el silencio que plaga una de las tres galerías ubicada en el 40 de Main St, sino es lo que ese silencio contiene.
La luz cae suave sobre el papel y las tes paredes blancas de la exhibición. Los retratos hechos con grafito por disintos artistas están alineados, inmóviles, como si esperaran algo que nunca llega. No hay dramatismo en el trazo. No hay exageración. Solo presencia. Rostros que no piden compasión, pero tampoco permiten indiferencia.

Los retratos al estar hechos en lápiz invitan con ese contraste a servir de metáfora al visitante: cada vida ahí representada está hecha de momentos de oscuridad y de luminocidad.
Uno camina despacio, en medio de las mesas donde descansan cajas con pañuleos desechables (más que necesarios por lo ahí narrado). No por protocolo. Por necesidad, porque cada imagen obliga a detenerse.
Into Light: Real People. Real Stories/ Hacia la luz: Gente real. Historias Reales. no comienza con la muerte. Comienza antes. Insiste en ese antes como una forma de resistencia, como una forma de combatir el estigma que acarrea morir de una sobredosis.
El proyecto, fue creado por la artista Teresa Crowler tras perder a su hijo por sobredosis, nace de una urgencia íntima que luego se vuelve pública: devolverle humanidad a quienes fueron absorbidos por un lenguaje que simplifica, que etiqueta, que reduce: la artista al perder a su hijo, comenzó a dibujarlo una y otra vez para invocar por medio de los trazos su recuerdo, hasta el punto de aprenderse cada parte de su rostro a través del trazo; cuando ella había dibujado suficiente a su hijo (honrarlo en su memoria), se dio a la tarea de dibujar a otras vícitmas de su vecindario que hubieran fallecido por las mismas circunstanicas.
En los Berkshires, donde cerca de 500 personas han muerto por sobredosis desde 2013, esa urgencia no es conceptual. Es concreta y necesaria. Está anclada en nombres, en familias, en ausencias que siguen ocupando espacio.

Aquí, en la galería esas ausencias tienen rostros locales: James Ryan Boland aparece en la sala sin anunciarse. No entra como una historia trágica, sino como alguien que vivió con intensidad. Amaba el océano, los deportes, el movimiento constante. Era padre. Era hijo. Era alguien que pertenecía a nuestra comunidad.
Su historia como muchas aquí no se organiza en torno a la adicción. La adicción llega después. Como una grieta que se abre lentamente. Como algo que no borra de inmediato, sino que desplaza, que altera, que transforma.
Antes de eso, hay vida. Hay identidad y vínculos.Y esos vínculos permanecen.

Jennifer B. Carrigan es recordada desde otro lugar: el de la presencia emocional. Quienes escriben (familia y amigos) sobre ella no empiezan con su enfermedad, sino con su forma de mirar, de hablar, de conectar. Era honesta, directa, profundamente humana. Jennifer tenía la capacidad rara de hacer sentir a otros comprendidos.
Luego vienen los años difíciles. Las recaídas. La fatiga. El desgaste de quienes la rodeaban y, al mismo tiempo, la persistencia del afecto. Nada de eso es lineal,nada de eso cabe en una narrativa simple.

David Taylor permanece en lo cotidiano. En los detalles que, en vida, parecen menores y que, después, se vuelven irremplazables. Su sonrisa. Las conversaciones largas. La música en el fondo de un viaje en auto. Los pequeños rituales que construyen una vida sin anunciarlo.
Su historia no tiene un solo punto de quiebre. Tiene muchos. Cambios graduales. Momentos que, vistos en retrospectiva, adquieren otro peso.Pero aquí no se cuentan para explicar su final. Se cuentan para devolverle su totalidad.
Si algo hay que recriminar a Into Light, es quizá su escasa representación demográfica, como si la gente de color y latina no fuera suceptible de caer en ese estigma que son las adicciones. Tampoco se muestra el material en español, por lo que se invita al visitante a usar el traductor en su celular.
Dejando esas características de lado, o quizá subrayando más esas ausencias ahí está la incomodidad de Into Lgiht: impide la simplificación. Porque el estigma necesita historias cortas para cristalizarse. Necesita categorías.
En Into Light no hay nada de eso. Aquí hay tiempo, mesas para sentarse, pañuelos para limpiarse las lágrimas de ser necesario; hay complejidad y contradicción.
En una de las paredes, una frase del ex cirujano general de Estados Unidos, Jerome Adams, aparece sin adornos:“El mayor peligro es el estigma. El estigma mantiene a las personas en las sombras y les impide pedir ayuda”.
Después de recorrer la sala, la frase deja de ser una idea y se convierte en evidencia.
¿Qué cambia cuando sabes el nombre de alguien?¿Qué crees saber sobre quienes viven con trastornos por uso de sustancias?¿Qué historias eliges escuchar y cuáles evitas?

No hay respuestas rápidas.Solo familias rotas por la pérdida, reales, amistades perdidas, en comunidades que cargan la duelos acumulados. Las familias que compartieron estas historias hicieron algo difícil de dimensionar: tomaron un dolor profundamente privado y lo hicieron visible. No para exponerlo, sino para transformarlo.
Para que otros puedan ver, nombrar y tal vez, puedan pedir ayuda. En ese gesto hay una forma de cuidado colectivo. Los rostros permanecen. Las historias también. Se quedan en la memoria con una persistencia incómoda, como si exigieran algo que no termina de definirse y quizá eso sea lo más cercano a una respuesta.
Entender que ninguna de estas vidas comenzó donde terminó. Que cada una fue como insiste la propia exposición amada, compleja, significativa y que reducirlas a su final no solo es inexacto; es una forma de borrarlas.
En los Berkshires, ese borrado ya no es posible.
Qué: Into Light
Dónde: Hotel Downstreet, 40 Main St., North Adams
En exhibición: 13 de marzo — 30 de junio
Horario: 8 a.m. a 8 p.m.



