De sobrevivir a servir: la historia de Fernando y su lucha por la comunidad inmigrante en los Berkshire
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Antes de convertirse en una voz para otros, Fernando tuvo que quedarse completamente solo...No fue en una oficina a altas horas de la noche. No en una reunión familiar. Fue en la oscuridad de la ruta 8, con el cuerpo desorientado, el agua hasta las rodillas y el silencio absoluto de una carretera en Massachusetts. Su carro acababa de volcarse de regreso de Great Barrington rumbo a Adams. No tenía el teléfono, no lo encontró. No sabía exactamente qué había pasado. Y, sin embargo, estaba vivo.
“Yo creo que si en ese accidente me hubiese muerto, no hubiera sido feliz”, dice ahora, con una claridad que no deja espacio para dudas.

Más que el impacto del vehículo por quedarse dormido tras el volante, ese momento fue el verdadero punto de quiebre. Pero la historia de Fernando no empieza ahí.
Fernando llegó a Estados Unidos en el año 2000, con 20 años. Venía de Ecuador, en medio de una de las crisis más profundas del país. “Lo que ocurrió en Ecuador en 1999 fue un cambio de gobierno… y la dolarización. Eso produjo un éxodo masivo”, recuerda. Él era parte de ese éxodo producido por el golpe de estado tras la crisis económica. En Quito, estaba a mitad de su carrera universitaria en ecoturismo. Su vida tenía dirección, tenía planes hasta que todo eso se detuvo abruptamente.
El golpe no fue solo económico. Su padre, arquitecto, había perdido contratos importantes cuando el gobierno decidió no honrar acuerdos previos. Lo que se rompió no fue únicamente la estabilidad financiera, sino algo más profundo. “Fue un desquebraje del contrato social… si no hay garantía en la relación con el gobierno, se vuelve imposible construir algo a largo plazo”, explica. La decisión fue inevitable: había que irse, migrar.
Llegar a Estados Unidos no fue un sueño cumplido. Fue un corte abrupto. Fernando pasó de ser estudiante universitario a trabajador de construcción. De tener un camino aparentemente claro a enfrentarse a uno completamente incierto. “Empecé en un trabajo de construcción en Stockbridge… físicamente extremadamente demandante”, recuerda. No hablaba inglés más allá de lo básico, “lo básico, como el verbo to be or not be” añade riendo.

Y he ahí el dilema, ser o no ser, en el nuevo entorno. La experiencia laboral era escasa (prácticamente nula) y, además, había algo más. Había cumplido 21 años. Ese número significaba quedar fuera de posibles caminos hacia un estatus migratorio legal. De pronto, no solo era un recién llegado: era un inmigrante sin documentos. “Ahora era alguien que no tenía un estatus migratorio seguro… era ilegal, sin documentos. Recuerdo el miedo que sentía cuando veía a un policía en el camino”, dice. Y con eso vino otra realidad: “Eres bienvenido si vas a cortar el césped o limpiar baños… pero si quieres tener poder de decisión, te encuentras con obstáculos”.
Los primeros años brutales: trabajo al despertar, hambre al regresar y sueño para repetir todo al día siguiente. Nada más. “Llegaba a casa todo adolorido, con mucha hambre… comía y me iba a dormir”, recuerda. No había espacio para pensar en identidad ni en futuro. Pero incluso en ese contexto, algo comenzó a moverse. Fernando empezó a tomar clases de inglés gratis el primer año gracias al BCC. Para hacerlo, debía viajar largas distancias en autobús 3 veces a la semana después del trabajo hasta Great Barrington. “Si me iba a quedar en este país, tenía que dominar el idioma”, entendió.
“No sólo era el lenguaje… era la cultura.No solo es la barrera del idioma, somos biculturales y adaptarse a eso toma tiempo”, dice. Ese aprendizaje no ocurrió de un día para otro, pero poco a poco fue reconstruyendo un camino que parecía perdido.
Seis meses después de empezar en la construcción, alguien vio algo que él aún no terminaba de ver. Su jefe le dijo: “Yo veo lo disciplinado que eres, mira, yo cada día tengo que esperar dos horas para que se me pase el dolor de las articulaciones … no te dediques a esto toda tu vida”, le dijo. Fue una advertencia sencilla, pero decisiva. Fernando empezó a estudiar: diseño gráfico, diseño web, análisis de datos, marketing. Trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. Vivía en un cuarto pequeño frente a la gasolinera Cumberland en Pittsfield, pagaba renta, transporte y estudios. Construía una nueva vida desde cero.

Con el tiempo, lo logró, llegó a ser director de marketing. Tenía estabilidad. Tenía resultados. Su trabajo hacía crecer a la empresa año tras año. Pero algo no estaba bien. “Había un sentido de insatisfacción… no me sentía completamente satisfecho”, admite. La vida funcionaba, pero no tenía sentido.
Ese vacío lo acompañó hasta aquella noche en la carretera. El carro volcó de regresó del Mahaiwe un domingo por la noche. El frío, la oscuridad, la desorientación. Luego la policía, el interrogatorio, la incredulidad. “Todas las ventanas estaban rotas… y yo no tenía ni un rasguño”, recuerda. El accidente fue grave, pero lo más importante no fue lo que pasó afuera. Fue lo que pasó adentro.
Esa noche, mientras caminaba de Lanesborough rumbo a su casa en Adams tras salir del vehículo, una sensación de humildad aumentaba a cada paso que daba, Fernando se hizo una pregunta sin evasivas. ¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir? La respuesta fue no.

Llego a su casa caminando, desde su vehículo hasta Adams, durante la noche hasta despuntar el amanecer sin importarle dejar su coche en el fondo de ese barranco. “Cuando llegué a casa me bañé con agua caliente, no tenía ni un solo rasguño, me acosté a dormir. A la media hora la policia estatal tocó mi puerta. Me dijeron que estaba bajo arresto”. Luego hubo un cambio de planes porque el oficial no le creyó que él hubiera estado manejando al verlo entero.
—Yo sé que tú estás cubriendo a alguien.
—¿Por qué?
—No vale la pena que te arruines la vida por alguien...
El auto estaba completamente destruido, las ventanas reventadas...Después del accidente, tras salir ileso de milagro, no volvió a su trabajo. No porque no pudiera, sino porque entendió que no quería. “Me di cuenta esa noche de que tengo una vocación de servicio… ayudar a otras personas es lo que más sentido me da”, dice. Ese fue el verdadero giro, no de carrera, sino de propósito.
Fernando no dejó atrás su historia migrante. La convirtió en su herramienta. Hoy trabaja en distintos frentes apoyando a la comunidad inmigrante, desde educación sobre derechos hasta organización comunitaria. “Todas las habilidades se transfieren, nosotros mismos somos los que nos ponemos límites” señala al hablar de cómo fue cambiar el marketing por la abogacía social.
Uno de los trabajos que más lo marcó y del que está orgulloso de haber sido parte de fue el de ayudar a personas sin estatus migratorio a obtener licencias de conducir en Massachusetts en 2023, algo que él mismo no tuvo durante años.

Cuando la ley cambió, vio el impacto inmediato. “Había gente que salía llorando y saltando de alegría… ya no tenían que caminar horas, podían llevar a sus hijos a la escuela o ir en carro al mandado”.
Otro de los proyectos que le llena de orgullo es el haber trabajado con el distrito escolar de Pittsfield, porque como dice "ya hay líneas multilingües en español, portugués, criollo haitiano las personas pueden marcar y hay aplicaciones para comunicarse con especialistas que saben trabajar la biculturalidad. La gente puede sentirse escucha. Queremos seguir trabajando y en el futuro tener clases en español, clases de la historia de Ecuador, Colombia, Venezuela”.
Pero el trabajo no es sencillo. “El sistema es discriminatorio… es una pelea constante, de todos los días”, afirma. Aun así, continúa con su labor con una piel gruesa que solo la vocación puede darle. Porque entiende que no se trata solo de resolver problemas individuales, sino de transformar estructuras.
Recuerda una conversación con una niña en la escuela que le preguntó confundida si tendría que fingir ser otra persona toda su vida. Fernando no dudó en responderle “Tu valor es que eres diferente… que hablas otro idioma, que vienes de otra cultura”, le dijo.
Hoy, cuando habla del futuro, no habla solo de integración. Habla de poder. “Hay una diferencia entre acceso y poder de decisión. Entre ser miembro de una junta y tomar las decisiones”, explica. Porque la comunidad latina crece, pero aún no decide.

Y a quienes sienten que no tienen papeles, que no tienen voz o que no tienen lugar, les responde con firmeza: “El no tener documentos no borra las contribuciones que haces”.
Aquella noche, en la carretera, Fernando no encontró su teléfono para pedir ayuda. Pero encontró algo más importante: claridad. Hoy no ve ese momento como un accidente, sino como una oportunidad. La misma que decidió ver cuando dejó su país años atrás.
“Podía verlo como una pérdida… o como una oportunidad”, dice sobre su migración.
Eligió oportunidad. Y volvió a elegirla cuando más importaba: a veces el verdadero cambio no ocurre cuando todo se derrumba, sino cuando te das cuenta de que, aunque estés de pie, no estás donde quieres estar… y decides moverte.
Gracias a eso Fernando al poner su cabeza contra la almohada puede decir que esa es su mayor satisfacción “el cómo me siento al final del día, esa es mi mayor satisfacción, ya no está ese vacío que sentía”



