Copy of Clemente Sajquiy-Ramirez o la lengua que no cabía en el salón

Mucho antes de cruzar la frontera hacia Estados Unidos, Clemente Sajquiy-Ramirez ya sabía lo que es sentirse fuera de lugar. En la escuela de San Pedro Cutzán, su aldea en Guatemala, no se hablaba Tz’utujil, la lengua maya de su comunidad. Las palabras que escuchaba en casa desaparecían apenas entraba al salón de clases, como si una parte de su identidad tuviera que quedarse afuera antes de tomar asiento. Décadas después, sentado en la cervecería Hot Plate de Pittsfield, Clemente todavía habla de esa sensación: aprender desde niño que hay mundos que parecen no tener espacio para ti.
Ahí en la escuela el mensaje se repetía todos los días hasta volverse una ley interna: lo que tú eres no pertenece aquí; tu mundo no existe. “Uno no lo piensa así de niño”, dice ahora. “Pero lo internalizas de algún modo”.
Clemente Sajquiy mueve las manos al hablar con calma, con el peso de cada palabra bien medido al salir de su boca. Tiene 41 años y llegó a Estados Unidos en 2008, a los 22, cruzando la frontera a pie por Laredo, Texas, después de un viaje de un mes por México.

“Fue toda una aventura...” y todo empezó con una deuda que no era suya, sino de su madre.
Recién graduado como electricista del Instituto Técnico Retalteco, Clemente tenía planes claros: trabajar, ganar algunos quetzales, estudiar y obtener un título universitario. Decía: “Yo tengo un diploma como electricista. Ya la voy a hacer”.
En la capital guatemalteca la realidad fue otra. Entró a una planta con jornadas de siete de la mañana a siete de la noche, seis días a la semana. Sin tiempo. Sin margen. Sin futuro visible.
“Era trabajar y pagar tus biles nada más”. Ganaba unos 200 dólares semanales. Su madre tenía una deuda de 4,000 dólares. “Lo que ganaba apenas me alcanzaba para vivir. No me quedaba nada para ayudar a mi mamá. Y mucho menos para estudiar”. Y ahí, como un sueño no deseado, migrar apareció en su mente como una nube lejana hasta transformarse en una obligación.

El viaje hacia el norte no lo recuerda como sufrimiento. “Sí había miedo”, admite. “Pero todo me fascinaba. Era como un niño”. En Oaxaca, durante una parada del autobús, escuchó a unas mujeres conversar en una lengua que le erizó la piel. No entendía todas las palabras, pero ciertos sonidos le atravesaron el cuerpo como un recuerdo. Entre el ruido del motor y las voces de los pasajeros alcanzó a reconocer “Ya’”, agua en Tz’utujil. Por primera vez lejos de Guatemala sintió que algo suyo seguía vivo en otra gente.
“Dije: ¿están hablando un idioma similar al mío?” dice con los ojos sorpresivos bien abiertos como si volviera a ese primer momento y añade: “Leer en la escuela sobre otros grupos indígenas es una cosa, pero estar enfrente de alguien es otra”. Ahí empezó a comprender que su identidad era parte de algo más amplio, más complejo.
Al cruzar a Estados Unidos, el contraste fue inmediato. “Del otro lado del río se miraba completamente diferente”. Casas más ordenadas, calles distintas, banquetas en buen estado: una promesa escondida en esa nueva estética. “No como México, que se parece bastante a Guatemala”.
En Estados Unidos, el verdadero reto no fue entrar, sino pertenecer. Al llegar, para Clemente fue una colisión de tres mundos dentro de él: el indígena, el español aprendido en la escuela y el estadounidense que estaba descubriendo. Durante años trató de acomodarlos, pero no pudo. “Sentí que no pertenecía. Ni aquí, ni allá”.
Ese maremoto cultural interno terminó desbordándose un día. Todo se acumuló y encontró su cauce en las artes. Murieron sus padres, su relación de pareja se rompía y enfrentaba preguntas profundas sobre su identidad sexual. “Estaba lidiando con mi identidad”, dice ahora desde la bisexualidad. No entra en todos los detalles, pero lo que siguió fue un punto de quiebre. “Me di cuenta de la importancia de tener una identidad sólida”.

Si su mundo interno no cabía en el exterior, el arte (dice, más como una necesidad que como una vocación) “fue un espacio donde pude desembocar todo eso”.
Empezó dibujando con carboncillo. Luego vinieron la pintura, la escritura y la escultura. No buscaba convertirse en artista; buscaba entender qué hacer con todo lo que llevaba dentro.
“Para mí el arte es un taller donde empecé a cuestionar todo”, explica. Habla de impulsos, de emociones guardadas, de experiencias que salen sin control. “Es como cuando te pegan en la rodilla y reaccionas sin pensarlo. Así es para mí la expresión”.

Con el tiempo entendió algo clave: gran parte de su creatividad nacía precisamente de esa fragmentación, de haber crecido sintiéndose entre mundos.
Años después, llego el reconocimiento por parte del Massachusetts Black and Latino Legislative Caucus como Latinx Trailblazer en la casa estatal del gobierno y su trabajo artístico le valdría reconocimientos del BCC 40 Under 40 y la Iris Residency de MASS MoCA, pero para Clemente el arte nunca empezó como una carrera. Empezó como una forma de sobrevivirse a sí mismo.
Pero el proceso no se quedó en lo personal. Clemente empezó a mirar hacia afuera, hacia su comunidad Tz’utujil en Great Barrington. Calcula que son unas 50 o 60 personas. Muchos con un español limitado. Algunos no saben leer ni escribir con facilidad. Pero el reto no es solo lingüístico. Es más profundo. Si al hispanohablante le cuesta por la barrera del idioma, al indígena hay que añadirle una barrera extra: “El indígena carga con un obsctáculo aún mayor, también arrastra el trauma de la conquista que actualmente se traduce en no pertenecer ni en su propio país de origen”.

Por eso insiste en la lengua Tz’utujil. “Los niños la están perdiendo”. No lo dice como un dato, sino como una advertencia. Porque cuando se pierde una lengua, se pierde también una forma de entender el mundo.
Por eso, hace cuatro años, en plena pandemia, decidió junto con otros miembros de la comunidad hacer algo concreto: revivir el Baile de Judas, una tradición de su aldea. "Una niña hizo las trenzas para el muñeco, mi hermano cocinó para nosotros y otros dieron donaciones en dinero y cerveza para cubriri gastos".Sincretismo indígena: un muñeco de paja, música, comida, gente. “Llegaron todos”, recuerda. Más que una fiesta, fue un reencuentro. “Nos da una sensación de identidad. Algo de nuestro pueblo”.
En el Baile de Judas, el muñeco de paja pasa de mano en mano entre música, risas y vapores de comida. Los niños y adultos bailan con el muñeco como si por unas horas el pueblo De San Pedro Cutzán hubiera viajado desde Guatemala hasta los Berkshires. Al final, cuando los cuetes revientan dentro del muñeco y las chispas iluminan la noche, algo más parece estallar también: la distancia.

Pero más allá de revivir una tradición, Clemente quiere ir más lejos. Sueña con una organización, un centro, un espacio formal para la comunidad Tz’utujil, o incluso para distintos grupos mayas en los Berkshires.
Un lugar donde la gente pueda llegar sin miedo, donde su idioma tenga espacio, donde su existencia sea visible. “Tener una oficina le da oficialización. Le da un sentido de que sí perteneces”. Pero sabe que el principal obstáculo no está afuera. “El principal reto es hacerles ver que esto es necesario desde dentro”. Muchos están enfocados en trabajar, mandar dinero a Guatemala, construir una casa y regresar algún día. Lo urgente desplaza lo importante.
Clemente no se presenta como líder, sino como un facilitador. Como toda figura con responsabilidad en su comunidad, ha tenido momentos de duda, como compartió en su GoFundMe el año pasado: “A pesar de las grandes esperanzas que tenía cuando empecé en 2016, considerando que estaba en un país considerado un faro de la democracia y tomando en cuenta el enorme apoyo que recibí de la comunidad, especialmente cuando vienes de la pobreza extrema y/o eres un inmigrante que busca refugio en los Berkshires, he llegado a dudar si debo seguir participando cívicamente. Hasta ahora, eso solo ha significado retrocesos económicos”.
En esos momentos hay una idea que lo ha guiado: no se trata de avanzar solo. “El trabajo no está en avanzar tú solo”, dice. “Está en voltear la cabeza y avanzar con la comunidad”.
En Great Barrington, lejos de su aldea pero más cerca de su raíz de lo que parece, Clemente está haciendo justamente eso: mirar a los suyos, insistir, incomodar a veces a otros para sostener a su comunidad. Ya no con la voz baja de quien busca pasar desapercibido, sino con una convicción que atraviesa toda su historia: que su lengua no desaparezca, que su gente no se quede mirando desde lejos, que algún día no tengan que preguntarse si pertenecen.



