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Bullying y racismo: ¿Quién pertenece y en qué condiciones?

  • hace 21 horas
  • 5 Min. de lectura

Por: Tamara Richter, Ph.D., es licenciada en Ciencias Educativas, Maestría en Aprendizaje a lo Largo de la Vida: Política y Gestión, y un Doctorado en Educación.


Al comenzar a escribir este artículo sobre el bullying me vino a la mente una compañera de escuela cuyos padres eran mexicanos. Ella no hablaba español porque su familia temía que su acento la hiciera vulnerable a la discriminación. Recuerdo también a otra amiga que había vivido casi toda su vida en Estados Unidos y que, sin embargo, debía luchar por obtener la ciudadanía que yo tenía automáticamente por haber nacido en el país.


Con el tiempo comprendí que aquellas historias no eran casos aislados. Esos recuerdos comenzaron a tomar la forma de preguntas: ¿quién pertenece y en qué condiciones? ¿Es esta exclusión lo que llamamos bullying?


El toro por los cuernos...


El bullying suele entenderse como un problema de comportamiento individual. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.



La investigación muestra que el bullying es un fenómeno profundamente social, donde el racismo puede añadir un grado adicional de complejidad.


El psicólogo noruego Dan Olweus, pionero en el estudio sistemático del bullying, lo definió como una conducta agresiva, intencional y repetida en el tiempo que ocurre dentro de una relación donde existe un desequilibrio de poder. No se trata de un conflicto aislado entre iguales, sino de una dinámica sostenida donde alguien queda en una posición vulnerable.


Porque el bullying no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de una comunidad que distribuye poder, estatus y aceptación. En ese contexto, el bullying puede convertirse en una forma distorsionada de negociar el lugar, la visibilidad y el reconocimiento.



Si ahora trasladamos el racismo a esta fórmula, la dinámica se vuelve aún más compleja. Cuando la pertenencia está atravesada por la raza, la lengua o el estatus migratorio, el desequilibrio de poder no es solamente interpersonal: también es socialmente estructural.


La estudiante que no hablaba español no estaba simplemente tomando una decisión lingüística. Estaba anticipando una jerarquía. Mi amiga que luchaba por su ciudadanía no enfrentaba solo un trámite administrativo; enfrentaba también la pregunta de si su vida entera en este país bastaba para ser considerada parte de él.


En medio de esto conviene recordar que el bullying racial no siempre adopta la forma de un insulto explícito.


Puede aparecer en bromas sobre acentos, en la exotización constante de una persona, en la sospecha automática o en el silencio frente a comentarios despectivos. Muchas veces se sostiene no porque todos participen activamente, sino porque las jerarquías de pertenencia ya están normalizadas.


También hay una dimensión biológica detrás de todo esto.



El cerebro humano, especialmente la corteza prefrontal, la región asociada con la toma de decisiones, la regulación emocional y el pensamiento complejo, continúa desarrollándose hasta los 25 o incluso 30 años. Esto significa que nuestra capacidad para integrar múltiples niveles de realidad (identidad personal, normas sociales, estructuras institucionales y desigualdad histórica) no siempre está plenamente disponible durante la adolescencia o los primeros años de adultez.


Y es precisamente en esas etapas de la vida cuando la necesidad de pertenecer alcanza uno de sus puntos más intensos.


La aceptación social no es solo un deseo emocional; también es una experiencia biológica. El cerebro joven es especialmente sensible al reconocimiento, al rechazo y al estatus dentro del grupo. Encajar no es superficial: es una necesidad psicológica fundamental.


Crecer en un entorno que se describe a sí mismo como multicultural, como Massachusetts, puede hacer que estas dinámicas sean aún más difíciles de identificar. Cuando el discurso dominante afirma que la diversidad es bienvenida, se vuelve más complejo reconocer las formas sutiles en que ciertas diferencias siguen marcando jerarquías de pertenencia.


Con el tiempo, lo que en un momento parecía una decisión personal como no hablar español, puede entenderse como parte de una estructura más amplia. Aprender a reconocer estas dinámicas es, en sí mismo, parte del proceso de aprender a pertenecer y de comenzar a comprender las estructuras de la sociedad estadounidense en la que vivimos.


La pertenencia en los Berkshires no es igual para todos


En comunidades pequeñas del condado Berkshire, como Adams, Hancock o Tyringham, la pertenencia puede adquirir un peso distinto. Cuando la diversidad es menor, la diferencia se vuelve más visible.



Incluso en los poblados con mayor diversidad del condado, el bullying racial puede manifestarse en interacciones cotidianas que, vistas de forma aislada, pueden parecer insignificantes: preguntas insistentes sobre el origen, bromas sobre la pronunciación de ciertas palabras, expectativas de representar “tu cultura” o la presión implícita de demostrar constantemente que se merece estar aquí.


Son experiencias que no siempre se nombran como racismo. Pero, repetidas una y otra vez, transmiten un mensaje persistente: para algunas personas, la pertenencia nunca se da por sentada. Siempre debe demostrarse.



Cómo reconocer y responder al bullying en nuestra comunidad


El bullying implica repetición, desequilibrio de poder y daño emocional. Puede expresarse de manera directa o indirecta. Algunas señales pueden incluir:


  • Burlas frecuentes sobre acento, idioma, apariencia o cultura.

  • Comentarios que cuestionan constantemente el origen o la legitimidad de pertenecer.

  • Exclusión social sistemática o aislamiento dentro de grupos.

  • Cambios en el comportamiento de un niño o adolescente: retraimiento, ansiedad, rechazo a ir a la escuela o pérdida de interés en actividades habituales.

  • Necesidad excesiva de ocultar aspectos de la identidad para evitar atención negativa.

  • Bromas que se justifican como “solo chistes”, pero que se repiten y generan incomodidad o vergüenza.


Si soy madre o padre de un niño que sufre bullying, aprende a:


  • Escuchar sin minimizar. Frases como “ignóralo” o “no es para tanto” pueden aumentar el aislamiento.

  • Validar la experiencia emocional, incluso si el incidente parece pequeño.

  • Observar cambios en la conducta, el sueño, el apetito o la autoestima.

  • Comunicarse con la escuela y documentar situaciones repetidas.

  • Fortalecer la identidad del niño: lengua, cultura, historia familiar y redes de apoyo.

  • Buscar ayuda profesional si hay señales de ansiedad, depresión o retraimiento persistente.


Pero, ¿y si soy madre o padre de un niño que ejerce bullying?



Esto puede resultar difícil de aceptar, pero intervenir temprano es fundamental. Recordemos que los niños que ejercen bullying muchas veces también están atravesando dificultades sociales o emocionales y necesitan apoyo.


  • Evitar respuestas únicamente punitivas; el castigo sin comprensión rara vez cambia dinámicas sociales.

  • Explorar qué necesidad social está intentando resolver el niño: aceptación, control o reconocimiento.

  • Hablar explícitamente sobre empatía y las consecuencias del daño.

  • Modelar formas saludables de relación y manejo del poder.

  • Trabajar con la escuela para intervenir de manera educativa, no solo disciplinaria.


Muchos comportamientos agresivos nacen del miedo a no pertenecer. Comprender esto permite transformar la conducta, no solo sancionarla.


¿Y si soy testigo de bullying?


Los espectadores tenemos un rol central en la dinámica del bullying, sobre todo porque somos la mayoría. Si esa mayoría, en lugar de callar, levanta la voz y dice que lo que está pasando no está bien, el agresor pierde poder. Parte del poder del bullying se alimenta del silencio de los testigos.


"No al Bullying"
"No al Bullying"

Por eso aprendamos a:


  • Nombrar lo que ocurre.

  • No reforzar la burla con risa o silencio.

  • Ofrecer apoyo directo a la persona afectada.

  • Promover conversaciones sobre respeto, identidad y convivencia.

  • Participar en iniciativas escolares o comunitarias de inclusión.

  • Enseñar a los jóvenes que intervenir puede ser una forma de cuidado colectivo.


El bullying se sostiene socialmente, pero también puede detenerse socialmente.


Prevenir el bullying no significa eliminar el conflicto humano, sino construir comunidades donde la pertenencia no dependa de borrar partes de uno mismo. Cuando la diversidad se vive como una parte normal de la vida cotidiana, disminuye la necesidad de competir por el derecho a pertenecer.


Promover una pertenencia real es, en última instancia, una estrategia de salud comunitaria.

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