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Ricardo Santillán o la vida en una maleta de 50 libras

  • hace 19 horas
  • 4 Min. de lectura

Por: Ricardo Oliver Santillan


Nunca pensé que un día tendría que reducir toda mi vida a una maleta de 50 libras.


Vivía en la Ciudad de México, en la Roma, uno de esos barrios donde siempre parece que algo está ocurriendo. Las calles llenas de árboles de jacaranda, cafeterías abiertas hasta tarde, el ruido constante de la ciudad, los tacos a medianoche con grupos de gente arremolinándose frente a ellos hasta altas horas de la madrugada, la gente caminando rápido como si estuvieran persiguiendo algo importantísimo. Había caos, sí, pero era un caos vivo. Familiar.


Yo era arquitecto. Diseñaba espacios, imaginaba edificios antes de que existieran. Vivía entre planos, clientes difíciles y fechas de entrega imposibles que juraba odiar, aunque en el fondo me hacían sentir útil. Sentía que estaba construyendo una vida sólida.


Ricardo en el despacho arquitectónico en la Ciudad de México
Ricardo en el despacho arquitectónico en la Ciudad de México

Vivía con mi esposa, mi hijo y Duna, la gata que venía incluida en el matrimonio y que nunca terminó de aceptarme del todo. Éramos una familia pequeña, imperfecta como todas hasta cierto punto, pero feliz.


Y entonces llegó el 2020. Al principio nadie entendía realmente lo que estaba pasando. En la oficina hacíamos bromas. “Serán dos semanas”, decíamos. “Como vacaciones”. Yo fui al Walmart a comprar lo básico para sobrevivir el supuesto apocalipsis: agua, atún, pañales, papel de baño decían en las noticias. Creí que exageraban cuando el papel higiénico comenzó a escasear, no teníamos idea.


Poco a poco la ciudad empezó a apagarse. La Roma dejó de sonar. Las calles se vaciaron. Los restaurantes y bares cerraron. Las ventanas de los negocios permanecían oscuras y algunas nunca más prendieron. Por primera vez escuché algo que jamás había existido en la Ciudad de México: silencio. Un silencio raro, incómodo, casi enfermo.


Y con ese silencio también empezó a derrumbarse mi vida.



Algunos clientes desaparecieron sin responder mensajes. La empresa donde trabajaba quebró al cancelarse la mayoría de los proyectos. De un momento a otro me quedé sentado en casa, desempleado, mirando el techo mientras mi hijo jugaba en el piso y una gata me observaba como si sospechara que yo había provocado todo aquello.


Pensé que no se podía estar más presionado, pero estaba equivocado: recuerdo el día exacto en que sentí verdadero miedo.


Mi esposa caminó lentamente hacia mí. Tenía una expresión que no pude descifrar al principio al verla acercarse a mí. Era una expresión que no había visto en su rostro, era una mezcla de nervios alegría y terror.


Estoy embarazada.


Y el mundo se me vino encima.


Octubre de 2020. Sin trabajo. Sin estabilidad. Con otro hijo en camino. Yo no podía dejar de pensar en la renta, en las cuentas, en el futuro. Había noches en las que fingía dormir para que mi esposa no notara que me quedaba despierto mirando la oscuridad.


¿Cómo se supone que uno le de seguridad al futuro de sus hijos cuando ni siquiera sabe qué pasará mañana?


Fue entonces cuando apareció la idea que cambiaría todo, ¿y si nos íbamos a Estados Unidos?



Mi esposa es ciudadana americana. Siempre había querido que nuestros hijos tuvieran doble nacionalidad como ella. Antes yo evitaba el tema. México era mi hogar. Mi vida estaba allá. Mi familia estaba allá. Mi historia estaba allá.


Pero el miedo tiene una forma muy extraña de mover las fronteras internas. Un día miré a mi hijo y le dije:


Escoge un juguete. El que más quieras. Ese se viene con nosotros.


Eligió un carrito rojo y un panda pequeño sin saber que se despedía del resto de sus juguetes, de sus abuelos, de sus tías, de su cuarto, de todo lo que conocía como hogar.

Y nosotros tampoco entendíamos realmente lo que significaba irse.


Porque migrar no empieza cuando cruzas una frontera. Empieza mucho antes. Empieza cuando entiendes que el lugar donde imaginabas tu futuro ya no puede sostenerte.



Entonces vino el caos: papeles, permisos, despedidas de la familia y amigos, el miedo, las lágrimas. La incertidumbre de no saber cuándo los volverás a ver. Intentar meter toda tu vida en una maleta y que no pase de 50 libras. Elegir qué recuerdos sobreviven y cuáles se quedan atrás.


Yo dejé mucho más que un trabajo. Dejé a mis padres, a mis hermanas a mis amigos. Migrar no es una comodidad, ¿para qué dejaría una red de apoyo que no se puede comprar en ningún centro comercial de este país? Dejé una profesión que amaba. Dejé una ciudad que todavía extraño todos los días.


Ricardo y su familia recién llegados a Estados Unidos
Ricardo y su familia recién llegados a Estados Unidos

Han pasado cinco años desde aquel vuelo.


Hoy trabajo construyendo con mis manos bajo el frío, bajo la lluvia y el calor sin tregua del verano, bajo un clima que todavía siento ajeno algunas mañanas en los Berkshires; antes dibujaba planos y estructuras que otros construían. Hoy las levanto yo mismo.


Pero no todo a sido malo, también encontré algo inesperado: personas buenas.


Oportunidades. Otra manera de entender la vida.



Hoy vivimos juntos mi esposa, mis hijos… y sí, también la gata.


La pandemia dejó cicatrices profundas en nosotros. Nos arrebató certezas. Nos obligó a empezar desde cero. Pero también me enseñó algo que antes no entendía:


La vida cambia en un instante. Los planes se rompen. Y a veces uno tiene que perder el mundo que conoce para descubrir de qué está hecho realmente.


Por ahora, el mío está hecho de libras. Pounds, así dicen acá.Y eso está bien.



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