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Race/Hustle de Zora J Murff en MassMoca

  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

Hay exposiciones que se visitan y otras que se atraviesan desde el interior. La muestra de Zora J Murff pertenece a la segunda categoría. No se limita a ocupar una pequeña sala en el segundo piso del MassMoca, sino que se abre paso incómodamente en el pensamiento del visitante.



Desde el primer impacto visual en la obra Me siento yo mismo unas bolsas de colores típicos de la resistencia africana se enmarcan como si fuese una pintura clásica, llaman la atención con la frase contundente “The Greatest Nigga in the Universe”; el espectador entiende que está frente a una crítica y no ante una celebración de victoria identitaria.


Murff toma un objeto cotidiano, propio del consumo masivo, y lo convierte en arte; la pieza es una trampa conceptual. La frase no declara que alguien sea “el mejor”, sino que funciona como seña, como objeto de intercambio, porque cualquiera que sostenga la bolsa podría reclamar el título. La identidad se vuelve transferible, vendible,asequible al mejor postor. Y en ese gesto el artista plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando incluso la afirmación racial se inserta dentro de la lógica del mercado?


EL “COMPLEJO DE EXCELENCIA”


El “complejo de excelencia negra” como una estrategia para navegar la negritud dentro del capitalismo y el espectáculo contemporáneo. Pero yendo más allá de los horizontes de la negritud, la pieza encaja sin problema en la narrativa latina; porque la excelencia se convierte también en la piel latina en mecanismo de supervivencia, y en espectáculo.



Murff no critica el éxito. Critica su instrumentalización. En un país donde la libertad suele presentarse como logro individual (éxito económico, visibilidad mediática, tener papeles, ascenso social) la exposición cuestiona si ese modelo realmente libera la identidad de nuestra raza o simplemente reorganiza la estructura del poder.


La pregunta central de la muestra es tan simple como radical e incómoda: ¿Cómo liberamos nuestra identidad racial cuando incluso nuestras victorias están mediadas por el mercado?


IMÁGENES QUE SE RESISTEN A SER CLARAS


Una de las piezas más perturbadoras es una fotografía pixelada que muestra a un hombre cayendo junto a un automóvil rojo. La imagen parece sacada de un archivo televisivo antiguo o de una grabación de baja resolución. No sabemos si se trata de un accidente, un acto de violencia o una escena reconstruida. La falta de nitidez pareciera un capricho del mero estilo, pero va más allá de eso.


Vivimos en una era saturada de imágenes de violencia racial, reproducidas hasta la desensibilización. Murff interrumpe esa lógica. Al pixelar, al distorsionar, obliga al espectador a mirar con más atención. A reconstruir los hechos y desandar los pasos de ese drama hasta cuestionarnos lo que está pasando, qué se está viendo y por qué.



De igual forma sucede en Gas Money, dos manos intercambian un billete de 20 dólares frente al rostro impreso del séptimo presidente de los Estados Unidos: Andrew Jackson, dueño durante su vida de alrededor de 300 esclavos. El billete parece suspendido en un espacio oscuro, ambiguo. No sabemos hacia dónde se mueve. No sabemos qué transacción está ocurriendo. ¿Es el pago por un favor? ¿Una economía informal? ¿Un gesto de ayuda? ¿Una transacción ilícita a las dos de la madrugada? Murff no moraliza. Expone la economía como dimensión inevitable de la vida cotidiana.


El billete flota ante el espectador de la gran fotografía entre la duda, necesidad y sospecha, y en medio de esa tensión está el corazón de la obra.


Porque en comunidades racializadas como la negra y la latina, el dinero no es simplemente instrumento financiero: es el estereotipo, es la frontera, es negociación, es supervivencia.



RESISTENCIA SIN ROMANTIZACIÓN


En otra obra, una figura sostiene un arma en un paisaje abierto, impresa sobre una superficie textil que suaviza la imagen hasta volverla casi espectral. El gesto remite la autodefensa y a la resistencia organizada, a la lucha del día a día. No hay glorificación, hay únicamente una cinematografía distribuida a lo largo del muro donde Murff alude a tradiciones de resistencia en comunidades afroamericanas, pero también a las contradicciones que emergen cuando esa resistencia se enfrenta al aparato estatal y a la narrativa dominante. Al final Murff no simplifica la historia. La problematiza.


RACE/HUSTLE: UNA PROVOCACIÓN NECESARIA


El título de la exposición, RACE/HUSTLE, encapsula su núcleo conceptual. “Race” “Raza” como categoría y como carrera. “Hustle” “Ajetreo” como trabajo informal, esfuerzo constante, estrategia de supervivencia.


La vida negra en Estados Unidos ha sido, históricamente, una carrera desigual dentro de un sistema estructuralmente inclinado. También de lo latino podríamos decir lo mismo,se compite siempre cuesta arriba desde la falta de papeles de la “ilegalidad”. El “Ajetreo” se convierte entonces en necesidad permanente. No es solo ambición. Es adaptación.


Murff observa cómo el capitalismo absorbe incluso las narrativas de resistencia, cómo transforma la identidad en producto. Pero también señala la posibilidad de imaginar otros modelos.


La muestra no ofrece respuestas cerradas. No predica. No se convierte en panfleto. En cambio, invita al espectador a examinar las raíces de las libertades prometidas por el discurso oficial estadounidense, por ese sueño americano que se persigue al cruzar la frontera ¿Es la libertad simplemente acceso al consumo? ¿Es movilidad económica?¿O es algo más profundo, más colectivo, más incómodo?



La muestra que raya en su simplicidad plástica dialoga de manera poderosa con el presente político sin caer en el ruido ideológico y porque el arte, cuando es verdaderamente relevante, no tranquiliza: despierta, incomoda.


La exposición de Zora J Murff no busca aplausos fáciles a través de su plasticidad ni soportes materiales. Busca conversación a través de sus imágenes. Busca tensión del otro lado, de aquel quien quien la mira: el espectador. Busca que el éste se lleve preguntas consigo, y en un momento histórico donde la imagen lo domina todo, Murff nos recuerda algo fundamental: que la verdadera identidad no se puede comprar con dinero, no es algo visual, es algo más caro, va más allá del capital y lo sentidos, y justo ahí es donde se conquista únicamente, desde el interior.

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