Clara Bargas o me caigo y me levanto
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Las mesas están llenas. La gente conversa, come y apenas levanta la mirada entre platos y vasos mientras una voz comienza a acompañar el sonido de los cubiertos. Son las 7:30 de la noche en el restaurante Tito’s de Pittsfield. Clara Bargas sostiene una guitarra pegada al pecho mientras interpreta un rock en español. En cada rasgueo aparecen la presión, los nervios y esa tensión que llega incluso después de decenas de presentaciones. Todo parece transcurrir como cualquier otro jueves hasta que deja de hacerlo. A media canción, el cable de la guitarra se enreda. Clara pierde el equilibrio y cae de boca frente a todos sin soltar el instrumento.
Por un instante nadie se mueve, nadie mastica.
Sus amigos piensan que se desmayó. Algunas personas se levantan. Otras miran sin entender qué acaba de pasar. El restaurante queda en silencio tras la caída. Clara se incorpora, acomoda la guitarra y rompe la tensión con una frase que meses después todavía cuenta entre risas:
“Rockeé demasiado fuerte”.
Las mesas se ríen. Ella también.
Para Clara, las caídas nunca han desaparecido del todo. Y fueron varias antes de recibir el anuncio más importante de su vida, apenas un par de meses: se había ganado una beca completa en Berklee College of Music. Todavía se pellizca, todavía no se la cree.

Porque durante años Clara aprendió a vivir entre dos versiones de sí misma. Había una Clara tímida, silenciosa, la que dudaba de su capacidad y pensaba demasiado las cosas antes de dar un paso. La que se asustaba nada más de saludar al portero del edificio de su abuela en el barrio de Palermo y estaba la otra: la que se subía a un escenario y parecía desaparecer dentro de la música. La que de niña agarraba palos de escoba y los convertía en micrófonos improvisados.
“Me daba mucha vergüenza todo, pero cuando me subía a un escenario me soltaba”, recuerda.
Es una aparente contradicción: sentirse incómoda ocupando espacio en la vida cotidiana y, al mismo tiempo, sentirse completamente libre frente a un público. Tal vez porque el escenario nunca fue un lugar para actuar. Tal vez porque era el único lugar donde sentía que podía dejar de hacerlo.

En su casa en Buenos Aires, convivían mundos distintos: el rock argentino de Calamaro, Cerati y Charlie García sonaba junto a U2, The Beatles, Pixies y The Cure. A eso se sumaban las tardes con su abuela, donde las zambas, chacareras, el tango y las voces como Mercedes Sosa formaban parte de la vida cotidiana.
“Tuve mucho de los dos mundos”, dice mientras sostiene un chai latte al fondo de la cafetería Wander, como si tratara de esconderse.
Y quizás esa frase explica más de lo que parece porque Clara nunca aprendió a pensar la música en fronteras.
“No tengo un género”. Añade y la frase no suena como una estrategia para esquivar la pregunta. Suena como alguien que pasó años construyéndose a partir de piezas distintas.
“Mientras más música conozca, más recursos tengo. Cada música tiene algo distinto y cada una te enseña algo y te ayuda a mejorar como artista”.
Pero si algo aparece una y otra vez cuando habla de su historia no es la seguridad, sino la duda.
“Si me preguntaban: si pudieras elegir cualquier cosa, sin importar la plata ni de dónde sos, siempre elegía música”. Lo difícil era creer que aquello podía existir fuera de un sueño. Hoy ese sueño está más cerca que nunca, con la mira puesta en Berklee, espera algún día aprender a desarrollar bandas sonoras para películas y series.
En Latinoamérica creció escuchando el "estudia algo estable, algo seguro, algo que te dé dinero. Ingeniería, arquitectura, medicina..." Cualquier cosa menos un sueño incierto.
Y aunque la música nunca desapareció, durante mucho tiempo la relación con ese deseo se pareció más a una negociación interna que nunca terminaba de concretarse. Como si una parte de ella dijera sí y otra respondiera que no.

Porque había una idea que volvía una y otra vez:
“Pensaba que nadie iba a querer escucharme”.
Incluso de niña la duda estuvo presente: a los 12 años escribió su primera canción después de ver The Get Down en Netflix y jugar con un pequeño teclado en casa. La canción, recuerda entre risas, era una tragedia absoluta.
“A los doce todo es drama”.
Su padre la escuchó desde otra habitación y se acercó para preguntarle qué estaba tocando.
“La hice yo”, respondió. No le creyeron.
Cuatro años atrás regresó a Estados Unidos, nació en Pittsfield en el 2001, pero desde los tres años se crió en Buenos Aires. Después de un momento difícil la porteña decidió seguir a su familia y volver a los Berkshires.
Dottie’s, Greylock, Lee outlets fueron los lugares en los que trabajó, era algo insostenible. Ella lo resume mejor:
“La vida es más que una hoja de cálculo de Excel”.
Así, gracias al apoyo de Katuemo poco a poco Clara empezó a confiar en ella. Su primer concierto llena de nervios fue en The Common, con Cerati y Charlie García en su repertorio; luego llegó a tocar hasta en tres presentaciones distintas el mismo día.
Un día después de tocar en MASS MoCA salió corriendo rumbo a Pittsfield para presentarse por primera vez en Tito’s y entonces empezó el desastre:
El micrófono dejó de funcionar, el tiempo comenzó a jugarle en contra y terminó llegando tarde. Cuando llegó supo inmediatamente que algo estaba mal. El dueño, Danny, estaba molesto y la vergüenza le cayó encima de golpe.
“Me quería enterrar viva al llegar”. Podía frustrarse, irse y desaparecer, pero en cambio hizo algo que terminaría convirtiéndose en una constante en su historia: dio la cara.
Explicó lo que había pasado. Pidió disculpas y tocó igual.
“Si quieres no me pagues” le dijo al dueño de Tito’s y al terminar la noche, le pagaron y además la invitaron a volver la semana siguiente.
Después otra. Y otra más. Hoy sigue tocando allí.

Pero sin duda la oportunidad que cambiaría todo apareció mientras estudiaba en BCC. Jeffrey Link, profesor, músico y graduado de Berklee College of Music, le hizo una pregunta que parecía demasiado sencilla:
¿Por qué no aplicas a una beca a Berklee?
“Tenía un montón de fantasmas. Pensé que no era suficientemente talentosa”.
Aun así envió la solicitud y meses después llegó la presentación más importante de su vida hasta ahora: la audición.
Entró a un salón pequeño con un piano Steinway de cola. Frente a ella había tres evaluadores con libretas abiertas y rostros imposibles de leer. Su instrumento, la voz.
Cantó el tango argentino La Comparsita y cuando salió de la sala estaba convencida de una sola cosa:
Había salido horrible. “Pensé que me había ido muy mal”.
Semanas después recibió un correo. Beca parcial: 15 mil dólares; Berklee cuesta alrededor de 80 mil dólares por año y Clara pensó que ahí terminaba la historia.
Mandó un correo explicando su decisión y tres semanas después llegó otro mensaje para sorpresa de ella, uno nuevo, uno que cambiaría todo.
La ayuda cubría prácticamente toda su carrera.
“Me quedé tirada en el piso de mi cocina, estaba sola, llorando mirando el techo”.
Después descubriría algo todavía más difícil de procesar cuando compartió la noticia con su familia: apenas un dos por ciento de estudiantes recibe una ayuda de ese nivel.
Y por primera vez sintió algo que le había costado años aceptar:
“Ok… soy buena en lo que hago”.
Ahora, Clara prepara cajas para mudarse a Boston a finales del verano, los Berkshires se los lleva en el corazón.
“Yo no sería quien soy ahora como artista si no fuera por los Berkshires. Amo este lugar y amo mucha gente de este lugar que han sido muy generosos conmigo y que yo no habría llegado donde estoy ahora si no fuera por los Berkshires”.
Adelante para Clara está Foreign, su primer EP bilingüe un proyecto que busca construir a partir de experiencias migratorias, identidad y emociones compartidas por quienes han aprendido a vivir entre lugares distintos.
“Uno puede ser extranjero de un país. Pero también puede ser extranjero de una emoción o una experiencia nueva”.
Clara pasó años sintiéndose extranjera dentro de ella misma:
“Si querés ser artista y amás lo que haces, hacelo. La vida es muy corta. Lo único que hay que hacer es moverse y trabajar muy duro. Pero se puede hacer. Yo soy la prueba de que se puede hacer. Jamás en mi vida creí en mí, jamás. Jamás en mi vida creí que iba a llegar a donde llegué ahora.”
Y aún así todavía siente nervios antes de tocar. Todavía duda.
Porque caerse no significa detenerse.



