Cada luna azul: entrevista a Carlos Uriona en Double Edge
- 17 jun
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Hay obras que no se miran; se visitan. Como quien vuelve a un pueblo, a un mejor amigo, a la infancia, a una lengua, a una herida o a una pregunta que nunca terminó de responderse.
Para Carlos Uriona, Once a Blue Moon no es simplemente una obra más dentro del universo creativo que Double Edge Theatre lleva décadas construyendo en los paisajes rurales de Ashfield. Es una forma de regresar. De volver, a la manera de Heráclito, a un río que ya no es el mismo, sabiendo que tampoco lo son el cuerpo, el país ni la memoria.

El título Once a Blue Moon, explica Uriona, podría traducirse como “cada muerte de obispo”, una expresión utilizada en distintos países de América Latina para referirse a algo que ocurre muy de vez en cuando.
“Es un dicho del sur de las Américas”, dice sonriendo y añade. “Es algo que pasa muy rara vez”.
En la obra, esa idea está ligada a la memoria, a esos recuerdos que emergen sin aviso desde algún rincón caprichoso del inconsciente. El protagonista de la obra evoca su juventud en Agua Santa, un pueblo ficticio que, al mismo tiempo, es todos los pueblos de América Latina.
“Es como recordar el futuro”, dice Carlos al pensar en la obra y en el momento político actual.
La frase no suena como una metáfora decorativa. En su voz tiene el peso de alguien que creció en una Argentina atravesada por golpes militares, vigilancia, censura y relatos oficiales que intentaban decidir qué debía recordarse y qué debía olvidarse. Porque recordar es darle significado al pasado desde el presente.

“Yo nací en 1956, un año después del golpe contra Perón. Era una sociedad militarizada, una democracia vigilada. Recuerdo los aviones caza de combate sobrevolando mi infancia”.
Mientras habla, viaja en la memoria del mismo modo que el protagonista de Once a Blue Moon. Solo que Carlos regresa a Cañuelas, en la provincia de Buenos Aires, junto a su hermano menor. Allí, entre el ruido de los motores de las avionetas, transformaban cualquier rincón en un escenario. Inventaban personajes, construían historias y convertían el paisaje en un territorio propio.
“El niño es muy serio cuando juega. No se embrutece cuando juega. No es una tontería. Crear mundos imaginarios es algo muy real”. Luego añade: “Al final, uno termina siendo lo que fue”.
La frase resume no solo su infancia, sino también toda su trayectoria. Porque el teatro ha estado presente en su vida desde muy temprano. Comenzó a actuar a los 14 años.
“Lo hacía para no ir a clases”, confiesa entre risas.
Pero enseguida aclara que el teatro es, ante todo, un hecho social. Y Once a Blue Moon es fiel a esa idea porque “La gente está incorporada a la escena. Es parte de la obra. Como espectador, te vas transportando dentro de ella”.

Para Uriona, volver a interpretar Once a Blue Moon este verano significa mucho más que regresar a un personaje conocido. Es una forma de reencontrarse consigo mismo.
“Me reafirma cada vez que la hago. Porque cuando uno ya no vive en la tierra donde nació, empieza a preguntarse quién es. La identidad es algo vulnerable, frágil. Hacer esta obra es, ante todo, reencontrarme conmigo mismo”.
Once a Blue Moon nació a partir de una invitación de sus compañeros de Double Edge. La obra es el resultado de una creación colectiva, pero su eje emocional parece surgir de una pregunta profundamente personal: ¿qué ocurre cuando alguien regresa al lugar del que partió y descubre que ese regreso no es limpio, ni lineal, ni completamente posible?
Uriona menciona a Juan Rulfo y su Pedro Páramo como influencias fundamentales. Esa sensación de volver a un lugar donde los vivos y los muertos conviven, donde el pasado no quedó atrás sino que continúa respirando en el presente, atraviesa toda la obra.
“Ya habíamos hecho Las mil y una noches, La Odisea, y me pidieron una retrospectiva de América Latina. Entonces empecé a contarles mis propias historias”.
Detrás de esos relatos también aparecen fragmentos de su propia vida.
“Mi familia era completa, pero después mi padre se fue y formó otra familia. Éramos dos hermanos. Mi madre volvió a trabajar en Buenos Aires. Mi familia tenía la ilusión de que yo hiciera algo distinto, así que consiguieron una especie de beca”.

Fue durante esos años cuando descubrió algo que terminaría definiendo su vida: el teatro popular.
Esa filosofía sigue latiendo hoy en cada tarima, en cada foco de luz y en cada clavo que sostiene el escenario de Double Edge. En Argentina participó en movimientos de teatro comunitario que llevaban espectáculos a barrios, escuelas y espacios públicos. Construían escenografías, trabajaban la carpintería, montaban sistemas eléctricos, armaban escenarios.
En Double Edge desarrolló una lógica parecida. Los artistas viven en las instalaciones, trabajan la tierra, construyen escenografías, colaboran en la difusión, realizan tareas de mantenimiento y participan en el funcionamiento cotidiano del teatro.
“No somos solamente actores”, explica. “Todos formamos parte de la comunidad”.

A sus vivencias en la Argentina de la dictadura se suman algunas de las voces más influyentes de la literatura latinoamericana. Borges, Neruda, Clarice Lispector, Juan Rulfo, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa aparecen como presencias que alimentan este universo creativo. Pero es Isabel Allende quien ocupa un lugar especial.
“La historia de Eva Luna está ahí. Y a través de Eva Luna yo cuento las mías”.
Once a Blue Moon tampoco es una obra convencional. No se sostiene únicamente sobre el texto ni se desarrolla dentro de una sala cerrada donde el público observa desde la distancia. En Double Edge, el paisaje forma parte de la dramaturgia. El río, los árboles, los pájaros, el silencio, la música, la percusión, los cuerpos en movimiento y la naturaleza participan activamente en la experiencia.
“La palabra importa, pero no manda”, explica Uriona.
En la obra conviven tango, cumbia, candombe, joropo venezolano, murga y distintas expresiones de la memoria afrolatina. Elementos que muchas veces comunican más allá de las palabras.
La obra se estrenó originalmente en 2015, en un Estados Unidos muy distinto al actual. Era el final de la administración Obama, antes de que muchas de las tensiones políticas que hoy dominan la conversación pública alcanzaran la intensidad de los últimos años.
Porque también existe una dimensión política.
Durante la dictadura argentina, recuperar la calle era recuperar un derecho.
“La gente no se podía reunir en las plazas”, recuerda.

Por eso, cuando el régimen comenzó a debilitarse, hacer teatro en espacios públicos se convirtió en una forma de resistencia. No se trataba solamente de entretener. Se trataba de volver a reunir cuerpos allí donde el poder había intentado imponer el aislamiento y el miedo.
Esa experiencia ayuda a entender por qué Double Edge terminó convirtiéndose en un hogar artístico para él.
Antes de llegar a Massachusetts, Uriona pasó por Knoxville, Tennessee, donde intentó desarrollar proyectos comunitarios vinculados al teatro desde el ámbito universitario. Pero pronto comprendió que le estaban pidiendo algo distinto: un modelo más cercano al
entretenimiento comercial y más distante del teatro popular que había marcado su formación.
“Yo no trabajo por un sueldo”, dice. “Necesito el sueldo para vivir, pero no trabajo por el sueldo. Trabajo por el corazón”.
En 1997 llegó a Ashfield y encontró una granja, una compañía de artistas y una posibilidad.
Allí descubrió que su experiencia con el teatro rural, el circo, la autogestión y el trabajo comunitario encajaba de manera natural con la visión de Double Edge.
Para Uriona, la idea de que el teatro solo puede existir en las ciudades siempre ha sido una ficción.

“El teatro rural existe en todas partes”, afirma. “Existe en Bali, en India, en México, en América Latina, en los circos, en las fiestas populares. Existe donde la gente se reúne para contar historias”.
Ahora, al regresar a Once a Blue Moon, tampoco encuentra la misma experiencia que hace años.
“Soy más viejo”, dice entre risas.
Pero el sentido profundo permanece intacto: que la identidad nunca termina de definirse por completo.
Por eso volver a Once a Blue Moon no significa repetir una historia. Significa descubrir cómo esa historia cambia cada vez que alguien vuelve a atravesarla.
Quien asista este verano a Once a Blue Moon encontrará música, humor, movimiento, sorpresas y una experiencia que desafía las formas tradicionales del teatro. Pero también encontrará algo más difícil de nombrar: una América Latina que no aparece como una postal exótica, sino como una memoria viva.
Una memoria donde el paisaje de Massachusetts se cruza con el carnaval, con la literatura, con el exilio, con la dictadura y con esa pregunta, que se mezcla con muchas otras, y que sigue recorriendo gran parte del continente:
¿Quiénes somos cuando intentamos volver a casa y descubrimos que la casa también ha cambiado?



