BOMBA DE AQUÍ: EL TAMBOR PUERTORRIQUEÑO QUE CUENTA HISTORIAS DESDE HOLYOKE
Brendaliz Cepeda recuerda la llamada de Mass Humannities casi con la misma sorpresa con la que la recibió. Del otro lado de la línea le dijeron que había un reconocimiento para ella y para Saúl Peñalosa, su esposo, compañero artístico y cofundador de Bomba de Aquí. “Tenemos un premio para ustedes”, recuerda que le dijeron. Su reacción fue inmediata: “Wow”. Después vino la llamada a Saúl. “Mira, Saúl, ganamos un premio”.
El reconocimiento llegó más de una década después de comenzar a tocar, bailar, enseñar y reunir a la comunidad puertorriqueña de Holyoke alrededor de un tambor. Bomba de Aquí fue elegida como una de las ganadoras del Massachusetts Storyteller of the Year 2026, un reconocimiento de Mass Humanities para artistas y líderes comunitarios que utilizan distintas formas de narración para preservar y compartir las historias de Massachusetts. La ceremonia de entrega será el próximo 15 de octubre en Mill One, en Open Square, Holyoke. También serán reconocidos Monte Belmonte y Kaliis Smith, conductores de The Fabulous 413 de New England Public Media.

Pero para entender por qué dos artistas que trabajan con tambores y baile reciben un premio dedicado a contar historias hay que mirar mucho más atrás. Antes de Holyoke. Antes de Massachusetts. Incluso antes de Brendaliz y Saúl. Hay que volver a Puerto Rico.
Para Brendaliz Cepeda, la bomba nunca fue simplemente una expresión artística que decidió aprender. Estaba allí desde que era niña. Su abuelo fue Rafael Cepeda, es una de las figuras fundamentales en la preservación y difusión de la bomba y la plena puertorriqueñas durante el siglo XX. Rafael Cepeda se sitúa entre los grandes responsables de su revitalización moderna de la bomba. Un tambor que perteneció a Rafael Cepeda forma hoy parte de la colección del Smithsonian National Museum of American History.
Brendaliz creció dentro de esa herencia. Su padre, Roberto Cepeda, también formó parte de esa historia musical. En Nueva York estuvo vinculado a Los Pleneros de la 21, una de las agrupaciones más importantes en la preservación de la bomba y la plena dentro de la diáspora puertorriqueña.

Para Brendaliz, por eso, explicar qué significa la bomba no resulta sencillo. “La bomba tiene mucho significado”, dice. “Tiene resistencia, tiene amor, tiene sudor”. Hace una pausa cuando intenta encerrarla dentro de una definición. Porque la bomba puede ser música, pero también memoria. Puede ser baile, pero también conversación. Puede ser celebración y, al mismo tiempo, una forma de resistencia.
La tradición se desarrolló entre africanos esclavizados y sus descendientes en Puerto Rico durante el periodo colonial. A través del canto, la percusión y el baile se convirtió tanto en una forma de expresión espiritual y política como en un espacio para celebrar, construir comunidad y conservar una identidad colectiva.
Siglos después, esa conversación continúa. Frente a los barriles, el cuerpo del bailador no sigue simplemente al tambor. Ocurre, en cierto sentido, lo contrario. El buleador sostiene la base rítmica. El subidor o primo, el tambor principal, observa a quien baila. Cada movimiento del cuerpo —un giro, un golpe de falda, un movimiento de hombros, brazos o pies— se convierte en una señal que el tambor debe contestar.
“Es una conversación entre el tambor y la bailadora o el bailador”, explica Brendaliz. Junto a los barriles aparecen también la maraca y el cuá, los palos que producen un patrón rítmico al golpear una superficie de madera.

En Bomba de Aquí, esa conversación tiene además algo profundamente personal. Brendaliz baila. Saúl toca. Él mira sus movimientos y responde desde el tambor. Ella puede intentar sorprenderlo con un cambio de dirección. Él tiene que encontrar la respuesta.
Ese diálogo que nació en Puerto Rico encontró hace aproximadamente once años un nuevo territorio en Holyoke. Brendaliz había vivido entre Puerto Rico y Nueva York antes de establecerse en Massachusetts. Saúl, por su parte, llegó después de una etapa en Pensilvania buscando, recuerda, “un cambio de vida”, nuevas oportunidades y la posibilidad de estar cerca de su familia. Aquí se conocieron. Y aquí nació Bomba de Aquí.
No fue casualidad que ocurriera en Holyoke. La ciudad alberga una de las comunidades puertorriqueñas más importantes de Nueva Inglaterra, y para Brendaliz el proyecto comenzó a ocupar rápidamente un espacio que iba mucho más allá de las presentaciones. “Hay mucha gente que vive aquí en Holyoke que extraña Puerto Rico”, explica. “Cada vez que nosotros estamos tocando bomba, eso le da alegría a la gente porque es un pedazo de Puerto Rico que pueden escuchar, que pueden tener”.
De alguna manera, los barriles comenzaron a funcionar como un puente. Entre la isla y Massachusetts. Entre abuelos y nietos. Entre quienes crecieron rodeados por esta música y quienes la escuchan por primera vez.
Hoy Bomba de Aquí cuenta con una agrupación de alrededor de 14 integrantes, según Cepeda, y desarrolla clases, talleres y actividades comunitarias. La organización lleva además la bomba a escuelas y espacios educativos de distintas comunidades de Massachusetts y otros estados. Mass Humanities destaca que la compañía trabaja en escuelas públicas, universidades, iglesias y centros comunitarios de Western Massachusetts y Connecticut.

Para Brendaliz, enseñar a los niños ocupa un lugar central. Si son puertorriqueños, dice, pueden descubrir una parte de una historia que quizá conocían solamente a través de sus padres o abuelos. Si vienen de otras culturas, la música abre otras posibilidades de encuentro. “Siempre hay una conexión”, explica.
Puede ser el tambor. Puede ser el baile. Puede ser una historia migratoria. Esa capacidad de cruzar fronteras culturales explica una de las frases que Brendaliz repite cuando habla de su trabajo: “La bomba es medicina”.
Lo ha visto incluso entre músicos sin raíces puertorriqueñas. Uno de sus ejemplos es el percusionista y músico de jazz Julian Gerstin, quien ha colaborado durante años con el grupo. Para ella, la bomba no exige una identidad determinada para entrar en el círculo. Exige escuchar. Y participar.
La educación tampoco termina cuando dejan de sonar los barriles. Cepeda ha llevado la transmisión cultural a proyectos para niños y jóvenes, incluyendo libros que exploran la identidad y los instrumentos de la bomba. Para ella, contar una historia puede ocurrir en una página, dentro de un salón de clases o frente a un tambor.
Precisamente esa idea está detrás del reconocimiento de Mass Humanities. “Storytelling” no significa únicamente escribir o hablar. Una historia también puede sobrevivir dentro de un ritmo.
Mass Humanities explicó al anunciar el premio que Bomba de Aquí fue elegida por sus presentaciones creativas vinculadas con la experiencia de la diáspora puertorriqueña. El organismo creó el Massachusetts Storyteller of the Year Award apenas en 2025. Sus primeros homenajeados fueron la Mashpee Wampanoag Tribe y Ken Casey, de Dropkick Murphys. Bomba de Aquí será así la primera agrupación afropuertorriqueña distinguida con el reconocimiento.
Para Brendaliz y Saúl, esa dimensión del premio todavía cuesta asimilarla. “Para nosotros es algo bien grande, como latinos, como boricuas”, dice ella. Y entonces encuentra una imagen mucho más sencilla para explicarlo: “Significa que plantamos la bandera bien plantada”.
No habla solamente de una bandera física. Habla de llegar a Massachusetts, construir una vida, formar una comunidad y conseguir que una tradición nacida siglos atrás sobreviva a otra migración.
Once años después de haber comenzado Bomba de Aquí, Brendaliz no piensa demasiado en cambiar aquello que los llevó hasta este punto. Quiere que crezca el grupo. Que más familias entren al centro. Que quienes sienten curiosidad pierdan el miedo. Que los niños puertorriqueños sepan de dónde vienen. “Quiero que la población boricua conozca más de su cultura, aprenda más de sus raíces”, dice.
Quizá allí está también la respuesta a por qué Bomba de Aquí recibió un premio por contar historias. Porque algunos relatos no comienzan con “había una vez”. Algunos comienzan con un golpe sobre un barril. Después entra una bailadora. El tambor la observa. Ella mueve el cuerpo. El tambor responde. Y una historia que comenzó hace siglos vuelve a contarse, esta vez desde Holyoke.




