Antes del baile: así se construye la comunidad latina en los Berkshires
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Actualizado: hace 3 días
En papel, es una fiesta el sábado 9 de mayo para festejar el Día de las Madres. Vestimenta cocktail, música y baile. Una noche para celebrar que arranca a las 8:00 PM con el instructor de baile Alan Franco.
Pero antes de que suene la primera canción de la lección, antes de que las luces bajen, se corte el primer boleto de la entrada y la pista de baile se llene, hay otra escena, una que casi nadie ve.

Sucede alrededor de una mesa en Lee, en un ir y venir entre español e inglés, donde las ideas de cada organizador se cruzan con la logística. ¿Quién va a decorar? ¿Quién se queda en la puerta? ¿Cómo hacemos algo elegante sin gastar de más? ¿Pueden entrar menores? ¿Habrá pulseras? ¿A qué hora termina si al día siguiente mucha gente va a querer ir a la iglesia?
El presupuesto para este evento es apretado para el Festival Latino, que este año festeja su 30 aniversario, por eso en la mesa la fiesta todavía no se siente como fiesta. Se siente como responsabilidad, con un único objetivo: juntar dinero para cubrir parcialmente los gastos del festival más emblemático de nuestra comunidad.

“Lo mínimo a recolectar, nuestra meta esa noche es de $5,000”, dice Ángela Palmer la presidente del festival y quien dirige la reunión entre los organizadores, aterrizando la conversación en números. La cuenta es clara: a $25 por entrada, necesitan alrededor de 200 personas.
“Creo que podemos hacerlo. Realmente creo que sí podemos”.
Es decir, dinero de la comunidad para el beneficio de la comunidad en septiembre, y esa confianza no viene de la certeza ciega. Viene de conocer a la gente y lo que podemos hacer juntos si todos nos ponemos a la misma tarea.
“Aquí en este lugar… todo es de boca en boca” dice una de las voces en la mesa.


Hay algunos asentimientos en la mesa al comentario, que incluye a uno de los DJ del evento, Álvaro, a la fundadora del festival Liliana Ortiz Bermudez, una madre, Paola, acompañada de su hija quien se distrae con un ipad mientras la conversación sigue, Gabriela, Sandra, Lilia y, por supuesto, Angela; voces diferentes que se fortalecen entre sus diferencias.
Alguien añade, casi de inmediato: “Tiene que ser personal. No puedes solo ponerlo en redes y esperar que vayan…”.
Y es ahí donde vive el verdadero trabajo. Significa mensajes previos al evento, llamadas, recordatorios, conversaciones en pasillos, incluso en la iglesia, en el trabajo. Significa hacer que las personas no solo se enteren, sino que se sientan esperadas.
En un momento, en la lluvía de ideas consideran hacer una rifa durante la fiesta. Parece una forma fácil de recaudar más dinero, tres minutos después la rifa se cancela para no causar inconveniente a los asistentes. Es una decisión pequeña, pero revela algo más grande: cada elección es un balance entre intención y significado; en esa tensión está todo, y lo más importante, que la gente que vaya disfrute de una noche memorable.
“Hay que mantenerlo con estilo”.
Después de semanas de búsqueda, llega una actualización que cambia el tono de la mesa: “Ya tenemos instructor de baile...Alan Franco de Álbany”.
Risas. De alivio, más que de gracia. El instructor acepta venir por una donación reducida. Es justo, especialmente porque esto es para recaudar fondos para el festival, y cada dólar cuenta.

La visión empieza a tomar forma: una clase de baile de 8:00pm hasta las 9:00 de la noche, luego pista abierta hasta las 10:00 PM, en que la pista de baile quedará abierta. A las 11:00 aparece marcada en la pantalla la “Hora loca”, como una premonición de la diversión y el fin del evento a la 1:00 AM. En resumen, nada que corte el ritmo durante la noche para los futuros asistentes
“Incorporamos lo que hacemos en el festival, la diversidad de nuestras culturas… mostrar el baile, la cultura… el orgullo. Es una semana perfecta que comienza el 5 de Mayo y termina durante la fiesta del día de las madres” dice Ángela.

No quieren solo entretenimiento. Quieren identidad.
Hablan del carro de comida (potencialmente Los López aún sin confirmar) que proporcionará ricos alimentos. La música con el DJ Álvaro conocido dentro de la industria como el Gusano Rojo, quien se compromete, junto con el otro DJ, a poner todo tipo de música: salsa, reguetón, merengue, cumbia. Liliana Ortiz Bermudez aprovecha para hablar de cómo ha pasado el tiempo, de los años sesenta hasta hoy, de cómo vuelve la música a pesar de los tiempos, luego dice la fundadora:

“Por eso estamos haciendo estas cosas, para manterlas vivas”.
¿Quién puede ayudar a decorar el viernes? Se abre la pregunta sobre la mesa. ¿Quién llega temprano el sábado? El photo booth tiene que quedar bien “Instagrameable”, dice Lilia Baker entre risas, pero en serio. La gente necesita ver el espacio para animarse a ir.
También están las preocupaciones prácticas. ¿Menores? Sí, pero con padres. ¿Ingreso de alimentos y bebidas? No. Pulseras para menores de 21. Responsabilidad clara de los padres que llevan a sus hijos.Organizar también es anticipar problemas. Es proteger lo que estás creando.
Y luego viene la pregunta clave: ¿quién trabaja cuando empieza la fiesta? ¿Quién se queda en la puerta mientras los demás bailan?
Nombres se barajean, alguno seleccionado. Alguien se ofrece. No con entusiasmo, pero sí con compromiso. Aparecen los nombres de esposos, hijas, amistades como posibles candidatos que ignoran su nominación. Gente que tal vez no estará en la pista, pero sí sosteniendo el evento.

Incluso quienes no pueden ir quieren aportar. “¿Podemos donar?”, han preguntado algunos, dicen en la mesa. Respuesta: Sí.
Detrás de cada evento así, hay una red invisible de aportes, tiempo, dinero, contactos, favores que desaparece en cuanto empieza la música. Al final de la reunión, no todo está cerrado. Hay detalles pendientes. Cosas por confirmar y preguntas en el aire. Pero hay algo que ya está firme: la decisión de hacerlo para la comunidad.
La comunidad no se sostiene sola, alguien tiene que llamar e insistir. Alguien tiene que organizar y alguien tiene que cuidar el presupuesto.
Y muchas veces, ese “alguien” no es una sola persona. Es un círculo, aunque más rectángulo por la forma de la mesa, donde cada asistente pone el corazón detrás de sus comentarios.
Mujeres, en su mayoría. Madres, hijas, amigas. Gente que ha entendido que si ellas no lo hacen, simplemente no pasa. Así que lo hacen con lo que tienen y con lo que pueden.

Esa noche del sábado 9 de mayo, en el 426 de Stockbridge Rd, Great Barrington, cada detalle, cada mesa, cada canción, cada recuerdo que los asistentes se lleven, porque se los llevarán, habrá sido posible gracias a un grupo de personas que decidió hacerse cargo, que se preocupó y que fue resolviendo en tiempo real; porque cuando las puertas se abran, todo va a parecer fácil: la música alta, la gente arreglada, las risas y el baile, pero nada de eso ocurre por casualidad, ocurre porque alguien lo sostuvo, porque alguien lo pensó, porque alguien no soltó la idea, y entonces, en medio de la noche, cuando todo esté lleno y vivo, esas conversaciones (las dudas, los cálculos, las decisiones) habrán valido completamente la pena.




