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23 años entre quirófanos y sacrificios: la historia de Betty Toledo en los Berkshires

  • hace 20 horas
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Betty Toledo Vargas se acerca a la cama y le pide al paciente que confirme su nombre completo y fecha de nacimiento. Revisa la pulsera, toma los signos vitales, verifica la información médica y le explica los pasos que seguirán antes de la cirugía. El paciente intenta sonreír, pero Betty reconoce la expresión de inmediato. Después de 23 años trabajando en el Centro Médico de Berkshire ha aprendido a identificarla incluso antes de que aparezcan las palabras.


Es nerviosismo.



Lo ve en las manos que aprietan las sábanas. En los familiares y el paciente que hacen preguntas de último momento. En quienes hablan demasiado para ocultar sus emociones. En quienes permanecen en silencio mirando el techo mientras esperan que llegue el momento de entrar al quirófano.


“Yo veo los dos momentos”, dice. “Veo cuando llegan y veo cuando salen”.


Quizás por eso aprendió a reconocer la vulnerabilidad tan rápido. Porque mucho antes de acompañar pacientes antes de una cirugía, ella misma supo lo que significa no saber qué va a pasar después.


Mucho antes de trabajar en un hospital, Betty ya había pasado gran parte de su vida cuidando personas. Creció en Huila, Colombia, donde el trabajo comenzaba antes de que saliera el sol. Su padre tenía una finca de café y su madre administraba una pequeña tienda donde también hacía pan para vender.


“A las cinco de la mañana nos levantaban”, recuerda. “Ayudaba a llevar el desayuno a mis hermanos, a amasar con mis manitas el pan y a moler el café que mis padres vendían en su pequeño negocio”.


No lo cuenta con resentimiento. Al contrario. Cuando habla de su infancia, lo hace con una mezcla de nostalgia y admiración, como si viera un lugar ya fuera de su alcance. Su madre apenas había podido estudiar hasta segundo de primaria, pero estaba decidida a que sus hijos tuvieran oportunidades que ella nunca tuvo. Ese café que tostaban y vendían ayudó a pagar el bachillerato de Betty.


“Mi mamá me hizo trabajadora y echada siempre para adelante”.


Desde muy joven Betty comenzó a observar el esfuerzo de sus padres, es ese mismo esfuerzo que la acompaña cada día en el hospital. Veía cómo cada peso costaba trabajo. Veía los sacrificios que hacían para sacar adelante a la familia. Poco a poco empezó a repetirse una idea.


“Yo siempre decía que tenía que hacer algo para ayudarlos”.


Pero mientras Betty estudiaba enfermería en Bogotá, Colombia atravesaba uno de los periodos más violentos de su historia. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia se expandían por zonas rurales donde muchos jóvenes eran reclutados por la fuerza, mientras la violencia asociada al narcotráfico de Pablo Escobar parecía extenderse por todo el país. Sus padres terminaron abandonando gran parte de lo que habían construido para mudarse a Neiva junto con sus otros hijos.


“Yo misma me pagué mis estudios”, recuerda. “Trabajaba y estudiaba. Serví café en oficinas, trabajé en una empresa farmacéutica y así encontré la manera de sostenerme sola. Quería estudiar medicina, pero la economía no lo permitía”.


La verdadera prueba llegó en 1991. Durante una visita a sus padres en su nueva casa comprendió la magnitud de las dificultades económicas que enfrentaban.


“Yo vi el grado de pobreza que tenían y decidí hacer algo”.


El 3 de marzo de ese año aterrizó en Miami embarazada de quien después se convertiría en su esposo. La despedida había sido dolorosa. Su madre lloraba y le pedía que no se fuera.

“Me decía que no me viniera, que allá mirábamos cómo resolvíamos”.


Pero Betty sentía que quedarse significaba aceptar una vida sin posibilidades de ayudar a quienes más quería.


Al llegar a Estados Unidos todavía tuvo que enfrentar otro obstáculo. Los agentes migratorios sospecharon de ella porque llegó sola y con poco dinero. Pensaron que podía estar transportando drogas para uno de los carteles colombianos.


“Tenemos una máquina de rayos X. Ahí nos daremos cuenta si está embarazada”, recuerda que le dijeron.


“Háganlo. Solo se van a dar cuenta de que estoy embarazada”.


Sin embargo, el verdadero golpe vino después de pasar migración. El primo que había prometido recogerla en el aeropuerto nunca apareció.


“Ahí empezó la verdadera odisea”.


Durante horas permaneció sola esperando a alguien que no llegó. Había dejado atrás a su familia, a su país y a todo lo que conocía. Había llegado buscando una oportunidad para ayudar a los suyos y, de pronto, se encontró dependiendo de la ayuda de desconocidos.


Los meses siguientes fueron extremadamente difíciles. Vivió de casa en casa gracias a personas que le ofrecían alojamiento temporal. Consiguió pequeños trabajos cuidando niños y limpiando viviendas. En ocasiones no tenía suficiente comida.


“Yo aguanté mucha hambre”. Lo más difícil era que no podía contarles la verdad a sus padres. “Yo les decía que estaba bien, pero no estaba bien. No los quería preocupar”.

Esa frase resume buena parte de su historia. Mientras atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida, seguía intentando proteger a los demás y cuando nació su hija, la situación empeoró. La bebé tuvo que permanecer hospitalizada durante veinte días. Betty no tenía automóvil, no tenía dinero y no tenía quién la llevara.


“Me llamaban del hospital para que fuera a verla y yo no tenía cómo llegar”.


Durante casi tres semanas no pudo cargar a su hija en brazos.


“Fue duro, muy duro”. Muchas personas habrían regresado a casa. Betty no. “Yo decía: lo puedo y lo voy a lograr”. La frase aparece una y otra vez a lo largo de su historia.

“Lo puedo y lo voy a hacer. Lo tengo que poder”.


Aquellas palabras la acompañaron mientras empujaba una carriola por las calles de Miami buscando trabajo y tocando puertas sin saber si alguien la ayudaría.


Esa determinación terminó llevándola hasta Massachusetts gracias a una llamada de Esperanza Rodríguez, una amiga cercana de su familia que le abrió las puertas de su casa.

“Por ella estoy aquí. Ella me tomó de la mano cuando más lo necesitaba”.


Al llegar a los Berkshires comenzó lavando platos en el Red Lion Inn. Después limpió habitaciones de hotel, trabajó cuidando ancianos y aprendió inglés a fuerza de insistencia.

“Yo me aventaba”, recuerda entre risas. “Así hablara mal, yo hablaba. A mí me gustaba que me corrigieran”.


También enfrentó discriminación. “Casi no había latinos. Había personas que me decían: ‘¿Qué haces aquí? Vete para tu país’”.


Aun así, siguió adelante. Obtuvo su certificación como nursing assistant y finalmente logró entrar al hospital Berkshire Medical Center.


Entrar tampoco fue sencillo; su inglés seguía siendo limitado y algunas personas observaban con desconfianza a aquella colombiana que venía de trabajar en nursing homes. Una mañana, una compañera le dijo algo que todavía recuerda:


“Pues vas a tener que volverte al nursing home”.


Betty no respondió, tampoco discutió. Ni intentó convencerla. Se fue a trabajar con el “Yo puedo” como un mantra en la mente.


Durante semanas preguntó todo lo que no entendía y aprendió cada procedimiento que pudo. “Yo quería demostrar que sí podía”.


Ese mismo año fue reconocida como empleada destacada de la unidad. La respuesta llegó sola.


Hoy, después de más de dos décadas en el hospital, los pacientes latinos siguen reaccionando de la misma manera cuando escuchan su voz.


“Se les ve la cara de alegría”, cuenta. “Dicen: ‘Ay, qué bueno que habla español’”.

Betty entiende perfectamente esa reacción. Ella también sabe lo que significa sentirse sola en un lugar desconocido.


Por eso, durante años, ha ayudado a otros inmigrantes a encontrar vivienda, trabajo cuidando ancianos o simplemente orientación.


“A mí me gusta ayudar”.


Trece años después de llegar a Estados Unidos ocurrió algo que había imaginado durante mucho tiempo.


Compró una casa para sus padres. No pudo viajar a Colombia para entregarla personalmente porque todavía no tenía sus documentos migratorios en regla. Así que organizó todo desde la distancia.


Su hermana los llevó hasta la propiedad sin explicar demasiado. Cuando llegaron, les entregó las llaves. Betty esperaba al otro lado del teléfono. Hubo silencio y después llegaron los llantos.


“Mi mamá y mi papá no paraban de llorar”.


Durante años había visto a sus padres levantarse antes del amanecer para trabajar. Los había visto abandonar su pueblo. Los había visto preocuparse por cómo pagar estudios, alimentos y gastos cotidianos.


Ahora, por primera vez, podía devolverles una parte de todo aquello.


“Los últimos años de mis padres fueron muy bonitos”.


Betty habla poco de sus propios sacrificios. Siempre habla de alguien más. Habla de sus padres, de sus hijos, de la gente que ayudó a encontrar trabajo, de los pacientes y de las personas que le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. Tal vez porque cuidar nunca fue solamente una profesión para ella. Fue la manera en que aprendió a vivir.


Durante los últimos 23 años ha preparado a miles de personas para entrar a cirugía. Los ha visto llegar nerviosos, confundidos y asustados. Los ha visto despertar después de procedimientos que les cambiaron la vida.


Y cuando observa a una persona aferrarse a una cama de hospital mientras espera ser llevada al cuarto operatorio, reconoce algo familiar.


Reconoce la incertidumbre, el miedo y esa sensación de no saber qué ocurrirá después.

La reconoce porque ella también la sintió una tarde de marzo de 1991, sentada sobre una maleta en un aeropuerto de Miami, embarazada, sola y esperando a alguien que nunca llegó.

La diferencia es que decidió seguir adelante.


“Sí se puede”, dice todavía con la misma seguridad de entonces. “Es paciencia y voluntad”.



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