Señal perdida, reinicie el servidor.
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Por: Esteban Paez. Co Realizador de Pilldorama el podcast.
Guardando las proporciones, a veces, al escuchar un segundo idioma, me siento como una persona que intenta descifrar un mundo al que no termina de pertenecer. Muchas veces no escucho lo que se me dice o simplemente no entiendo e interpreto cosas que no son. Capto solo algunas palabras y mi cerebro tiene que rellenar los vacíos para construir el significado completo de la frase. Con el tiempo he aprendido a leer el contexto, los gestos y las expresiones para comprender lo que intentan transmitirme. A veces lo logro; en muchas otras, no.
Sin embargo, la inquietud siempre está presente: empatizo con la situación de una persona sorda y con todo lo que tiene que luchar para lograr sentir que forma parte del mismo mundo en el que se encuentran las personas "normales".

En Estados Unidos, las proyecciones estadísticas advierten de un futuro en el que la salud auditiva será un pilar fundamental de la salud pública y la inclusión social.
La pérdida auditiva es mucho más que una condición médica; es una barrera invisible que redefine la interacción humana y la percepción del entorno. Mientras que para muchos la comunicación fluye con naturalidad, para millones de personas representa un desafío diario de interpretación, adaptación y, a veces, aislamiento emocional.
Cuando somos sordos, no solo perdemos la escucha, sino que también perdemos, en cierta medida, la conexión con el mundo que nos rodea.

Actualmente se estima que 1 de cada 7 personas en los EE. UU. padece algún grado de pérdida auditiva; esto equivale a aproximadamente 50 millones de personas. Hearing Loss Association of America (HLAA). (2023) De estas, 2 millones se identifican como personas sordas —es decir, con una pérdida auditiva profunda— y dependen principalmente del lenguaje de señas para comunicarse. Sin embargo, al observar la distribución de esta población por grupos de edad, se identifica que una de cada tres personas de entre 65 y 74 años presenta un alto grado de sordera. Instituto Nacional sobre la Sordera y Otros Trastornos de la Comunicación (NIDCD). (2023)
Las proyecciones para los próximos 10 años indican un aumento constante en el número de personas con pérdida auditiva en los Estados Unidos, impulsado principalmente por el envejecimiento de la generación de los baby boomers y la mayor exposición a ruidos fuertes entre los jóvenes. Se espera que la prevalencia de personas sordas aumente de 48 a 58 millones. Por otro lado, la población del país tiende a envejecer y, para el año 2035, se estima que el número de adultos de 65 años o más superará al de los menores de 18 años por primera vez en la historia del país. Dado que casi la mitad de las personas mayores de 75 años presentan dificultades auditivas, este grupo demográfico será el principal motor de dicho aumento. Organización Mundial de la Salud (OMS). (2024).
Comprendiendo este panorama, la pregunta necesaria es: ¿cómo podemos asegurar que las personas sordas —cada vez más numerosas— logren la inclusión en nuestra sociedad actual?
La inclusión nunca ha sido una decisión moral sino una decisión política.
Por curiosidad he realizado el ejercicio de preguntar a mis amigos y conocidos dos cosas: la primera es, ¿crees que una persona sorda podría desempeñar tu trabajo tan bien —o incluso mejor— que tú? La segunda es: ¿qué cambios habría que realizar en el entorno laboral para que estas personas pudieran rendir al mismo nivel que tú, o incluso mejor? Esto, sin constituir un estudio representativo de nada, me llevó a la conclusión de que, si bien existen ciertos sentimientos de empatía, la realidad es que una inclusión genuina y duradera no resulta tan factible; en la mayoría de los casos, mis amigos decían cosas como: «¡Vaya! Quizás no podrían hacerlo», es decir, que resultaría muy difícil debido a tal o cual motivo. Ante la segunda pregunta, sus rostros se llenaron aún más de preocupación, argumentando que, aunque fuera posible, requeriría un esfuerzo enorme y que sería improbable que llegara a concretarse.
Casi siempre se citan las razones de lo que esto implicaría económicamente o el dinero que se perdería mientras las personas "aprenden" a hacerlo bien. Así pues, con estas dos preguntas puedo plantear una duda importante: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a mover las estructuras de la sociedad —centradas en el capital y la producción, donde el tiempo es dinero y el dinero es acceso a bienes y servicios— para lograr una verdadera inclusión?

Lo cierto es que, aunque se presten servicios sociales, estos no son necesariamente inclusivos; constituyen una especie de segregación encubierta: los sordos con los sordos, los ciegos con los ciegos, las personas con movilidad reducida en otro grupo aparte, las personas con discapacidades cognitivas con su propio colectivo, y así sucesivamente.
Los espacios de inclusión deben ser concebidos y construidos desde el principio bajo esta lógica: con espacios comunitarios que cuenten con las adaptaciones necesarias, y con personal capacitado en lengua de señas y preparado para trabajar con personas que presenten este u otros tipos de discapacidad.

En mi escenario ideal —aquel en el que las personas se tratan con equidad y conviven a pesar de sus diferencias—, los empleos no se medirían únicamente por la productividad; las empresas recibirían atractivos beneficios fiscales por incluir a personas con discapacidad; las ciudades, condados y pueblos dispondrían de alojamientos inclusivos —en este caso, para personas sordas—; los eventos públicos contarían con intérpretes de lengua de señas; y la discapacidad no sería motivo de rechazo para obtener un empleo, acceder a un crédito o integrarse en un grupo social.
¿Qué quiero decir con todo esto? Que las decisiones en materia de inclusión son políticas y se fundamentan en la propia actitud de cada uno de nosotros para generar verdaderos espacios de inclusión, para superar prejuicios y miedos, y para comprender que la verdadera discapacidad nunca fue física, sino siempre actitudinal.
De la voluntad moral a la acción política
En definitiva, la verdadera inclusión de las personas con discapacidad auditiva no puede seguir dependiendo de la simple empatía individual o de gestos de buena voluntad. Como ya se ha señalado, la inclusión es, ante todo, una decisión política que exige transformar las estructuras productivas y sociales para generar esos "ajustes razonables" que hoy parecen costosos o complejos.
El aumento proyectado de la población con pérdida auditiva en los próximos años —debido, especialmente, al envejecimiento demográfico— nos obliga a dejar de ver la discapacidad como una limitación individual para comprenderla, en cambio, como una barrera impuesta por el entorno. La verdadera incapacidad no reside en la falta de audición, sino en la rigidez de una sociedad que prioriza la velocidad y el capital por encima de la integración humana.
Lograr una sociedad justa implica superar el prejuicio actitudinal que asume que una persona sorda no puede ser igualmente competente en su trabajo, diseñar los espacios comunitarios desde su concepción con una lógica inclusiva y con personal capacitado en lengua de señas, e implementar beneficios e incentivos reales que permitan a las empresas y a las ciudades adaptarse a la diversidad funcional. Solo así la inclusión dejará de ser un ideal para convertirse en una realidad cotidiana.
Solo cuando comprendamos que la inclusión exige «salir de nuestro lugar» y asumir el compromiso de conectar todos los mundos en uno solo, podremos afirmar que la discapacidad ha dejado de ser una desconexión para convertirse en una forma más de habitar nuestra realidad común.
Fuentes consultadas
Hearing Loss Association of America (HLAA), Hearing Loss Facts and Statistics (2023).
National Institute on Deafness and Other Communication Disorders (NIDCD), Quick Statistics About Hearing (2023).
World Health Organization (WHO), Deafness and Hearing Loss (2024).
