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INSTINTO MATERNAL

  • hace 10 horas
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Norma Lazo (1966), escritora mexicana. Instinto maternal forma parte del volumen de cuentos La tiniebla, una obra que explora las zonas más complejas de la experiencia humana. El libro puede adquirirse a través de la editorial Textofilia aquí
Norma Lazo (1966), escritora mexicana. Instinto maternal forma parte del volumen de cuentos La tiniebla, una obra que explora las zonas más complejas de la experiencia humana. El libro puede adquirirse a través de la editorial Textofilia aquí

Mi madre siempre prefirió a mi hermano Tadeo. Nada espectacular. Lo sé. Todos los  padres hacen lo mismo. Pero por alguna  razón lo mío era distinto y no el típico drama del hijo consentido y el hijo menospreciado. Era otra cosa. Algo más perverso.  Mi hermano menor, Tadeo, y yo éramos muy distintos. Él salió  a mi madre, Susana: blanco, de rizos rubios y pecas en la nariz;  yo, por lo contrario, me parecía a mi padre, Anselmo: morena,  con cabello lacio, negro y con rasgos que le recordaban a Susana  haberse casado con un indio granicero y analfabeta del estado  de Morelos.  


Mi madre lo conoció mientras paseaba por el centro de la  Ciudad de México. Se enamoró del cuerpo recio, fibroso y moreno de mi padre, Anselmo, cuando lo vio bailando con otros  concheros en la plaza mayor; aunque ella prefiere decir que él la  embrujó, porque jamás se hubiera fijado en un hombre así.  


Mi madre se quedó a vivir en México y jamás regresó a  Mendoza, Argentina. Con los años la pasión se acabó. Y cuando  mi padre murió, por el golpe de un rayo durante la tormenta  eléctrica provocada por él mismo, para salvar a su pueblo de la  sequía, ella no pareció afligida. Quizá porque Anselmo tenía  otra mujer. Una rusa más joven que ella, de quien decían que  podía hablar con los muertos.  


Tadeo y yo vivimos nuestra infancia en una casa en el campo hasta que él cumplió siete años. Éramos sólo él y yo en medio  del bosque, de la nada, rodeados de animales de pastoreo: vacas,  ovejas, guajolotes, cerdos, gallinas. De noche, con las luces de la  casa apagadas, podíamos ver acostados en el pasto bajo un negro  intenso pringado de luces pequeñas, las estrellas: constelaciones  enteras. Esas noches que sólo puede haber en el campo, en el  bosque, en medio del océano.   


Nuestra infancia fue casi idílica, a no ser porque vivíamos  a unos kilómetros del pueblo y en los pueblos se cuentan mitos  y leyendas: Tadeo vivía con miedo. Pululaban historias de duendes enojados porque les robaron sus monedas de oro, de bolas de  fuego que alejan a los niños hasta que ya no saben cómo regresar  a sus casas, de brujas que beben sangre de los recién nacidos, de  brujos que robaban niñas y niños para consagrarlos a Satanás e  iniciarles en la magia negra. El tipo de fábulas que esconden las  enseñanzas morales de un pueblo. Pero los niños creen todo. Por  eso, cuando Tadeo vio una bola de fuego cruzar el firmamento,  se aterrorizó. Pensó que no podría volver a casa, pese a que le expliqué que eso sólo pasaba si seguíamos la bola de fuego, cosa que  no haríamos. Me suplicó entrar y le puse un condición. —Nos metemos hasta que le pongamos nombre a la bola de  fuego.   


—No, no, me da miedo.  

—Sí, vamos a ponerle nombre.  

—Que no, que no quiero.  

—No seas maricón.  

—Ya ves lo que dice mi papá de las brujas.  

Asumí el reto para demostrarle que yo no tenía miedo. —Anselma, Elodia, Brígida.  

—¡No!  

—Laureana, Roberta, Francisca, anda te toca.  

Finalmente, mi hermano me siguió el juego.  

—Laureana, Ramona, Marcelina.  


La bola de fuego se apagó y corrimos asustados al interior  de la casa. Mi madre deshojaba los tamales de dulce en el plato  extendido que ponía al centro de la mesa, para que cada quien  se sirviera. Entró Tadeo al borde del llanto. Me acusó. Recibí un  fuerte regaño. Ya estaba advertida de no asustar a mi hermano  con las tonterías del pueblo.Mi madre explicó a Tadeo, con toda paciencia, que esas bolas de fuego se llaman fuegos fatuos y que  eran un fenómeno natural producido por los gases inflamables  desprendidos por la materia orgánica echada a perder. Luego me  miró con ganas de reventarme la cara con un bofetón.  


—Ya estás bastante grandecita para molestar a Tadeo con  las idioteces que pregonaba tu padre —me dijo.  


Ya de adultos, a mi madre no parecía bien que su hija viviera  sola en la vieja casa de campo que nos heredó mi padre a Tadeo  y a mí; decía preocuparse porque vivía aislada de los beneficios  de la civilización, sin la protección de la familia y rodeada de  las supersticiones de los campesinos. Pero yo no hacía caso. Una  noche soñé con ella. Con mi madre. En mi sueño tenía, en vez  de piernas, patas de cabra; en vez de orejas, los cuernos retorcidos de un fauno; en vez de piel, vello espeso; y donde debería  haber estado su vagina había un falo enorme y erecto. Me da  vergüenza decirlo, pero nunca me agradó mi madre. De niña me  costaba aceptarlo. Sentía culpa. Con la edad asumí el hecho de  que alguien sea de tu familia no significa que deba caerte bien.  Si tu padre, tu madre, tus hermanos o quien sea no son personas  gentiles ni de buena voluntad, sino gente mezquina y egoísta, no  tiene por qué agradarte.  


¿Tan desagradable era Susana? Así empecé a llamarle, Susana,  por su nombre, ya nunca más mamá. Me molestaba todo de ella.  Su frivolidad, su belleza inmarcesible, la forma en que manejaba a  todos, el uso que hacía del sexo y de su hermosura para manipular  a los hombres, como lo hizo con mi padre. Su tiranía disfrazada de  actos amorosos. Pero, sobre todo, detestaba la manera en que hacía sentir mierda a los demás quedando ella como una mujer dulce, inocente, sin mácula, borrando todo rastro de su maquinación. Todo el tiempo hubo fricciones entre Tadeo y yo. La preferencia de mi madre por el varoncito de la casa era grosera. Hasta  ruin. Y no cambió con los años. Tadeo ya no es el niño inocente  que tenía miedo a los fuegos fatuos, a las brujas, a los duendes,  pero seguía siendo infantil. Un niño adulto consentido por su  madre. Yo odiaba cómo trataba a las mujeres. Las perseguía para  endulzarles el oído y llevarlas a la cama; después las ignoraba y  bloqueaba sus llamadas. Si llegaba a encontrarse con alguna ni siquiera sabía su nombre. Las identificaba por sus características físicas: la de las chichis grandes, la de los pezones chiquitos  y rosas, la de la boca de labios gruesos y mamadores, la de los  muslos de diosa. Un patán. Pero mi madre estaba orgullosa de él.  De su belleza, claro, había salido a ella; de su mirada superficial  del mundo; del pegue que tenía con las chicas, ninguna digna de  su hijo, por supuesto. Hasta repetía un dicho aprendido aquí en  México: cuiden a sus gallinas, que mi gallo anda suelto.  


La casa de campo era de mi padre, Anselmo, y la heredamos  Tadeo y yo. A mi hermano no le interesaba y sabía que era un  sueño para mí. Es un fuck boy de ciudad, de coche deportivo,  lentes oscuros y chicas hermosas como él. Me regaló su parte. Lo  que sea de cada quien, él y yo nos adoramos aunque seamos tan  distintos y discutamos por casi todo. Me fui a vivir a la casa de  campo para comenzar mi negocio: un huerto orgánico de frutas  y verduras.  


Yo quería ser madre y dejé de tomar anticonceptivos sin de cirle a mi pareja de turno. Sabía que él no quería tener hijos; me  embaracé sin avisarle, inventando que el niño era de alguien más.  El embarazo resultó de riesgo. Tadeo y Susana se preocuparon por  mí, por mi estado, por el hecho de que viviera en medio de la  nada. Pero no quería volver a la ciudad. Había decidido tener un  parto natural en casa con una matrona del pueblo. Y si tenía alguna complicación, hay una clínica bastante cerca en Cuernavaca.   


Susana insistió en visitarme con frecuencia hasta que diera  a luz. Comprendí que, mal que bien, era mi madre y seguramente un nieto la tenía emocionada. Lo más preocupante era que mi  embarazo no llegara a término por mi enfermedad periodontal,  así que seguí al pie de la letra las indicaciones de la ginecóloga:  no estresarme y guardar reposo a medida de lo posible.  


Susana, protagónica, criticona y dramática como siempre,  quiso encargarse de mí con sus propios cuidados. Me tejió una  manta para cubrirme mientras leía o veía películas; me daba  masajes con pomada de árnica en las piernas y los pies; me preparaba un té para relajarme y evitar contracciones prematuras.  De cuidado en cuidado se apoderó de la casa. De mi espacio.  Empezó a ser una molestia. Cambiaba la ropa del bebé de cajones porque ella sabía cuál era el orden correcto; movía la cuna y  los muebles según los consejos del feng shui; maltrataba a Rigoberta, la chica que venía de otro pueblo a ayudarme con la casa  y el huerto, porque no le hacía caso. Rigoberta se fue sin decir  palabra. No aguanté más y pedí a mi madre que se fuera. Y esa  misma noche tuve otra pesadilla que se haría recurrente durante  el embarazo.  


Soñé que dormía como acostumbro, embarazada o no: boca  arriba, con un brazo detrás de la cabeza y el otro extendido en  la cama. Sentí orinarme. Eso me despertó. O creí despertar. Al  intentar levantarme al baño, me di cuenta de que había despertado dentro del sueño. Lo único que podía mover era la cabeza.  Algo me inmovilizaba. Abrí los ojos. ¿Dormía? ¿Estaba despierta? No lo sé. Vi a un ser extraño. Era un niño o un enano con el  rostro deforme sentado encima de mí. De mi vientre. Como las  gárgolas de las casas antiguas. Detrás de ese ser, asomaba, como  si flotara, la cabeza de un caballo ciego, con los ojos blancos, vacíos; sin embargo, de alguna forma me veían. Era una entidad  de las tinieblas que podía ver sin ojos. Estaba aterrada. Pero no  podía gritar ni respirar.  


Entonces, el niño, o lo que fuera, empezó a impulsarse y a  dejarse caer de sentón sobre mi panza. Sobre mi bebé. Un sentón  tras otro. Me despertaron las contracciones. Mi madre corrió  guiada por mis gritos. Llevaba una taza de té para relajarme y  evitar el parto prematuro. Me lo bebí de un impulso. Ella hizo lo  único que sabía hacer conmigo: regañarme.  


—Si sigues de necia, voy a internarte por la fuerza —me  dijo—, no estás bien de la cabeza para tomar la decisión de parir  en tu casa como una india campesina, cuando podrías ir a un  hospital. Si es por dinero, yo pago todo.  


Volvimos a pelear.  


Mi madre me convenció de llamar a otra partera del pueblo,  una amiga suya y de mi padre desde la juventud, cuando danzaban con los concheros. Lina se mudó a la mañana siguiente.  Hablaba poco. Era imposible adivinarle la edad. A veces parecía  más vieja de los años que supuestamente tenía, la edad de mis  padres. Lina era chiquita, de cuerpo relleno, con senos enormes  que contrastaban con sus delgadas piernas, apenas visibles bajla falda. Susana le dio instrucciones sin dejarme hablar. Volvimos a discutir.  


—Si ya no me soportas, me voy —dijo con voz de víctima y  los ojos humedecidos—. Al menos me voy tranquila sabiendo que  Lina se queda contigo. Si hay alguna complicación, su marido es  taxista. En cinco minutos te llevan a la clínica de Cuernavaca.  


Dicho eso, mi madre regresó a la Ciudad de México. Esa noche fue Lina quien me subió el té. Me dijo que mi madre le había  rogado encarecidamente que me lo diera. Aprobó las hierbas de  Susana, dijo que eran muy buenas, que ella misma las usaba con  sus parturientas para que no se les adelantara el parto. Se instaló  donde fue la habitación de Tadeo, al lado de la principal donde  yo duermo, por si algo se me ofrecía.  


Yo no lograba dormir. La culpa no me dejaba. Sabía que  tenía razón en enojarme con mi madre, pero ella siempre con seguía hacerme sentir como una mierda. Al final, terminaba  compadeciéndome de ella. Me senté a medias en la ventana. La  panza ya no me permitía hacer muchas cosas. Entonces escuché  el aleteo fuerte de un ave grande, quizás un buitre o un zopilote,  en uno de los árboles. Había algo moviéndose entre las ramas.  Traté de identificar qué tipo de pájaro era. Al no lograr distinguirlo, miré con más insistencia. Creo que el animal percibió  mi mirada, porque de repente volteó y me vio. Tenía los ojos  blancos, ciegos, glaucos, como los del caballo de mi sueño. Pero  esta vez estaba segura de estar despierta. Sentí un miedo inmenso. Pensé que era un castigo. ¿Estaba teniendo alucinaciones por  odiar a mi madre?  


Antes de irse, Susana me explicó su conducta. Era así porque  el hijo que tendría era su nieto y le preocupaba que naciera sano.  También me confesó estar al tanto de mi resentimiento por su  preferencia hacia Tadeo desde niños, pero yo debía entender que  nunca se ama igual a dos hijos y menos si son de distinto sexo.  


—La relación entre una madre y su hijo varón es muy especial, muy distinta a la que se tiene con las hijas. Me entenderás  cuando tengas a tu varoncito —me dijo.  


Su explicación me enfureció aún más. Dos noches después  de eso comenzaron las contracciones. Ni el té consiguió detenerlas. Los dolores eran tan fuertes que me desvanecí en la cama.—Puja, puja —escuché decir a alguien a lo lejos—. ¡Puja! Pero no podía hacerlo. Me costaba abrir los ojos. No tenía  fuerza ni voluntad. Entonces escuché cuando Lina dijo algo como: —Demasiado té…  


Y luego otra voz que reconocí, la de mi madre, respondió: —¿Y qué íbamos a hacer si la llevaban a un hospital?, Marcelina, teníamos que apurar el parto.  


Quise hablar con mi madre. Solté débilmente, mamá, pero  me ignoró. ¿Me llevarán a la clínica?, musité. ¿Qué estaba pasando? La discusión entre ellas continuó en un murmullo. Una  bruma auditiva que apenas podía entender.  


Acepté dejarte a Tadeo porque me ofreciste al primer varón de tu hija. Pero si el bebé nace muerto, no hay trato. Me llevo  a Tadeo, aunque ya sea un hombre.  


En ese momento entendí todo. En el pueblo existe una leyenda, las bolas de fuego son, en realidad, brujas que viajan volando y si adivinas el nombre de alguna, te llevan con ellas. Años  atrás, cuando Tadeo y yo de niños jugábamos en el campo, él  había adivinado el nombre de Marcelina: Lina. Mi madre podría  soportar todo. Todo. Excepto que le quitaran a Tadeo, su hombrecito. Su novio chiquito.  


Luciano –así iba a llamar a mi hijo– nació bien y sin mayor dificultad. Todo estaba borroso para mí, pero alcancé a ver  cómo mi madre lo limpiaba antes de entregárselo a Marcelina.  


—No, mamá, no —le rogué—. No me hagas esto. No me  quites a mi bebé. 

 

Lloré. Supliqué. Pero Susana cumplió con el pacto. —¿Ahora me entiendes, mi amor? —me dijo con la voz más  amorosa que haya usado jamás—. Lo que es la relación de una  madre con su varoncito. Tú podrás embarazarte otra vez y tener  otro niño; yo, en cambio, ya estoy vieja.  

 

Y me besó en la frente. Salí de la cama a rastras. Con esfuerzo  llegué hasta la ventana. Desde ahí, grité con todas mis fuerzas: —¡Marcelina, no te lo lleves! ¡No te lleves a mi bebé! Volví a desmayarme. Lo último que recuerdo fue verla a ella.  La bruja. Iba desnuda. Una anciana enjuta, de senos grandes, flácidos, caídos. Tenía enormes alas negras de guajolote. Caminaba con altivez, con el bebé oculto bajo una de sus alas. Era una vieja  de carnes colgantes y en lugar de piernas tenía patas de algún  ave de rapiña, unas patas grises, llagadas, de animal enfermo. Se  internó en el bosque acompañada por un caballo flaco, viejo, ciego y por ese ser extraño, el niño o enano del sueño, que iba sentado a horcajadas sobre la grupa del caballo. Los tres se alejaron  con lentitud, iluminados por la luz de la luna. 



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