Erick Ramos Jacobo o la comunidad entre dos mundos a través del arte y la memoria
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Hay historias que no se cuentan en línea recta. Se construyen en movimiento constante, entre recuerdos heredados, preguntas personales que siguen en espera de respuestas y decisiones que poco a poco van trazando un camino. La historia de Erick es una de ellas. Criado en Estados Unidos, su vida ha estado marcada por una experiencia que muchas personas reconocen con facilidad: la sensación de habitar dos mundos al mismo tiempo sin estar plenamente en ninguno de ellos. No se trata de una ruptura, sino de una tensión constante que lo ha llevado a reflexionar sobre quién es y desde dónde habla.

“Es como tener un pie en cada lado… pero sin ser de aquí ni de allá”, dice. “No ser suficientemente mexicano para México, pero tampoco suficientemente americano para la cultura estadounidense”.
Su infancia estuvo marcada también por el movimiento. Su familia pasó por distintos estados del país Georgia, Oklahoma y Utah antes de que su camino lo llevara años más tarde hasta Massachusetts. Esos cambios constantes formaron parte de su crecimiento y le enseñaron desde muy pequeño a abrirse a nuevas comunidades y adaptarse a nuevas maneras de entender el mundo.
Lejos de convertirse en una experiencia que lo fragmentara, ese recorrido terminó alimentando una curiosa manera de ver el mundo que lo caracteriza. Con el tiempo, Erick descubriría que ese espacio intermedio, ese no ser de aquí ni de allá, esa frontera cultural que muchos sienten como un vacío también podía ser un lugar fértil para imaginar, aprender y crear.

Mucho antes de entender el arte como disciplina o como posible vocación, lo conoció como algo más simple y más esencial: un refugio. Cuando era niño, las películas se convirtieron en una especie de ventana hacia otros mundos. Recuerda especialmente las tardes compartidas con su madre, viendo historias que los transportaban lejos de las preocupaciones cotidianas.
“Yo creo que la primera cosa artística era el aprecio”, explica. “El aprecio del arte… y las películas eran mi primer acercamiento”.
Aquellas experiencias, que en su momento parecían solo momentos de entretenimiento, terminarían sembrando una sensibilidad (inculcada por su madre) que lo acompañaría sin darse cuenta durante toda su vida.
Con el tiempo llegarían otras formas de expresión: el teatro en la escuela, los libros, la escritura, la fotografía. Pero esa sensación inicial, la de descubrir que el arte podía abrir posibilidades, nunca desaparecería.
“Las películas, los juegos… eran una manera de escapar”, recuerda. “Era una manera de reflexionar y también de pasar el tiempo”.

Esa relación con la imaginación también se entrelazó con otro elemento fundamental en su vida: la memoria y, a través de ella, la nostalgia. Las raíces de su familia están en Zacatecas, un lugar que nunca ha pisado de nuevo, pero con el que mantiene una profunda conexión gracias a la oralidad de las historias familiares.
Durante años escuchó los relatos de su madre sobre su infancia, sobre su familia, sobre su abuela y el pequeño restaurante de birria que atendía en México.
“Mi mamá siempre me cuenta historias de México”, dice. “Historias de mi abuela, de su restaurante de birria, de quién iba a comer, de cómo traían los chivos para prepararla…”.
Esas narraciones terminaron creando un mapa emocional, casi una mitología personal, que Erick explora más a través de la imaginación y la creación que de la experiencia directa.
“Esas historias me hacen sentir más cerca de personas que nunca he conocido y de lugares que nunca he pisado”.
Ese mismo impulso por entender el mundo fue el que lo llevó, años después, a apostar por la educación. Cuando terminó la preparatoria, sabía que quería ir a la universidad, aunque el camino no sería sencillo. Con conocidos en Massachusetts, decidió mudarse a los Berkshires para estudiar administración de artes en Massachusetts College of Liberal Arts (MCLA).

La universidad era costosa y las oportunidades no siempre estaban al alcance, así que Erick hizo lo que muchos jóvenes de la comunidad hacen: trabajar duro.
Durante años trabajó en restaurantes, entre hervores de cocina, lavando platos, sirviendo mesas y tomando turnos largos durante veranos y vacaciones para poder pagar semestre tras semestre.
“Me partí a la madre trabajando en los veranos”, recuerda con franqueza entre risas. “Trabajaba muchísimo para poder pagar el primer semestre, y luego volvía a trabajar para pagar el siguiente”.
Uno de esos trabajos fue en el restaurante Tito’s en los Berkshires, un lugar donde, además de ganar dinero para sus estudios, encontró comunidad.

“El restaurante es algo muy importante para mí”, dice. “Ahí conocí a muchas personas, aprendí muchísimo de cómo trabajar y de cómo relacionarme con la gente de otros lados del mundo”.
Mientras trabajaba y estudiaba, Erick buscaba cualquier oportunidad para aprender dentro del mundo cultural que lo fascinaba. Llegó a realizar hasta siete u ocho pasantías en distintas instituciones artísticas de la región, absorbiendo todo lo que podía sobre museos, educación cultural y programación pública.
Ese esfuerzo constante terminaría abriendo una puerta que parecía lejana cuando estaba frente al lavatrastos.
Hoy Erick forma parte del equipo de programación pública de MASS MoCA, uno de los centros de arte contemporáneo más importantes del país. Desde ahí ayuda a desarrollar programas educativos, recorridos y experiencias que conectan el arte con estudiantes, familias y diferentes comunidades. También participa en traducciones y recorridos en español, buscando que más personas de nuestra comunidad puedan sentirse bienvenidas dentro del museo.
“Mi trabajo es cómo hacer el arte más accesible, más amigable”, explica.
Parte de su labor consiste en colaborar con maestros y escuelas para que los estudiantes puedan visitar el museo y relacionar lo que ven en las galerías con lo que están aprendiendo en el aula.
“Ayudamos a crear recorridos y programas que conecten el arte con lo que los estudiantes están estudiando en sus clases”.
Para Erick, los museos pueden ser ventanas al mundo. Aunque su vida ha estado marcada por movimientos y fronteras, dentro de esos espacios ha encontrado una forma de viajar a través de las ideas.
“Yo siempre digo que nunca he ido afuera de este país, pero he conocido a muchos países”, dice. “He conocido el mundo por medio de museos y por medio del arte”.
Su trabajo también nace de una convicción profunda: que las comunidades latinas tienen mucho más que aportar que solo su fuerza de trabajo.
“Nuestro valor no está solamente en la labor física”, afirma. “Valemos mucho más que eso. Nuestras ideas también tienen valor”.

Por eso insiste en que el acceso al arte y a la cultura también debe ser parte de la vida de la comunidad.
“Queremos que alguien pueda ver una obra, verse reflejado y decir: ‘Ese soy yo’”.
En medio de todo ese recorrido sin fin, una figura aparece constantemente en su historia: su madre. Erick habla de ella con gratitud y admiración, ella lo tuvo a sus 19 años. Fue ella quien lo animó siempre a aprender, a no esconder su identidad y a confiar en sus propias decisiones.
“Mi mamá siempre me habló en español”, cuenta. “Yo le enseñaba inglés y ella me enseñaba español; nunca nos dijo que ocultáramos quién éramos como latinos”.
Y recuerda especialmente una frase que lo marcó profundamente:
“Una vez me dijo que yo no le debía nada a ella… que los hijos no crecen para ser lo que los padres no pudieron ser”.
Hoy, al mirar hacia atrás, su historia parece unir muchas piezas dejadas a lo largo del camino: el niño que encontraba refugio en las películas, el joven que trabajaba largas jornadas en restaurantes para pagar sus estudios, el estudiante curioso que recorrió los Berkshires buscando aprender de cada pasantía y el profesional que ahora ayuda a abrir las puertas del arte para otros.
Como dice el propio Erick, las historias latinas merecen ser contadas y escuchadas.
“Porque aportamos mucho a este país y a esta región”.
Desde su trinchera en el museo, Erick sigue escribiendo la suya todos los días con su trabajo: abriendo puertas para que nuestra comunidad descubra que los museos también pueden ser nuestros, espacios donde dialogar con otros mundos y donde nuestras propias historias también tienen un lugar.



