Soasti Bros Production, entrevista a Vladimir Soasti
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La hoja se va llenado frene a Vladimir Soasti: “En el año de 1991 la Policía Nacional del Ecuador anunciaba la captura de los responsables de varios asesinatos en la ciudad de Quito. La razón de los crímenes, el robo. El rastro, cartuchos de arma calibre 9 milímetros. Las víctimas en su mayoría, conductores de taxis específicamente de la marca San Remo. Los responsables, un grupo de adolescentes ente los 14 y 17 años, cuyo líder y única persona en aplastar el gatillo: Juan Fernando Hermosa Suárez de 16 años”, el niño terror.

Vladimir rara vez comienza a escribir acerca del lugar donde vive. Aunque lleva más de veinticinco años en los Berkshires, su mente siempre encuentra el camino de regreso a Quito. Antes de que aparezca el primer personaje o la primera escena, vuelve a las calles donde creció, al ruido de las manifestaciones que marcaron al Ecuador durante la década de los noventa, a las conversaciones que escuchaba en la mesa familiar y a aquel adolescente que descubrió que escribir era mucho más que un pasatiempo,
"Siempre estoy escribiendo algo. Siento una necesidad de escribir", dice.
En los Berkshires esa necesidad terminó convirtiéndose en Soasti Bros Productions, la productora que fundó junto con su hermano Marco y desde la que, durante casi dos décadas, ha desarrollado documentales, películas, radionovelas, teatro y proyectos musicales entre Estados Unidos y Latinoamérica. Pero reducir su historia a una empresa en los Berkshires sería quedarse únicamente con el resultado. Mucho antes de convertirse en productor, Vladimir ya era un narrador. En su adolescencia llenaba cuadernos con canciones punk que luego las regalaba a agrupaciones locales.
"Mientras más me castigaba, más rebelde era", dice entre una sonrisa que mezcla humor y resignación.

Por paradójico que pueda parecer escribía las canciones punk contra el sistema bajo el techo un policía: su padre. Su madre trabajaba como asistente de enfermería y su padre pertenecía al servicio de inteligencia de la Policía Nacional de Ecuador.
"Mi padre jamás me maltrató, pero sí era un hombre de disciplina fuerte", recuerda.
Cuando era niño, las reuniones familiares estaban llenas de policías y él se sentaba a una distancia prudente con los oídos bien abiertos. Su padre y sus tíos hablaban de investigaciones, persecuciones y crímenes reales con la naturalidad de quien comenta cualquier jornada de trabajo. Mientras otros niños se dormían escuchando cuentos, Vladimir creció escuchando expedientes policiales
Además, el Ecuador de la infancia de Vladimir era el que había salido después del levantamiento indígena de 1990 encabezado por la CONAIE, el Quito preñado de bloqueos, marchas y protestas. Para cuando Vladimir estudiaba en el Colegio Mejía, la inconformidad ya formaba parte del paisaje.
"Las piedras hablaban", recuerda. "La gente salía a protestar porque no había otro lugar donde hacerse escuchar."
Aquellas canciones fueron el primer borrador de toda su carrera.
La adultez llegó antes de tiempo. A los diecisiete años nació su primera hija.
"Saliendo del colegio me puse a trabajar", recuerda.
Una editorial haciendo mensajería. Después pasó por un canal de televisión. No escribía libros ni dirigía programas, pero pasaba los días rodeado de historias.

Fue también en esa etapa cuando apareció la oportunidad que transformaría el resto de su vida. Tenía un hermano que vivía en Massachusetts que le propuso viajar a Estados Unidos.
Muchos ecuatorianos emigraron durante la crisis financiera de finales de los noventa, el Feriado Bancario pero Vladimir insiste en que esa no fue su historia.
"Yo no vine por el feriado bancario. Vine porque mi hermano me dijo: 'Ven. Date una oportunidad'. Me acuerdo de que iba caminando al banco con un fajo de billetes de la empresa donde trabajaba y todos los bancos estaban cerrados".
Lo que siguió fue un recorrido que todavía recuerda con absoluta precisión.
Pasó el Río Bravo por Laredo y continuó el viaje hacia el norte. Después de días de carretera, abordó un autobús Greyhound rumbo a Massachusetts.
"Llegué el 31 de octubre de 1999, a las seis de la tarde. Lo recuerdo como si fuera ayer.Fue un viaje muy largo. Muy sacrificado. Vi muchas cosas que cualquier migrante ha visto en su camino. Pero fue la verdadera escuela para aprender a valorar a mi familia".
El autobús se detuvo en la antigua terminal de Pittsfield, ubicado antes detrás de la farmacia CVS. Afuera el otoño teñía de rojo los árboles. Apenas hablaba inglés. Los primeros meses estuvieron dedicados a sobrevivir.
Y en medio de eso una idea seguía apareciendo cada vez que terminaba la jornada.
Todavía quería contar historias.
En el Berkshire Community College esa intuición dejó de parecer un sueño para comenzar a convertirse en un proyecto de vida.
"Ellos me hicieron entender algo muy importante: créetela. Porque si tú no crees en ti, nadie va a creer en ti".
Uno de sus profesores le sugirió dejar de intentar escribir historias estadounidenses y comenzara a escribir sobre aquello que realmente conocía. Que la distancia no debilitaba la memoria; la afinaba.
Fue entonces cuando comenzó a tomar forma el proyecto Soasti Bros Productions:
Marco, seis años menor que Vladimir, había estado presente desde aquellas primeras inquietudes artísticas en Ecuador. Cuando uno imaginaba historias, el otro pensaba cómo hacerlas posibles.
"Siempre estuvo ahí, ayudándome en todas las locuras", dice Vladimir. "En la parte creativa propongo, trato de vender mi visión. Si veo que mi equipo se entusiasma, avanzamos. Si no logro convencerlos, entonces la idea todavía necesita madurar".

Fue un año de enviar propuestas a radios, canales de televisión y empresas audiovisuales.
"La mayor parte de veces nos rechazaban", recuerda. "Pero seguíamos enviando ideas. Sabíamos que algún rato iba a salir algo."
La oportunidad llegó con El Andino Fantástico.

Era una parodia inspirada en Knight Rider, la popular serie estadounidense del automóvil inteligente, pero completamente reinterpretada desde el humor ecuatoriano. En lugar del sofisticado deportivo negro aparecía un viejo automóvil Andino convertido en héroe popular, enfrentando al crimen con ironía y referencias profundamente locales.
La radionovela fue aceptada por Radio Canela y terminó convirtiéndose en el primer proyecto importante de Soasti Bros Productions con manufactura Berkshiriana. Más adelante también se transformó en una novela gráfica.
Por primera vez, los hermanos comprobaron que las historias nacidas de su propia identidad podían encontrar un público.
"Ahora todos tenemos un celular. Empiecen contando algo pequeño. No esperen a que alguien venga a darles permiso. Háganlo ustedes".
Con el paso de los años llegaron nuevos proyectos. Música, teatro, cortometrajes y documentales comenzaron a ampliar el catálogo de la productora. Sin embargo, hubo uno que terminó convirtiéndose en un punto de inflexión.
El Niño del Terror reconstruía la historia de uno de los asesinos seriales más jóvenes de Ecuador. Era, de alguna manera, el regreso a aquellas conversaciones que escuchaba siendo niño entre su padre y sus tíos policías.

Durante cuatro años, Vladimir y Marco investigaron el caso, entrevistaron testigos y financiaron el documental prácticamente con recursos propios.
"Le dije a mi hermano: el dinero no puede ser el objetivo. Que esta sea nuestra escuela. Aprendamos en la cancha".
El proyecto comenzó a abrirles puertas en Ecuador y también fuera del país. Más que un documental exitoso, fue la confirmación de que podían construir una carrera contando las historias que realmente les interesaban.
Tiempo después llegó otra experiencia que ampliaría su perspectiva, su participación en la producción de Taking Woodstock, dirigida por Ang Lee.
Más que hablar de Hollywood, Vladimir prefiere hablar del aprendizaje.
"Aprendí cosas que ninguna universidad podía enseñarme.Observar una producción de esa magnitud desde dentro terminó reforzando una convicción que ya tenía: el oficio se aprende haciendo”.
En los últimos años ha trabajado para acercar cineastas latinoamericanos a los Berkshires mediante colaboraciones con organizaciones como SCAN y el Mahaiwe Performing Arts Center. Su intención no es únicamente presentar películas. Quiere que directores, productores y actores conozcan la región y descubran que aquí también existen historias dignas de ser llevadas a la pantalla.
"Estoy enamorado de los Berkshires", dice. "Desde que llegué, la gente me recibió con los brazos abiertos".
Incluso guarda una historia que espera contar algún día: se llama The Lenox Seven.

Es un caso real ocurrido entre Lenox y Lee que, según él, reúne todos los elementos para convertirse en una gran película. No sabe si terminará escribiéndola para cine, como novela o en formato de pódcast.
Lo único que tiene claro es que algún día la contará.
"Mi mayor satisfacción es haber empezado... y haber terminado. Hay que terminar lo que se empieza".
Ese adolescente que escribía canciones punk contra el sistema nunca desapareció. Solo encontró otra forma de expresar la misma inconformidad. Hoy ya no protesta desde una guitarra ni desde una marcha. Lo hace escribiendo en los Berkshires, produciendo y abriendo espacios para que otras historias también encuentren un lugar donde existir.
"La vida cambia cuando haces lo que te gusta. Ya no trabajas; te dedicas a lo que amas".
